¿Son culpables los pueblos?

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Opinión 13 Septiembre 2021 115 votos - Para Votar tienen que ser usuario registrado
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Sí y no. No siempre triunfa la capacidad, la justicia e incluso la cantidad. Un número reducido de elementos activos puede suplantar la voluntad de una mayoría pasiva (incluso siendo esta capaz). Parece ser que en los campos de concentración basta con controlar al 5% de la población recluida para evitar revueltas. Las causas pueden ser diversas; por ejemplo, es más difícil coordinar una mayoría (que por serlo sufre múltiples contradicciones, entre ellas, de clase), que una minoría seleccionada y adiestrada en una sola dirección, y que por una vía u otra goza de unos apoyos, entre ellos económicos, que resultan determinantes.  

Por otra parte, los pueblos no son uniformes en su devenir, y como cualquier cuerpo, sufre altibajos. Quizás los españoles de hoy no seamos aquellos que se extendieron por mar y tierra en siglos pasados. La propia necesidad fue un aliciente para el riesgo. Luego están las circunstancias, tan cambiantes, y que influyen tan poderosamente en la composición y en el devenir de un pueblo. Puede que, como decía Aristóteles, las virtudes sean indicios de los defectos, y un grado mayor de civismo reduzca el de combatividad. Un caballero, por ejemplo, nunca se pelearía a puñetazos en la calle para proteger su derecho de tránsito, por mucho que ello afectara a una supuesta dignidad.  

Hablando de aquellos españoles apodados conquistadores, resulta admirable (sin que ello signifique una aceptación moral del hecho histórico) la capacidad que tuvieron para aprovechar las disensiones internas entre los nativos. ¿Qué pueblo no las ha tenido? ¿Significa que eran tontos o cobardes? Creemos que no; sobre todo cobardes. Los españoles eran una minoría con unos objetivos claros (la conquista, llamémoslo así) y determinados (el enriquecimiento). Y sobre todo, no eran esperados. Por el contrario, los pueblos que sufrieron el ataque se enfrentaban a una situación excepcional con recursos ordinarios. En el arte militar (que lamentablemente en mucho es el arte de la vida) la sorpresa y la imprevisibilidad (con su componente de irresistibilidad) son fundamentales. Luego aquellas historias pseudorreligiosas de unos dioses esperados. Qué peligrosa es para los pueblos la mitología.  

Además, hay que refutar esa idea colonialista de que el menos inteligente por ello disfruta de menos derechos (o de ninguno). En Sudáfrica el coeficiente intelectual de blancos y de negros durante la separación racial era distinto. De esto los blancos sacaron conclusiones interesadas y precipitadas. Después, arrumbado el vergonzoso régimen racista (producto de una evidente anormalidad, si no inferioridad espiritual), cuando todos accedieron a la educación, se comprobó que la diferencia anterior había desaparecido y que no era racial, sino coyuntural: recibir menos o ninguna educación.  

Por eso, nos extraña tanto que los ultranacionalistas, a la hora de la verdad, discutan el gasto social en educación. Que un pueblo esté preparado en ese campo (en una competencia mundial incansable) puede significar su supervivencia. Creer que nuestras cualidades naturales (¡nuestras raíces sin ningún abono dialéctico¡), sin el entrenamiento y la dedicación necesarios, son suficientes, no es una demostración de despiste, sino de mala fe. La historia está plagada de pruebas en las que se demuestra que ese adormilamiento puede significar la muerte. 

Y cuando hablamos de educación, no nos referimos sólo a la académica o profesional, sino también a esa otra que incide en costumbres, principios, formas de convivencia, formas de ser y de estar (que dos grandes verbos que tanto molestan a estudiantes de español), consciencia de peligros y de posibilidades, etc. Sin embargo, hay medios de comunicación que parece nos quieren a todos idiotas. Y resulta sorprendente que la crítica hacia ellos no se produzca. En realidad les tenemos miedo: caer bajo su crítica puede resultar desastroso. Pero, ¿cómo puede ser así en una sociedad que no para de proclamarse libre? Esos medios nos promueven ídolos catódicos, modelos incultos, egoístas, interesados en asuntos miserables y chatos, vulgares, engreídos, como si el mero hecho de ser famoso (estar en, aunque sea de forma vacía) fuera el único valor que cotizara en la bolsa del ser. En ese mal magisterio que realizan diariamente y en el que todos hablan a la vez, la difamación no es delictiva, la mentira cabe si distrae del aburrimiento, y el chismorreo sustituye al diálogo.  

¿Cabría culpar aquí al pueblo español? Se dirá: es lo que quiere; pero una audiencia de un millón, dos, tres millones, no es toda España. Hasta ese dato es manipulador. ¿Cuántos millones desconectan el aparato? Y aunque así fuera, esa no sería justificación para declinar una crítica que no se da. Todo esto sin mencionar esos lugares donde la tortura es tan terrible que hasta pensar a solas duele. Luis Méndez 

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