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UN FRIO EXCEDIDO / JOAN LLOPIS TORRES

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;Joan Llopis 23 Abril 2020 Sección; Opinión
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Que estos días vaya todo revuelto, reiterando la Historia una y otra vez, sin que sirva esto para nada ni haya ninguna lección a extraer, no será por culpa de los bares, y tendremos que reconocer que siempre ha sido así, recordando al mismo tiempo que la pobre España -no hay ninguna rica- está vertebrada, digan lo que digan, por los bares. Sin los bares, resultan nuestras calles, como nuestras plazas, abandonadas a su suerte, sin sentido más que un lugar de paso -ahora ni eso- o, quizá con algunas honrosas excepciones que aquí se soslayan, para escapar los vecinos corriendo a su casa como si lloviera.

 

Caminamos entre los blancos y los grises. Quizás deberíamos volver a los trenes arrastrados por máquinas de carbón, los pitidos y las columnas de humo recortando, uno tras otro, horizontes de penurias. Entonces se dormía en los trenes por el cansancio del viaje y por las pesadumbres de la vida, en los vagones, en medio de los bultos y los fardos y el humo de los cigarrillos, mezclados con la carbonilla y el frío que siempre venía de cara; ahora se ofrecían, de manera absurda y para un futuro eterno, delirante, pasajes para ricos y pobres deslumbrados, que iban, como sabemos ahora, deprisa a ninguna parte y, por presumir, a Madrid (concepto), que insiste en el disparate de querer ser todas las ciudades y todos los destinos, persistiendo en gobernar a los catalanes contra nuestra voluntad, entre difusos paisajes (paisaje y horizonte son sinónimos de futuro), sin saber que el futuro, eso que se encuentra al doblar la esquina, no existía, y que el único nombre que tiene el futuro, por no existir, es futuro.

Resulta que, para el futuro, por paradoja, como si diéramos la vuelta a un reloj de arena desconcertante, como en todas las crisis universales, esperamos ahora el pasado, como si no hubiera próxima estación a la que llegar, aunque sea con retraso, no sólo con desencanto, encogidos en una desesperanza generalizada, ya que -como si no supiéramos que las llamadas a la unidad, ante los infortunios como el actual, las hacen aquellos que quieren descaradamente apropiarse de los esfuerzos sociales para atribuirse el mérito- no dejan de decirnos que lo conseguiremos todo juntos, patrióticamente, por el orgullo de ser españoles, casi militarmente, ya que estamos en guerra o, al menos, utilizando términos bélicos, lo que tanto les gusta, unidos, habiendo desaparecido la individualidad y despreciando los caminos perdidos y, según evidencian, prescindibles, el entretenimiento de los burgueses aburridos o exaltados, la belleza que no ha creado la naturaleza: las artes, la cultura, estas cosas en que en aquel futuro perdido queríamos también para todos. Como si el destino de cada uno de nosotros fuera transferible a cualquiera y no fuera sólo nuestro. Quién quiere cuidar palomas mensajeras en la azotea si no tiene donde enviarlas! Pero, al mismo tiempo, ¡Cuando aprenderemos que estamos solos!

Sean pues las casas, por definición, un lugar donde esconderse de los miedos y de la intemperie; y los bares, la metáfora de la vida corriente, con sus ruidos de diario, todos diferentes, la ordinaria, sin heroicidades junto con extraordinarios actos de responsabilidad colectiva e individual, la honrada y respetable, de la vida vulgar, cobarde, con la tan querida rutina, sin órdenes ni alarmas.

Soltzhenitzin, en 'El Gulag', dice que cuando todo el mundo pase hambre, nos preguntaremos "¿Dónde ha ido a parar nuestro pan?", Y, tal vez, ya no habrá que preguntarse: ¿De qué soy culpable? (“¡Queda usted detenido!" – “¿Yo?", "¿Por qué?"; - “¡Ha dado usted positivo!" – “¿Yo?" "¿Por qué?"); tampoco, aunque ello obliga a la Historia: ¿De quién es la culpa? Ni siquiera cuando, como ahora mismo y para siempre, nosotros y las instituciones, todos, vivamos de limosna. Nada extraño hay en que la única discusión y lo único que importa es el reparto de las migajas, desconfiados, compartir en una sociedad de pobres, desde arrogantes instituciones sin prestigio, la miseria y la tristeza: "Es un hambre extraña cuando no hay guerra ni sequía". Como es extraña la perseverancia en buscar una relación moral entre un acto que no existe y sus consecuencias, salvo, como siempre pasa, falseando la verdad para encontrar una justificación a la culpa, que desaparece a los ojos de la gente quedando la individualidad desamparada entre las patas de los caballos, y el individuo arrastrado sin defensa (“¡Tiene usted que acompañarnos!" – “¡Yo no he hecho nada!" "¿Por qué me detienen?" – “¡Esto ya se lo explicarán más tarde!" "¡Obedezca!")

 

Es inadecuado querer para el presente el mismo pasado, ir del después al antes, o viceversa falseando la Historia, en ambos casos siempre por interés, como sea, siendo que el tiempo discurre en una sola dirección, el resto es memoria. Que a una sociedad con magníficos colectivos y agrupaciones no la conviertan -incluso a la espléndida gente y precisamente por ella -en un rebaño de ovejas (amén). Resulta singular -no sea entre nuestros balidos- que desde el supuesto progreso, desde el futuro, se quiera volver al pasado y volver a empezar, favorablemente ahora, conociendo lo que vendrá, si fuera necesario con rogativas, hechos milagrosos, oficios, liturgias y procesiones, que todo llegará, o lo que viene, que será lo mismo si no hemos ya llegado, desde la supuesta izquierda social y política o desde la derecha, sea más o menos repugnante, siendo todo lo mismo, ya que todo tiene paralelismos y simetrías, es decir, la mentira a granel está en todas partes. Siendo cierto y sorprendente que el mundo no se ha acabado nunca a pesar de los augurios y las infinitas posibilidades que se hubieran acabado los días, incluido el azar, con o sin innecesario juicio, porque ya sabemos que, en todos los juicios, sin error de percepción, indefectiblemente y para su indecencia, el único culpable es el juez.

Tengamos cuidado, ahora más que nunca ya que, sobre todo, frente a graves alteraciones, para nuestro bien, a los líderes, incluso los padres de familia también lo hacen, y las madres, claro, nos aleccionan tanto unos a todos, y los padres lo hacen con los hijos, sobre lo que es correcto y conviene que en vez de sociedad plural y de una familia con hijos libres que entienden su propia realidad, lo que hacen es, en muchos casos, convertirnos a todos en una secta adiestrada que, aun aceptando su buena fe (que ya es de algunos aceptar), al final resulten (consiguen) aquellos balidos del rebaño que muchas veces son directamente silenciados (a pesar de ser sencillos balidos), y otros voluntariamente silenciosos. Y lo peor, muchos con el cerebro lavado, ya no tienen nada que decir, ni un balido.

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