Un dicho popular dice que las apariencias engañan, lo que aplicado a los productos de alimentación en la actualidad vendría a decir que realmente no sabemos qué comemos. En la mayoría de los casos aquello que contiene el producto no está indicado en la etiqueta, y lo que aparece tan prometedor en la etiqueta puede ser buscado en vano dentro del producto. Esto se ha convertido en una mentira legal por ejemplo en Alemania, es decir en un fraude. Ya que si por ejemplo tengo ante mí una etiqueta donde aparecen fresas, frambuesas y otros frutos del bosque, pero en realidad no están dentro, ¿qué me estoy comiendo? Esto sucedió con la etiqueta de una infusión llamada “infusión de frutas”, en cuyo reverso se podía leer “aroma”, es decir que el consumidor no solo compraba una cosa pero le vendían otra, sino que lo que tomaba con tanto deleite no era más que agua caliente con química olorosa.

Pero si a usted como consumidor se le ocurriera ir al supermercado con dinero falso, probablemente le detendrían. Sin embargo los comerciantes venden lo que quieren y no pasa nada, no importa si se trata de productos químicos de dudosa inocuidad. Por otra parte existen productos que contienen sustancias o compuestos en cantidades desorbitadas, por ejemplo el azúcar, cuya información difícilmente aparece en algún sitio. Sin ir más lejos un bote de kétchup contiene una proporción de 40 azucarillos. En el año 1500 el azúcar era un alimento del que se consumían 20 gramos al año, hoy día un niño consume una media 49 Kg al año.

En 1995 la Unión Europea permitió más de 30 aditivos nuevos, con la condición de que se examinara con regularidad cuánto ingieren las personas. El problema radica en que no se sabe con exactitud cuántos aditivos contiene una sopa instantánea, ni cuántas de ellas consume la gente. Lo que sí se sabe es que se consumen más de la cuenta. Por ejemplo el aluminio es un componente usado en los colorantes para dulces y productos de pastelería, siendo un metal problemático que puede afectar al sistema nervioso y al cerebro. De hecho existen pruebas de que el aluminio produce efectos parecidos al estrógeno, es decir que puede alterar la producción hormonal.

El glutamato es un aromatizador que consigue hacer más sabrosa la comida, es decir condimentarla, un polvo blanco que hace aparecer por arte de magia sabores donde antes no los había, siendo el aditivo más controvertido pero importante de la industria alimentaria. En la etiqueta lo encontraremos con los siguientes nombres: glutamato monosódico, E 621, potenciador o condimento. Aunque también suele enmascararse en el extracto de levadura, un moderno disfraz muy recurrente.

El problema de los aditivos químicos, al margen de su demostrado perjuicio para la salud, es que no sólo contienen sustancias venenosas y tóxicas, sino que en su uso y abuso se consigue excluir el alimento sano que debería llevar, que sin embargo el consumidor cree estar tomando. Lo que creará con mucha probabilidad una cadena de carencias en el organismo humano que más tarde necesitarán ser tratadas.

Ana Sáez Ramirez

Del programa : Qué grado de honestidad tienen nuestros alimentos

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