Un nuevo estudio ha arrojado luz sobre cómo los contaminantes de hoy en día podrían convertirse en las amenazas del mañana para la fauna silvestre y los humanos.

Entre el cambio climático, el conflicto humano y la pérdida de hábitat, el oso polar (Ursus maritimus) tiene mucho por lo que preocuparse. Pero resulta que este emblemático animal tan vulnerable también se enfrenta a otra amenaza más: los químicos industriales que se prohibieron hace casi 40 años.

Un nuevo informe publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B ha hallado que estos y otros contaminantes siguen acabando en los cuerpos de los osos polares, donde pueden hacer estragos en su sistema reproductivo y su fertilidad.

Entre los principales químicos están los PCBs o bifenilos policlorados (PCB), una serie de compuestos organoclorados creados por el hombre en la década de 1920 en una planta química de Alabama y que más tarde se fabricaron en todo el mundo. Los PCB fueron prohibidos en la década de 1979 ante los temores de amenaza para la salud humana y el medio ambiente. Sin embargo, investigaciones en los últimos años han revelado la persistencia de estos contaminantes en el medio ambiente a lo largo de décadas y que podrían haber viajado hasta los testículos y espermatozoides de los osos polares.

Ni que decir que la fertilidad es crucial para la supervivencia de cualquier especie pero, en especial, para el oso polar, dado su índice de reproducción especialmente lento en comparación al del resto de mamíferos marinos. Si una hembra se aparea con un macho infértil perderá la oportunidad de concebir, de las cinco que tiene a lo largo de su vida. En otras palabras, cualquier amenaza para la fertilidad del oso polar tiene el potencial para frustrar el crecimiento de la población de manera sustancial.

"El mayor peligro de esta infertilidad es que los machos privan la posibilidad de concebir a una hembra," dice Viola Pavlova, ecóloga de la Academia de Ciencias de la República Checa y autora principal del informe.

"Por tanto, es muy importante que las hembras tengan machos suficientes disponibles con los que aparearse".

Los PCB podrían afectar a la fertilidad del oso polar y de otros depredadores ápices del Ártico de formas muy diversas. Como disruptores endocrinos, los PCB pueden interferir en el funcionamiento hormonal tanto de animales como de humanos. En los humanos se ha hallado una correlación entre la alta exposición de PCB y los cambios en la movilidad y cantidad del semen, así como daño hepático y enfermedades cutáneas. Peor aun, son estables, lo que significa que pueden persistir en el medio ambiente durante décadas.

Los componentes, de los cuales hay 209 tipos distintos en base a la cloración de diferentes posiciones del bifenilo, fueron producidos por primera vez para uso comercial por la compañía Chemical Company en Anniston, Alabama. Más tarde, el gigante químico Monsanto compraría la compañía, convirtiéndose en el principal productor en los Estados Unidos. En 1979, Estados Unidos prohibió la producción de PCB, pero para entonces ya se habían dispersado por el medio ambiente cerca de 150 millones de litros, el equivalente al peso de unos 8.000 autobuses escolares.

A lo largo de los años, los científicos han descubierto que muchas de estas partículas habían viajado por el aire y las corrientes marinas hasta el Ártico o se habían disuelto en el agua o quedado atrapadas en los sedimentos, llegando a las branquias de peces o bocas de criaturas marinas de aguas profundas que se alimentan en zonas de sedimentosas. Estos químicos se acumulan en las células adiposas de los animales y pueden permanecer allí durante toda la vida.

Cuando un depredador ápice como un oso polar come una foca que ha ingerido pescado contaminado, el oso polar ingerirá la mayor dosis de PCB que pueda ingerir un animal dentro la cadena alimentaria. Los animales en lo alto de la cadena alimentaria sufren todo el peso de la contaminación y, en especial, los animales árticos, ya que dependen de una dieta grasa altamente energética para sobrevivir en su entorno hostil. Este proceso, conocido como biomagnificación - cuando la concentración de PCB va aumentando a lo largo de la cadena alimenticia - es la misma razón por la que grandes peces depredadores como los atunes tienen mayores niveles de contaminación por mercurio.

El equipo de Pavlova se centró en las poblaciones de oso polar al este de Groenlandia y Svalbard desde mediados de 1990, que habían mostrado un crecimiento lento de la población y se sabía que tenían niveles elevados de PCB. Para evaluar el impacto del PCB, su equipo primero analizó datos sobre el impacto del PCB en la fertilidad de los roedores. Luego, usó un modelo por ordenador para extrapolar el grado de afectación en las poblaciones de osos polares en base a sus pautas de apareamiento.

Esta es la primera vez que se estudia el impacto del PCB en la fertilidad de los machos de oso polar. Estudios anteriores se habían centrado en la fertilidad de las hembras, sin embargo los machos tienden a tener concentraciones de PCB más altas que las hembras, probablemente debido al consumo de leche materna, dice Pavlova. "Los machos no pueden deshacerse de la contaminación tan fácilmente.

Los investigadores hallaron que los PCB podrían haber afectado a la fertilidad de los machos haciéndolos infértiles. El mecanismo no está claro; podría incluir un rango de efectos en el sistema hormonal o impacto directo en la calidad del esperma en sí, dice John Meeker, investigador en la Universidad de Michigan y quien estudia los impactos de los contaminantes ambientales en la salud humana. Otros estudios sobre químicos disruptores sugieren debilitamiento del hueso peniano en los osos polares, junto con otros huesos, sugiriendo que tiene otras consecuencias para la salud que reducen el estado físico general tanto de hembras como de machos.

Meeker, quien no ha participado en el estudio, señala que identificar las vías que afectan a la salud es complicado debido al enorme número de distintos PCB. "Incluso dentro de una clase específica podrían haber mecanismos distintos " dice Meeker

Con el tiempo, las concentraciones estos químicos han disminuido en el medio ambiente, pero puede seguir habiendo fuentes persistentes que acaben en animales y humanos, dice. De especial inquietud son los enclaves con residuos tóxicos que contienen materiales contaminados así como edificios viejos, incluidas escuelas construidas entre 1950 y 1970 que podrían tener fuentes de PCB atrapados en materiales como masillas y lámparas fluorescentes.

Pero la posibilidad más común de exposición humana es a través del pescado, dice Meeker. Mientras que por lo general los humanos podemos elegir entre comer pescado o no, depredadores marinos ápices, incluidas focas y delfines, no pueden elegir. Las comunidades Inuit, cuya dieta se basa en estos máximos depredadores, han revelado exposición elevada de estos químicos.

De todos los depredadores, las orcas muestran los niveles más altos de PCB, más altos incluso que en los osos polares, dice el autor del estudio Christian Sonne, biólogo en la Universidad Aarhus de Dinamarca.

"Su hígado no puede metabolizar del mismo modo que lo hace el hígado del oso polar ni tampoco eliminarlo de la misma manera," explica Sonne, señalando que una vía de excreción importante es el pelo.

Ahora bien, a medida que el cambio climático redistribuye las corrientes marinas y las pautas del hielo marino, las cadenas alimentarias del Ártico y las pautas de acumulación de PCBs podrían cambiar también. El aumento de la inanición también podría hacer que el PCB se acumulase en la sangre de los animales, con consecuencias desconocidas para su salud, dice Sonne.

Los efectos del PCB en los osos polares son solo una las muchas formas en la que estos llamados químicos disruptores pueden afectar a la fauna silvestre y a los humanos y un recordatorio de que los nuevos químicos que se están produciendo pueden perjudicar de otras formas imprevistas. Nuevos químicos han ocupado el lugar de otros químicos prohibidos, dice Robert Letcher, químico ambientalista en la Universidad Carelton en Canadá.

Letcher añade que no todos estos químicos han demostrado tener efectos negativos en los animales pero que "los que persisten en los depredadores ápices son los realmente preocupantes porque han sobrevivido a la armadura de procesos que podrían haberlos descompuesto."

Estudios como el de Pavlova, dice, son importantes para comprender mejor el efecto que esto podría tener en el oso polar y otras especies a largo plazo.

"Si su fertilidad y capacidad de reproducirse se ven afectadas de algún modo de forma negativa, pondría en la cuerda floja la capacidad de esta especie para salir adelante," dice.

"Y en el mundo de hoy", añade, "ningún animal puede escapar, ni volar ni nadar hacia ningún lugar seguro. No queda ningún entorno prístino en el mundo," dice Letcher.

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