La verdad es que solemos preferir la venganza a la justicia.

Lo digo tras ver cómo reaccionamos los seres humanos ante fallos judiciales que no se corresponden con nuestros criterios o con nuestros prejuicios.

 

Eso sucede lo mismo en el caso Urdangarín, en las actuaciones contra el proceso separatista catalán, en los tristemente famosos delitos de La Manada y en cualquier otra causa que se ventila en los tribunales.

Y no se trata de una característica propia de nuestro país, sino de todos. En 1995, un jurado americano exculpó a O.J. Simpson del obvio asesinato de su mujer y de un amigo por miedo a la reacción popular debido a la popularidad del jugador y actor negro. Sólo tres años antes, un jurado compuesto sólo por blancos había declarado inocentes a tres policías de la misma raza que dieron una brutal paliza a Rodney King, un hombre negro esposado por ellos. La revolución subsiguiente en Los Angeles dejó un balance de 54 muertos, más de 2.000 heridos y centenares de propiedades devastadas. Hubo que esperar dos años más, cuando las aguas estaban ya más calmadas, para que otro jurado se atreviera a condenar a Simpson, en esa ocasión (nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo crimen) sólo como responsable civil de la muerte de su esposa, a pagar 33,5 millones de dólares.

Por esa creencia, compartida de una u otra manera, de que los tribunales no hacen bien su trabajo si sus fallos no coinciden con nuestra apreciación de los hechos, nos dedicamos a presionarlos. No otra cosa pretenden los ostentosos despliegues de correligionarios de los políticos en sus comparecencias ante la Audiencia, las manifestaciones masivas en la calle u otras más modestas, como la de los vecinos de los jugadores de fútbol del Arandina, acusados de abuso sexual de una menor de 15 años, que fueron liberados a los dos meses de la marcha vecinal depositando una fianza de 6.000 euros.

Con unas imágenes desgarradoras, ya en 1936 el cineasta Fritz Lang mostró en Furia el caso real de la predisposición de una población entera al alborozado linchamiento de un inocente sospechoso de asesinato y a querer, luego, evitar las consecuencias penales del mismo.

Estamos hablando de otra cosa, lo sé. También anticipo que estas reflexiones no me harán más popular que antes. Pero lo único que lamento es que si con nuestras acciones acabamos por cargarnos la independencia de los Tribunales, cualquier otra alternativa que venga luego será mucho peor.

Elecciones, esa palabra que no pasa de moda, pero que a veces vale tan poco.

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