Demonizaciones, ostracismos, paradigmas

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Opinión 20 Enero 2021 547 Votos Correo electrónico Imprimir
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La demonización es una de las más infames técnicas de destrucción moral. España la ha sufrido con fuerza dos veces: cuando estaba en su esplendor y era un poder a batir, y como preparación para una guerra que en realidad se produjo por voluntad y capricho de dos poderoso editores de prensa, los nefastos   William R. Hearst y Joseph Pulitzer, precursores de la prensa amarilla y creadores de las falsedades que provocaron la guerra hispano-estadounidense.

Curiosamente, en los casos de demonización el verdadero satán es el demonizador, que en vez de rabo o cuernos tiene plumas, porque es labor, principalmente, de escritores y de periodistas venales; esto es algo que la mayoría ignora, tan proclive a creer en actitud pasiva lo que se afirma masivamente y sin prueba alguna, convirtiéndose así en un aliado inconsciente pero esencial. La demonización se combina además con otra técnica miserable, el ostracismo, ya utilizado por los antiguos griegos para anular a quienes resultaban molestos. Paradigmático es el caso de Aristides el Justo, vetado según cuenta la anécdota porque su nombre resultaba excesivamente popular. No hay nada más infame que una lucha estando una de las partes en situación de indefensión.  

La demonización en sí carece de credo, no en vano es un medio destinado a destruir al contrincante mediante la calumnia y la difamación. Abundando más, es un medio totalitario, en cuanto intenta imponer una visión única y negativa del otro. No se le reconocerá el menor mérito ni virtud, nada de él será aprovechable (salvo sus riquezas, expropiables). La palabra demonización está muy bien buscada: nos adentra en el terreno de lo terrible, de lo insalvable, de aquello que merece el peor de los castigos. A su vez sitúa al demonizador en el terreno antípoda de lo celestial.  

La demonización es la forma más acentuada del acoso. Y tal como ocurre en la mayoría de los casos, los culpables y las víctimas son más de los que las apariencias indican, entremezclándose los papeles. Allí donde hay una víctima, seguro que alrededor hay   otras muchas más. Y allá donde hay un acosador, seguro que hay más cómplices, amparados en el anonimato y persiguiendo un beneficio cobarde. Por lo tanto, no nos creamos a salvo: nos compete. 

Podríamos quedar en el terreno del mal que se le produce a la víctima o víctimas. Pero los daños van más allá. La demonización es un ataque contra el pensamiento, contra el raciocinio, contra la equidad. Lleva a odiar lo que no es odioso. Recurre a la simplificación y a la linealidad. Cuanto más simple sea el invento más efectivo será su efecto. Un gran orador decía que el exceso de argumentos debilita el efecto de la intervención. Es cierto, la simpleza gana siempre; cuanto más plana más asimilable.  

La demonización confunde y sitúa la mentira en la zona de la verdad. Es antihistórica, en cuanto que obstaculiza la dialéctica de la evolución, la progresión labrada a fuerza de argumentos, contrargumentos y síntesis de ambos. Plana, anula los relieves reales e imprescindibles de la historia, de la política, de la economía, es decir, la relación entre las causa y sus efectos. Los motivos quedan destruidos, y todo se convierte en incomprensible, que es lo que en definitiva persigue el demonizador: crear vicios donde no los hay y ocultarlos allí donde verdaderamente existen; y de paso embotar la reflexión.  

Curiosamente, se recurre a la demonización cuando la propia confianza empieza a flaquear, por lo cual es más peligrosa por más desesperada.  

Al deshumanizar al contrincante atribuyéndole intenciones en extremo perversas o diabólicas se le puede convertir en lo que entes no era, en una bestia acorralada, y en el caso del ostracismo, amordazada. Una bestia que viendo que no hay reglas regulatorias terminará por asumir en negativo el papel del demonizador, con lo que habremos duplicado el mal y perdido puntos de referencia aceptables. Nadie gana en las guerras totales. La historia lo ha demostrado innumerables veces.  

Por ello, y de paso, cuidado también con los paradigmas, esas verdades incuestionables que llevan a hacer inútil (más bien imposible) el análisis porque se considera que es innecesario. No hay verdades reveladas ni incuestionables, por muy prestigiosas que sean las cabeceras que las proclamen.  

Luis Méndez