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La triste traición de varios trabajadores de un restaurante a su jefe en Argentina . Diego Fierro Rodríguez

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;Por Diego Fierro Rodríguez 30 Marzo 2021
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Se han impuesto dogmas en la sociedad sobre numerosos asuntos que imponen una percepción de la realidad que conlleva la recepción de la información relativa de la misma con numerosas distorsiones, algo que resulta perjudicial para comprender como funcionan efectivamente los mecanismos con los que la ciudadanía puede garantizar su supervivencia. Por ello, siempre viene bien conocer algunas anécdotas que contribuyen a ampliar los enfoques.


A través de varios medios de comunicación se difundió que Norberto Loizeau, un empresario argentino que lleva un
restaurante en su país de origen, estuvo varios meses, en los que el establecimiento permaneció cerrado, abonando parte del salario de sus trabajadores sin ser avisado por muchos de ellos que ya habían encontrado otro trabajo. Ello ha dolido profundamente al empresario, que todavía no ejercitará las acciones de restitución que corresponden con la esperanza de que sus trabajadores puedan renunciar a los salarios percibidos indebidamente.

El artículo 103 de la Ley de Contrato de Trabajo indica que “
El empleador debe al trabajador la remuneración, aunque éste no preste servicios, por la mera circunstancia de haber puesto su fuerza de trabajo a disposición de aquél”. Ese precepto implica que los trabajadores no pueden cobrar libremente el salario del empresario cuando no se encuentran ya a su disposición, algo lógico si se atiende al articulo 1.071 del Código Civil de Argentina establece que “El ejercicio regular de un derecho propio o el cumplimiento de una obligación legal no puede constituir como ilícito ningún acto”, pero “La ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos”, siendo cierto que “Se considerará tal al que contraríe los fines que aquélla tuvo en mira al reconocerlos o al que exceda los límites impuestos por la buena fe, la moral y las buenas costumbres”.

La normativa es clara, pero no evita los incumplimientos. Precisamente, en países como España y Argentina se considera que la picardía es de listos, lo cual genera más problemas de los que soluciona, pues implica perjuicios para otro por el beneficio del lazarillo de Tormes respectivo y permite comprender la situación de países que han incorporado la pillería a su idiosincrasia.

Hay dos conclusiones que se pueden sacar de esta historia. La primera es que los trabajadores se encuentran en la posición vulnerable en el contrato de trabajo, algo que se reconoce en Argentina por el artículo 12 de su Ley de Contrato de Trabajo al decir que “
Será nula y sin valor toda convención de partes que suprima o reduzca los derechos previstos en esta ley, los estatutos profesionales, las convenciones colectivas o los contratos individuales de trabajo, ya sea al tiempo de su celebración o de su ejecución, o del ejercicio de derechos provenientes de su extinción”, pero ello no implica necesariamente que los empresarios sean siempre los malos en la relación laboral. La segunda es que la falta de consideración a los buenos empresarios, que son erróneamente agrupados bajo una imagen de codicia con la que muchos dirigentes políticos pretenden que los comerciantes sean vistos como personas deplorables, constituye un lamentable error, pues no es posible fortalecer las bases económicas de un país sin la intervención de empresarios con buen corazón, como el afectado por el engaño de varios de sus trabajadores, que ayuda a ver que tipo de empresario se necesita y que tipo de trabajador merece no ser tenido en cuenta.

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