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Europa es la zona del mundo de mayor nivel de vida. Y mejor repartido.

Al lado de ella, al sur del Mediterráneo, están las regiones más pobres y más violentas del planeta. Con menos esperanza de vida, si puede llamarse vida al mero hecho de una subsistencia precaria y aterrada.

Con ese brutal contraste, es inevitable el asalto al territorio europeo de masas de personas desesperadas. En lo que llevamos de año, 290.000 inmigrantes ilegales han conseguido introducirse en Europa. Y la cifra va en aumento, así como la diversidad de métodos para hacerlo y la violencia de algunos de ellos.

¿Hay que tener manga ancha con esas incursiones? ¿Debería haber leyes más permisivas con esa inmigración, como sugieren muchos organismos humanitarios y algunas organizaciones de izquierda?

De hacerse así, en cuatro días el nivel de vida de los europeos descendería a la mitad, sin que el de los recién llegados llegase a alcanzarlo. Eso, sin contar con las dificultades de integración, problemas sanitarios y falta de trabajo que conllevarían tensiones raciales y acciones delictivas.

Aun así, a lo mejor los actuales ciudadanos de Europa estarían dispuestos a asumir ese riesgo, en un increíble y generosísimo gesto de solidaridad. Pero me parece harto improbable. Repartir la pobreza no es lo mismo que administrar la prosperidad. En cualquier caso, quien crea que eso sería lo ideal debería proponer un referéndum al respecto. Y a ver qué pasa.

No parece, insisto, que los tiros vayan por ahí, a tenor de las manifestaciones del británico David Cameron, de la creciente xenofobia en Hungría y hasta de la represión a los inmigrantes en la Grecia de Tsipras.

Por eso, las barreras en Europa van a continuar y hasta aumentar en un futuro inmediato. El mejor favor a los desfavorecidos al sur del Mediterráneo parece ser otro: suprimir las barreras a sus exportaciones, invertir capital en ellos, dar trabajo a los nativos en sus propios países y ayudarles a tener instituciones democráticas en vez de dictaduras venales y corruptas.

Ese es el gigantesco esfuerzo que se pide a los europeos. Pero a la vez es un mínimo precio por mantener su seguridad, su libertad y su prosperidad.  

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