Colaterales Pegasus 1: un miedo que fracasará.

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Por Domingo Sanz 23 Abril 2022 183 Votos Correo electrónico Imprimir
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Uno de los procedimientos más empleados para ponerle un título a algo es elegir aquello que le diferencia de otros algos que comparten características similares. Para comparar sin trampa unos algos con otros conviene elegir, siempre que no haya trampa, tiempos compartidos y espacios cercanos.

Como el algo del que va esto se llama “España”, para el parámetro “tiempo” propongo los últimos 85 años y, para el “espacio”, la misma Europa Occidental a la que pertenece. Del resto del mundo, los más parecidos al algo “España” serían los demás algos hispanos, esos países que, según los españolistas de pro, le deben a “España” hasta el aire que han respirado desde 1492, pero no creo que aquellos transoceánicos le ganen a la Europa cercana la primera posición a la hora de comparar un algo con el algo “España”. Ni siquiera por las crueldades de sus autoritarios cuando les ha tocado sufrirlos, parecidas a las del campeón de dictadores hispanos llamado Franco. Será por lo del aire, quizás envenenado, que se les envió desde “España” para que lo respiraran.

Si combinamos ambos parámetros y dividimos los 85 años en tres periodos distintos, los mismos en los que usted ya está pensando, para poner nombre a cada uno de ellos con la palabra que mejor diferencie en cada caso al algo “España” de los algos que componen la Europa elegida, me decido por “guerra”, “miedo” y “corrupción” respectivamente.

Es “Guerra” porque resulta imbatible para los tres primeros años de los 85. Mientras la Guerra Civil, finalizó en marzo de 1939, la Segunda Mundial no comenzó hasta septiembre de ese mismo año y ninguno de los algos europeos sufría un drama tan desgarrador entre 1936 y 1939 como el que sí padecía el algo “España”.

Es “Miedo” para el segundo periodo, que situaré entre 1939 y 1976 por cerrarlo con la matanza practicada por la policía nacional el 3 de marzo de ese año, cuyos agentes disparaban con armas de fuego a las personas que iban saliendo por la puerta de la Catedral de Vitoria para escapar de los gases lacrimógenos que los ahogaban, pero no sabiendo lo que les esperaba fuera. El resultado, que tanto se ha olvidado, fue de cinco trabajadores asesinados y 150 heridos. Todas las víctimas y el resto de manifestantes eran inocentes, simples trabajadores en huelga. Para ese periodo, tomado en conjunto, creo que la palabra “miedo” es la que más diferenciaba al algo “España” de los algos de entonces en Europa Occidental.

Y es “corrupción” para el tercer periodo, desde 1976 hasta hoy mismo, aunque compitiendo con la “desmemoria” ordenada desde arriba para que no olvidaran el miedo los millones de abajo, pues como no tener en cuenta lo que aun pasa con la educación recortada que se imparte, y es el hecho de que miles de profesores siguen dejando de explicar a sus alumnos de ESO y Bachillerato las lecciones que incluyen los 85 años del periodo escogido para esto que está usted leyendo, qué casualidad. Pero he elegido “corrupción” porque, mientras la desmemoria que pueda existir en los diferentes algos de Europa Occidental es muy difícil de medir, la corrupción está estudiada, y “España” lidera, y si no que se lo pregunten al rey anterior, a quien solo la muerte le podría librar de un juicio en UK que batirá récords de audiencia en todo el mundo. Ardo en deseos para que, como cualquier delincuente, no escape a la acción de alguna justicia, nunca española, por supuesto.

Todo lo anterior viene a cuento del título, en cuanto a sus efectos sobre la relación entre las personas y la sociedad.

Durante los años del miedo el “consejo” del dictador fue “no meterse en política” y, por tanto, nada más que decir.

Después, durante las más de cuatro décadas que llevamos de corrupción, millones de personas honradas y en la edad de las ilusiones pensaron alguna vez en la posibilidad de meterse en política, pero se dieron cuenta de que convenía mirar hacia otro lado cuando aparecían indicios entre los de tu partido. Y no digamos cuando ocupaban portadas. Rápidamente notaban que muchos de sus conocidos de siempre comenzaban a verlos de otra manera, incluso les hablaban menos, pues él “cómplice”, por no denunciar, no tenía ni palabras ni silencios con los que derrotar las desconfianzas que le rodeaban.

Pero desde hace un tiempo, en realidad poco, algunos ingenuos probaron a creer de nuevo en la política gracias a que algunas sentencias provocaron tal miedo a la cárcel que lograron sacar de las instituciones a algunos, muy pocos, de los políticos con alma de ladrones que las ocupaban.

Y, de repente, aparece Pegasus gracias a las investigaciones de Citizen Lab y divulgadas a través de The New Yorker por Ronan Farrow, el periodista que obtuvo el premio Pulitzer tras protagonizar las denuncias que terminaron cambiando, a mucho peor, las vidas de Harvey Wenstein y otros de Hollywood que durante años se creyeron tan impunes como el tenor Plácido, del algo “España”, ya que estamos.

Todo el mundo sabe ya que el CNI, al que acusaremos aprovechando que “no se puede defender” según la ministra de Defensa, lo que no deja de conceder la condición de sospechosos a los espías que trabajan para “España”, ha intervenido los teléfonos de decenas de políticos catalanes desde 2017, o antes, y, por tanto, han conocido sin autorización judicial, entre otras cosas, las conversaciones, textos y toda clase de archivos que se han intercambiado con terceras personas, cientos o miles, en el ejercicio del derecho que cualquiera tiene a su privacidad. Con lo de “todo el mundo sabe ya” me refería a millones de habitantes de La Tierra, pues es interminable el número de portadas que se han hecho eco. Y en el plano político, acabo de leer que Metsola, presidenta del Parlamento Europeo, va a poner a disposición de todos los eurodiputados un sistema que les permita revisar si sus móviles han sido controlados por Pegasus, como algunos de sus colegas españoles, pero menos.

He vuelto a elegir “miedo” como palabra diferenciadora del Pegasus “España” con respecto a Europa Occidental, porque los denunciantes canadienses afirman que se trata del mayor caso conocido de espionaje ilegal a políticos en tiempos de paz y en países considerados democráticos.

Pegasus es, no obstante, miedo de nuevo tipo, moderno, tecnológico, no brutal como durante el franquismo, aunque sí criminal por su ilegalidad y que puede hacer mucho daño a sus víctimas, según el uso que de la información robada hagan los espías.

Pegasus, a fin de cuentas, se convierte en miedo, y lo que sí conseguirá es que muchas personas honestas y con ilusiones, como pasó con la corrupción, aunque por otro motivo, dejen de plantearse la participación en política más allá de votar cuando hay urnas. Bastante es el asedio publicitario que no para de llenar los móviles de basura, como para pensar en espías ocultos tras cada mensaje raro. Y sin posibilidad de acudir a la Justicia: es “secreto de Estado”.

Aunque es pronto para especular, creo que se equivocan quienes piensan que, además de espiar a los catalanes con Pegasus, les meterán miedo. Tras las represiones, las condenas, los exilios y demás persecuciones considero imposible que el espionaje los acobarde.

No solo eso, sino que provocará, ya lo ha hecho, unidad entre los partidos independentistas contra las continuas agresiones españolas. Y también mayor desconfianza hacia cualquier propuesta que llegue de “SPIAN”, esa excelente ocurrencia con bandera española y giro de vocales que triunfa en las redes.

Porque, ¿qué pensaría usted si recordara que, en las mismas fechas en las que los del CNI usaban Pegasus para espiar a políticos que actuaban en público y a base de palabras, un informante del mismo CNI llamado Abdelbaki Es Satty organizaba los atentados terroristas de Las Ramblas de Barcelona y Cambrils que costaron la vida a 15 personas y dejaron heridas a 131 más?

Rápidamente recordará también que la empresa israelita propietaria de Pegasus solo lo vende a Estados y para perseguir a terroristas.

Es probable que los millones invertidos en Pegasus, seis para empezar según “El País”, les terminen pareciendo un precio muy barato a sus compradores, a la vista del coste político que terminará pagando este algo llamado “España”.