Julio F-Sanguino Fernández

En un relajado paseo por una ciudad del noreste de España durante un fin de semana de este otoño de 2018, se pudo apreciar calles con las denominaciones de Primo de Rivera, Calvo Sotelo, General Sanjurjo, García Morato o General Yagüe.

 

Estos nombres acaparaban igualmente los llamativos escaparates de las agencias inmobiliarias y, ante la falta de referencias locales, saltó la pegunta de si no hubo médicos que salvaron vidas y en reconocimiento se les dedicó una vía pública, ingenieros y arquitectos que hicieron bellas obras que realzan el lugar, periodistas que ilustraron al pueblo, alcaldes constitucionales y políticos honestos que se dejaron la piel para tratar de buscar el progreso y el bienestar ajeno, maestros que enseñaron a leer a los hijos de los lugareños, escritores notables, aunque generalmente olvidados en su pueblo y homenajeados en otros, etc., etc.

Parece razonable deducir que este asunto se debiera de haber corregido hace mucho tiempo con la llegada de la Democracia, pues si un Ayuntamiento constitucional consideraba que un militar, franquista o no, debiera figurar en la vía pública, tenía, y posee, facultades para ello, especialmente en relación con los que se distinguieron por sus méritos y tuvieron una vinculación con la ciudad.

Sin embargo, aparentemente no suele ser el caso de las referencias anteriormente indicadas, al igual que algunas otras, destacándose la del jerezano Primo de Rivera, la del soriano Yagüe o la del melillense García Morato. Parece evidente que en el callejero de esa ciudad se han incluido una serie de personas que no tuvieron ninguna relación aparente con la zona por el solo hecho de haber participado en sendos golpes de Estado en el siglo pasado.

Por otro lado, resulta chocante que al inicio del periodo democrático actual se restituyese el nombre de la Constitución en las calles o plazas de todas las localidades españolas y, sin embargo, se mantuviesen personas, batallas o hechos que recordaban la eliminación del orden constitucional anterior.

Es difícilmente justificable que hayan tenido que pasar ochenta años desde un golpe de Estado para que los callejeros de numerosas ciudades españolas empiecen a ser representativos y se muestren acordes con la etapa constitucional que estamos viviendo. Ahora bien, si en los cuarenta años del franquismo no se pudieron realizar cambios, lo más lastimoso de todo este asunto es que en otros cuarenta años democráticos con partidos diferentes en los diversos gobiernos de este país, tanto a nivel estatal como local, no se hubiese hecho nada al respecto, salvo honrosas excepciones.

Asimismo, sorprende a muchos que se tuviera que promulgar una Ley de Memoria Histórica para tener que corregir un pasado franquista que se quería perpetuar, así como que hayan tenido que pasar casi diez años de su aprobación para que el callejero de la mayoría de las ciudades españolas puedan empezar a tener un significado acorde con los tiempos en que vivimos y una representatividad local.

En este sentido, el actual Consistorio de esa ciudad ha mostrado su compromiso de promover el cambio de denominación de diecisiete calles a lo largo de esta legislatura. A pesar de las evidencias históricas, la oposición conservadora en el Ayuntamiento, que nunca ha dudado en conservar el callejero franquista cuando gobernaba, se opuso abiertamente al cumplimiento de la Ley, reprochando en todo este asunto la ausencia de un proceso participativo real para cambiar el nombre de las calles. Sin embargo, como han recogido los diferentes medios de comunicación locales, en todos los casos el objetivo era lograr el mayor consenso ciudadano posible, alejado de la polémica y que generase el menor coste, diseñándose una línea de ayudas destinada a los comercios y vecinos afectados por el cambio de las calles. Además, el cambio de denominaciones aprobado se puede considerar escaso y nada sectario, ya que seguirán figurando en el callejero otros muchos nombres por inercia con un origen franquista, pues que con el paso del tiempo se estima que han ido perdiendo parte de ese sentido. Es más, se ha mantenido el nombre de una plaza dedicada a un teniente general franquista por ser del lugar.

Ante estas posturas y otras más agresivas, incluidas las risibles impugnaciones de acuerdos democráticos tomados por ayuntamientos con los más banales pretextos, la mayoría por defectos de forma, habría que hacer la siguiente reflexión, cuya respuesta, por otra parte, es evidente: ¿El cambio de denominaciones de las calles en toda España tras los golpes militares de 1923 y 1936 fueron tan rigurosos y respetuosos como se están acordando en la actualidad?

Es de desear que los cambios aprobados en el callejero de esa ciudad surtan el efecto deseado lo más pronto posible. Ahora bien, aunque algunas de las nuevas denominaciones ya lucen en los rótulos de sus calles, al ver que las referencias franquistas se mantienen en anuncios, reseñas en Internet y páginas Webs, recordé cómo en Madrid algunos siguen situando a un centro comercial en Generalísimo en lugar de la Castellana o referenciando "La Cruz de los Caídos" en Ciudad Lineal, incluso taxistas actualmente, y que, como en otras ciudades españolas, este lugar es habitualmente señalando como "La Cruz".

Como tantas veces en la manida y tergiversada historia de nuestro país, ha pasado demasiado tiempo sin que este problema se haya resuelto. Primero una larga Dictadura, que adoctrinó sin remisión; seguidamente, una Transición para algunos, que solo fue el transigir de muchos y que ha permitido las posturas acomodaticias que han llegado hasta hoy, pues como señala Cervantes en su Don Quijote: "más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades".

En el viaje de regreso recordé un artículo que había publicado sobre los callejeros españoles, que los consideraba como viajeros en el tiempo por la maltratada historia de este país, por ser de ida y vuelta al reponerse los nombres cuando se instauraban los periodos constitucionales, tanto tras el fallecimiento de Fernando VII como al finalizar las dos dictaduras del siglo siguiente. Asimismo, se estimaba que merecían mejor trato y estabilidad para que pudieran ser representativos de sus respectivas ciudades, al margen ideologías o partidismos.

En este sentido, comentamos igualmente que Viveiro, preciosa ciudad de la Mariña Lucense, tiene un callejero que debiera ponerse como ejemplo de representatividad local, tanto por las numerosas referencias a lugares tradicionales por todos conocidos, como por el trato equitativo dado a ilustres viveirenses al margen de cuestiones políticas. A título de ejemplo, se pueden citar las dos siguientes calles dedicadas a Luis Trelles, jurista de tendencia carlista que fue el fundador de la Adoración Nocturna Española, y a Diaz Freijo, político, xornalista, presidente del Comité Republicano de Viveiro y considerado como el médico de los pobres.

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