En recientes declaraciones en una televisión privada  - que obvio pronunciar para no contaminarme con algún parásito que haga mella en mi entendimiento  -, el director de ABC, Bieito Rubido, dijo que la infanta Cristina había sido imputada en el juicio por el caso Nóos precisamente por ser quien es y que, de tratarse de una ciudadana sin esa relevancia, sencillamente no habría sido juzgada. A lo que añadió, a modo de ejemplo, la cantidad de esposas que, al no conocer los negocios de sus maridos, no tienen responsabilidad en los tejemanejes de aquéllos.

Este tipo de pensamientos, rayanos en un clamoroso escándalo, los hemos sufrido ya en varias ocasiones, y no deja de sorprenderme que sigan utilizándose cuando sabemos de sobra que ocurre precisamente lo contrario: esta buena señora ya estaría a buen recaudo si no fuera precisamente por su cuna. Me sorprende que se siga argumentando lo mismo, y aún tengamos la santa paciencia de seguir escuchándolo, que no montemos en cólera cuando se nos trata como a tontos.

Las palabras de Rubido, junto a lo manifestado estos días por la Abogacía del Estado y por el fiscal Horrach, que desde el inicio de las investigaciones se convirtió en un defensor más de la Infanta (en contra de su función pública, al no ser parte acusadora está provocando que se recurra a la doctrina Botín) no hacen sino minar la credibilidad en los medios de comunicación y, una vez más, en La Justicia y, por ende, en el Estado de Derecho;  convirtiendo a las Instituciones del Estado y a sus representantes en simples marionetas al servicio de una causa, la defensa de la Monarquía y su séquito, que todo lo admite.

No quisiera extenderme sobre lo que probablemente sabemos de sobra acerca de las irregularidades de este proceso, de la dejación de funciones o de las intervenciones interesadas, que supuestamente tendrán su compensación, pero si quisiera exponer mi absoluta condena a quienes se pronuncian de un modo tan alejado de la razón y de la cordura que cabría suponerles, y en los que yo reconozco a unos payasos – con perdón - de discurso despreciable. Aunque no se pinten los ojos, ni tengan una pelota en la napia y se presenten enfundados en sus trajes encorsetados de firma.

No sé el tiempo que transcurrirá hasta que nosotros, simples ciudadanos ignorantes, olvidemos lo ocurrido y creamos en la igualdad de trato ante los tribunales: ¡menuda falacia, hoy por hoy, con la que está cayendo!

Antonio Pérez Gallego

Madrid{jcomments on}

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