Steven Tartt, un inglés de 32 años que estaba de vacaciones, salvó la vida a dos niños en la piscina del hotel Victoria Playa de la isla de Menorca, cuando ambos estaban, teóricamente, a punto de morir ahogados. El suceso se produjo el pasado día 3 de junio y, según ha narrado el propio protagonista, le causó un trauma por el que ha llegado a tener pesadillas y por el que reclama una indemnización de daños y perjuicios a su agencia de viajes.


Cualquier persona normal se sentiría aliviada por haber logrado una azaña como la de salvarle la vida a dos niños cuando estaban a punto de morir ahogados. Sin embargo, no es posible que ello pueda verse en la actitud de Steven Tartt, un joven miserable que, como muchos otros ingleses, intenta luchar porque le paguen sus vacaciones para compensar daños sufridos teóricamente por la conducta de un agente durante su aventura veraniega.

Para que una persona pueda tener derecho a una indemnización por daños y perjuicios, se requiere que haya sufrido unos daños efectivos y cuantificables que no tenga la obligación de soportar y que se hayan causado material y moralmente por una acción u omisión. En el caso del turista, no es fácil encontrar la existencia de un daño y, aunque haya existido una omsión del socorrista en el momento en el que Steven Tartt tuvo que intervenir, no parece que la misma tenga la relevancia suficiente para atribuir un posible daño, que podría haber sido mucho mayor para él por el trauma que se le habría podido producir en el caso en el que no hubiera salvado a los niños.

El problema es que muchos turistas ingleses se han aficionado a ir de vacaciones a otros países esperando poder alegar posibles daños con los que fundamentar su derecho a recibir la indemnización, aunque, en muchos casos, no es posible hallar la existencia de una lesión jurídicamente importante. Por ese motivo, ya se han iniciado procesos penales por estafa contra turistas, que, por intentar conseguir una interesante cantidad de dinero, han alegado daños y perjuicios que, aunque no existían, podían resultar útiles para engañar a la aseguradora o a alguna compañía interviniente en la organización del viaje, de modo que tuvieran la opción de recibir de estas una indemnización con la que pagar sus vacaciones.

En el caso de Steven Tartt, simplemente se puede decir que el joven inspira lástima, pues su situación resulta patética. Algunos compatriotas suyos que se lo han currado más y mejor para conseguir una indemnización deberían explicarle tres o cuatro trucos, aunque sería preferible que, de una vez por todas, alguien le indique a los turistas ingleses que si vienen a España no pueden dedicarse a solicitar una indemnización por cualquier tontería.

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