Enrique Arias ­Vega

Hay visiones optimistas y pesimistas sobre el mundo que se nos viene encima. Claro que los futurólogos nunca han sido muy precisos ni correctos a la hora de sus previsiones. Por ejemplo, hace setenta años anticipaban que hoy día comeríamos algas en vez de carne y que vestiríamos habitualmente trajes de neopreno. En cambio, ninguno de ellos previó la revolución tecnológica de las redes sociales.

 

Ni un acierto, pues.

Uno de los actuales gurús de la prognosis, Robert M. Goldman, predice que en la próxima década todo será de maravilla. Según él, unas computadoras exponencialmente mejores nos permitirán comprender mejor el mundo: sustituirán a abogados y médicos y los nuevos vehículos autónomos evitarán el 99 por ciento de los accidentes.

Al no conducir y poder trabajar desde donde queramos, las actuales mega ciudades recuperarán su dimensión humana. Y al multiplicar las fuentes de energía alternativa y barata, se potabilizarán las aguas saladas y las residuales, todos los objetos podrán fabricarse en 3D, el trabajo será más productivo, nuestra esperanza de vida alcanzará los 100 años y todos seremos felices y comeremos perdices, como en los cuentos de nuestra infancia.

Claro que hay un montón de cosas que no quedan claras en tan idílicas profecías. Por ejemplo: cómo se repartirá el menor trabajo que quede y quién se beneficiará del ocio resultante; qué pasará con los pobres actuales y cómo se abordará ese problema; si habrá o no movimientos migratorios y si se pondrán trabas a los traslados masivos de personas; cómo se atenderá al número creciente de viejos y quién financiará dicha atención cada vez más costosa,…

Si nos paramos un minuto a pensarlo, la cuestión no consiste en si habrá o no vertiginosos avances tecnológicos, que sí, que los habrá, sino en cómo afectarán a nuestras vidas, en si podremos asimilarlos fácilmente o no, en quiénes se beneficiarán de ellos y quiénes saldrán perjudicados, en cuáles serán los valores con que vayamos a gestionarlos y en si la sociedad resultante será más justa o no que la actual.

Al parecer, tenemos tanta prisa en llegar al futuro, que estamos dispuestos a que nos arrolle sin haber averiguado cuál es el rumbo que debe tomar.

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