En los cinco primeros años de la URSS bajo Lenin, los países del antiguo imperio zarista perdieron por hambre y por frío 30 millones de habitantes. El tiempo, el espacio y las circunstancias son muy distintos hoy día, por suerte, pero conviene recordarlo porque los anticapitalistas de la CUP, partido del que dependen las aspiraciones secesionistas de Cataluña, presentan un programa totalmente leninista a las elecciones.

 

En 1989 cayó el muro de Berlín y los países soviéticos huyeron felices hacia el capitalismo. Eso no parece haber amilanado a la CUP, que ha diseñado una futura república de los Països Catalans, con Cataluña, Mallorca, Valencia y la Franja del Ponent en Aragón —no incluye, de momento, Rosellón y el Alguer, para no incomodar a Francia e Italia—, totalitaria, estatista y retrógrada.

En ella, la iniciativa privada estaría condicionada, con una banca nacional y por la propiedad del Estado catalán de las grandes infraestructuras. No habría libre comercio, por supuesto, con una subida de aranceles para proteger, dicen, a los productos catalanes. Y un enorme aumento de impuestos, claro, para pagar una supuesta jubilación a los 60 años, un salario mínimo de 1.200 euros y un año sabático por cada diez trabajados.

Ése es, precisamente, el paraíso del que abominaron los ciudadanos soviéticos, lo que no intimida hoy día a los herederos históricos del anarquismo de Durruti y compañía, encantados con la marcha de empresas, la disminución del turismo, la vuelta al minifundio —el hortet de nuestros abuelos— y la purga de todo lo que suene a riqueza o a burguesía. Para conseguirlo, contarían con la colaboración de unos medios de comunicación que, según su programa, sólo serían privados en su tercera parte.

Nada de esto resultaría excesivamente preocupante porque en todas partes siempre hay gente con propuestas extravagantes y minoritarias. Lo malo, lo peor, incluso, es que la CUP es socio necesario e imprescindible del llamado frente independentista y ya se cargó en su día al líder convergente Artur Mas. O sea, que la utópica República Catalana que nos prometen caso de triunfar ese bloque, acabaría pareciéndose más a la extinta URSS que a cualquier democracia actual de nuestro entorno.

Que Dios coja, pues, confesados, a quienes se arriesguen a que llegue a hacerse­­­ realidad semejante hipótesis.

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