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Leyenda negrísima

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;Opinión 15 Febrero 2021
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Negrísima no porque se tenga noticia de un nuevo añadido demonizador respecto a la historia de España, sino porque repentinamente se descubre que se ha dado históricamente una circunstancia harto anómala: su dócil asunción por las élites del país, que son las que piensan por todos los demás. Tal asunción debería hacer pensar en un patriotismo de opereta. Afortunadamente parece que hay sectores –no demasiados, pero que van desde la derecha a la extrema izquierda-- que comienzan a rebelarse contra una pasividad que afecta y perjudica sobre todo a quienes no gozan de los privilegios de esas mismas élites; por estas entendemos dirigentes, historiadores, pensadores, comunicadores, artistas, negociantes de diversa laya y todos aquellos que modelan nuestros intereses, perjuicios e imágen.  

 

Mientras los británicos, por ejemplo, hacedores entre otros de esa leyenda negra, subliman falsos éxitos y ocultan verdaderos fracasos hasta rayar en la mentira más descarada, nosotros hacemos todo lo contrario: ocultamos los éxitos y asumimos indefensos falsos fracasos.  

Al principio, cuando éramos totalmente ingenuos, pensábamos que nuestros historiadores gozaban de un exquisito sentido de la justicia y de la modestia. Qué ecuánimes somos, pensábamos, y que malos hemos sido comparados con el resto de los civilizados países occidentales. Pero poco a poco una mosca tras la acomplejada oreja histórica comenzó a molestar demasiado. Por ejemplo, y referido a los europeos, ¿qué tipo de transacción fue aquella que para entrar en el Mercado común nos impuso la reconversión industrial --bonito eufemismo para designar la desindustrialización del país—y convertirnos en una potencia inerme? Se podría pensar que fue una decisión obligada, pero cuando se comprueba que los negociadores de antaño viven hoy, junto a sus herederos, espléndidamente y para ninguno de ellos ha representado un sacrifico, te preguntas si no es muy peligrosa una situación en la que el políticus púber no progresa adecuadamente en ejemplaridad. Porque, ¿qué podemos pensar de personas que son como aquella señorona que entrevistada hace poco en la televisión –creo que en la Sexta-- sostenía que con un salario mínimo de 600€ se podía vivir dignamente, excepción hecha de ella, que necesitaba como mínimo 2000€? 

Otro caso sorprendente es el de los separatismos (también, se les ha colgado significativamente un precioso eufemismo: soberanismos). ¿Qué clase de atonía nos atenaza para que ninguna institución generadora de pensamiento haya contrapesado con argumentos semejante fenómeno?  

Incluso ese afán de distraernos con eufemismos es torpe y burdo y sólo debería tener efecto en quienes han transmutado la razón en emoción superficial. ¿Qué clase de soberanías son esas que debilitan y empequeñecen, frente a otras potencias que sólo piensan en expandirse, ya sea territorial, institucional o financieramente? Haciendo un símil deberíamos recordar que dividir al enemigo es vencerlo: es decir separa y convertirás a España y a los separados en chiringuitos patéticos. ¿Eso no lo entienden los separatistas? ¿Qué pintan en el mundo las naciones que se han separado de su matriz? Nada, absolutamente, nada; son lo que se define con un eufemismo más: naciones fallidas. ¡Qué melifluos hacedores de frases, pensando siempre para el amo, que no suele ser de aquí! 

Otro tanto ocurre con la ciencia, con el arte, con la creación en general. ¡No promocionamos lo nuestro –salvo la paella, la sangría y los toros—sino lo de los extranjeros de determinada órbita! Ves un documental sobre la Edad Media en Castilla y la música de fondo es un extemporáneo rock and roll, cuando es posible aprovechar nuestra creatividad, como han hecho en un singular reportaje sobre Extremadura donde tuvieron la originalidad de que un autor contemporáneo español creara una música semejante a la del medioevo. Un detalle así, que no debería ser reseñable, lo es, tal es la pleitesía antieconómica que se rinde a lo extraño.  

Se habla de teatro y mencionan exclusivamente a Shakespeare –además con un conocimiento chato de la literatura británica: Shakespeare no es el único autor inglés digno de mención—ignorando totalmente a genios como Lope de Vega, Calderón de la Barca, Valle Inclán, Buero Vallejo o Jacinto Benavente qué, curiosamente, sí son tenidos en cuenta en Hispanoamérica. En el cuatricentenario de la muerte de Cervantes muchos conmemoraron al autor español… y al inglés. Los ingleses sólo al suyo, y de forma magnífica.  

Cada dos por tres hay una campaña de exquisitos cinéfilos --sector de alta estrategia-- que protestan por el doblaje de las películas y documentales extranjeros. ¡Quieren la versión original, profundos intelectuales ellos, que han de captar los giros semánticos más recónditos y espirituales del idioma extranjero! Lo curioso es que no se refieren al cine en gallego, o en birmano, o en chino, sino exclusivamente al hablado en inglés. Los complejos giros del idioma alemán todavía no les preocupa; pronto ocurrirá. ¿Quieren eso los ingleses respecto a los españoles? No hay problema: apenas ven cine español y desconocen quién es Lope de Vega. 

¿Y que dicen muchos de nuestros patriotas? Muchos de nuestros patriotas hablan en inglés, se educan en el extranjero –aquí no hay enseñantes capaces; menos mal que en Gibraltar no hay una universidad excelsa que ponga a prueba simbólicamente nuestra dignidad—y tributan al 0% en las islas de Man.  

En conclusión, qué mal no va a ir si no despertamos todos,  y a su vez las 17 autonomías no dejan de darse tiros en los pies.  

¿Se propone volver a una cultura folclórica de charanga y pandereta? En absoluto, eso ya nos lo ofrecen algunas televisiones privadas con suficiente excelencia. Se propone una cultura totalmente innovadora, dialéctica, crítica –sin crítica no hay ciencia--, que piense con su propia cabeza y se rija por sus propios intereses y reglas. El problema con las vacunas, por ejemplo, debería llevarnos a pensar que ahí es donde debemos buscar la verdadera independencia, y lo frágil que es basarse en la mimetización de lo más superficial de los otros, que es en realidad lo que pretenden esas geoestrategias desnacionalizadoras y desestatalizadoras.  

¿Obsesión por las leyendas negras, las demonizaciones, las visiones unilaterales, excluyentes, monopolizadoras de lo apropiado y de lo inapropiado? En cierto sentido, sí. Todas ellas significan que la rueda que mueve el agua --la historia-- gira al revés.  

Luis Méndez 

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