La aparición de Vox ha llenado de alborozo a quienes buscaban un partido más de derechas, sin encontrarlo, pero paradójicamente también ha alborozado a cierta izquierda deseosa de tener un enemigo que justifique así, por contraste, sus propios excesos.


El mayor argumento del ataque de estos últimos lo aporta no tanto lo que propone Vox, que también, sino el que, por fin, exista una extrema derecha en España: ¿lo ven?, parecen decir, ¿cómo aquí se agazapaban monstruos anticonstitucionales, peores que los del Brexit británico o los ultras franceses de Marine Le Pen?
Lo curioso del caso, es que en España ya teníamos, y seguimos teniendo, gentes que manifiestan muchos síntomas de la extrema derecha clásica, como son la intransigencia, la violencia callejera, el desprecio de la ley, la creencia en su superioridad moral y hasta personal sobre otros conciudadanos…
Por eso mismo, no quiero entrar aquí a analizar, destripar y hasta destrozar los puntos programáticos de Vox, ya que hay muchísimos articulistas y medios de comunicación que ya lo hacen encantados, incluso en aquellos temas en que los de Santiago Abascal no pretenden prohibir nada, sino que apelan a la libertad: de lengua, de educación, de expresión, etcétera.
Voy a detenerme simplemente en mostrar mi perplejidad ante algunos que acusan a los demás de ser extremistas, ultras o totalitarios cuando ellos, desde su presunto progresismo, son los que impiden dar conferencias a los demás, les acosas en las calles, cortan carreteras, agreden a policías,… como hicieron los chicos de Hitler para llegar al poder.
Al igual que ellos, también, su desprecio “a los otros” es enfermizo y exterminador, como cuando Joaquim Torra tilda a los hablantes de castellano en Cataluña de “carroñeros, víboras, hienas; bestias con forma humana”.
Por eso, reconozco mi dificultad en distinguir una extrema derecha de otra. Incluso, en temas familiares que defiende Vox y que hasta hace cuatro días, como quien dice, eran patrimonio de una izquierda exageradamente conservadora en lo moral y que tildaba a cualquier libertad sexual de “desviacionismo pequeño burgués”.
O sea, que deberíamos hilar más fino en nuestros análisis políticos o resultará que sólo son de extrema derecha aquéllos que piensan diferente de nosotros mismos y a quienes, en consecuencia, podríamos aniquilar con la impecable coartada moral de una superioridad ética en realidad inexistente.

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