EN NIGERIA...... (I) / JOAN LLOPIS TORRES

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Joan Llopis 03 Noviembre 2022 406 Votos Correo electrónico Imprimir

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En Nigeria, En las urgencias de un hospital, en Benin City, entré por otro asunto... Había una niña de siete años tumbada sobre una camilla. Pedía agua: "mami uoter", "mami uoter". Los ojos le giraban en círculos, algo que yo nunca había visto. "mami uoter... ", y murió. Con siete años. Su padre la envolvió en una manta, la puso en el maletero del coche, se sentó en el asiento del conductor, arrancó y condujo por la avenida hasta un anillo que dirige los automóviles hasta cualquier lugar.
Antes, el médico le decía al padre que “aitoldyu”, “aitoldyu”, “ya ​​se lo dije”. Los padres, un mes antes, pese a que el médico les advirtió de la gravedad de su hija por una infección de malaria, estos le dijeron que se la llevaban del hospital. En Nigeria, en los hospitales, puedes leer cartelitos muy visibles que dicen que "los médicos trabajan, Dios cura". Pasado un mes, la niña moría de malaria. En Nigeria para todo lo que te van haciendo y para los medicamentos, antes, debes pagar, de lo contrario, no te atienden. Es muy probable que los padres no tuvieran dinero para hospitalizarla ni para ningún tratamiento. Lo diabólico de la situación se produce cuando, al mismo tiempo, se junta una creencia, una fe absoluta en Dios, que todo lo puede, que todo está en sus manos. Los pastores y profetas protestantes suelen hacer milagros en sus iglesias. Normalmente los programan para los viernes de cada semana. Y rezando, pidiendo con fe, con creencia absoluta en Dios, recibirás todo tipo de bienes y dinero. En todos sus larguísimos sermones, el monei, es la palabra que más aparece, la repiten constantemente. Pero, esta vez, el tratamiento de la malaria que suele costar en una farmacia uno o dos euros, fue derrotado por los rezos de los padres, los mismos que se llevaron a la pequeña muerta en el maletero.
 
   A menudo, oigo hablar de los musulmanes por gente que he acabado ignorando. Ya no me queda desprecio por este mundo.
Un jardinero que podaba un árbol donde yo vivía, se cayó del árbol y se rompió los huesos de la pierna. Nadie sabe lo que se rompió. Él no podía ir a ningún hospital. Fui a su casa, un lugar sin muebles, algo que se explica porque no había agua ni luz. Donde vivía con su mujer y tres pequeños, no sé si niños o niñas, no me acuerdo. Le llevé ibuprofeno y cosas que yo acaparaba cuando viajaba, muy frecuentemente. Tenía la pierna hinchada, amoratada con unos dolores que, puedo jurarlo, él soportaba sin decir nada. Lo juro. Pasaron los meses y él seguía trabajando porque si no iba a trabajar no cobraba. No es sitio aquí para hablar de salarios. Yo, en Nigeria representaba un Trust financiero internacional, y queriendo y sin querer, soy experto en las finanzas del país. Pero no me sustraje a la inmensa sociología de la miseria, mezclada con el trasiego de millones y millones de dólares del país. Una de mis grandes satisfacciones es vivir hoy con lo mínimo necesario. Salvo, claro, de una pequeña hija que tengo, con pasaporte nigeriano y español, tiene las dos nacionalidades, pero la vida, confío le enseñará lo que yo no pueda, mejor que podría enseñarle un paisaje de dólares. Un día, yo estaba comiendo en la calle, donde las tostaban, mazorcas de maíz, cuando vi a mi amigo musulmán, el jardinero. Le llamé y le ofrecí que comiera conmigo, y que se llevara un par de mazorcas, unos diez céntimos de euro, me dijo que muchas gracias, muchas gracias, para finalmente aceptarme una. Una mazorca de maíz. Se la llevó envuelta en una hoja de periódico, lo que significa que no fue él quien se la comió. 
 
   Al principio de vivir en Nigeria, no tengo que esconder que con recursos suficientes, aunque perentorios, comía con mi chófer, algo que allí sorprendía a todos, cuando vi que de un plato inmenso de arroz, por lo que aquí tenemos costumbre , se comía los huesos de los trocitos de pollo que acompañaban solitarios al plato, eso sí, siempre con un cucharón de tomate y, como sea, todo debe resultar muy picante, que insisten es bueno para el estómago. Yo he llorado de picante diciendo que estaba muy bueno, mientras me saltaban las lágrimas. Muy frecuente, si no comes en casa y te haces tú la comida. Con mi esposa nigeriana, tampoco era posible no llorar si ella cocinaba. Hasta que, antes, cuando la conocí, para mi asombro, también se comía los huesos. Yo le decía que pidiera más pollo, pero no era eso, los huesos son buenos para la salud. Ella, supongo que es eso, siendo hija de un rey local, no ignoraba que había que comer todo lo que hubiera en el plato y se pudiera comer. Está claro que es bueno para la salud. Comer es bueno para la salud. O, sentado en unas maderas, en un lugar donde sirven algunas bebidas, llegar los dos hijos del establecimiento y, la madre, darles unas rebanadas de pan de molde, esperando yo que "ahora les traerá la comida". Al acabarse el pan, los dos niños estuvieron jugando por allá, sin que apareciera ningún plato de comida. Yo no suelo hablar de mi vida en Nigeria y lo que he visto y vivido en África, pero, al volver a Catalunya, he comprobado que la miseria es lo que nos muestra nuestra ignorancia.
 
 
Joan Llopis Torres
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