Desde el otro lado

19 Noviembre 2017 135 votos

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Llevo días empapándome de comentarios y opiniones sobre las violaciones múltiples cometidas por esa recua de salvajes de la peor especie. Mis palabras no van a aportar nada relevante que merezca destacarse sobre lo que ya se ha dicho; de lo que han dicho ellas en su juicio descarnado y sincero, sin prestar la mínima atención a las dudas, a las consideraciones que trataban de quitar hierro y gravedad a lo ocurrido, y he presenciado su lucidez al responder cuando alguien trataba el asunto intentando desviar la responsabilidad, cómo ellas mismas sentían en sus carnes el dolor de la víctima cuando rebatían con serenidad o vehemencia las opiniones que discurrían en la ambigüedad y la estulticia.

 

He querido escribir estas líneas, que no pueden ser sino de condena y proximidad para con todas las mujeres que han sido y son, de un modo u otro, agredidas, vejadas, insultadas, agraviadas, difamadas, importunadas, o, sencillamente molestadas; solo por ser mujeres, sean o no los actos merecedores de pública condena, protagonizados en el entorno familiar, por un conocido, o por un desconocido con el que tuvieron la mala fortuna de toparse.

He recordado otra vez sobre el momento en el que mi hermana, siendo aún adolescente, tuvo que sortear a un agresor cuando se vio acorralada en una acera oculta a la vista por estar un camión aparcado al borde de la misma. También me viene a la memoria el exhibicionismo soez y las palabras proferidas por un espontáneo a mi mujer mientras daba un paseo por el campo, o la angustia que una amiga sufría cuando iba al trabajo por el hostigamiento de un sujeto que comenzó dirigiéndole unos piropos y continuó con las mayores e impronunciables obscenidades dichas en una proximidad cada vez más desafiante. Pero, sobre todo recuerdo que ni mi hermana, ni mi mujer, ni mi amiga, me dijeron nunca quién era el asaltante, porque no solo callaron su mal trago, su miedo, su consciencia de indefensión ante las agresiones, a que se repitieran o se agudizasen, sino que, además, no lo confesaron hasta mucho más tarde, y no pude arrancarles quién fue el canalla cuando insistentemente les preguntaba. Nunca me lo dijeron, temiendo quizás por mi reacción, por lo que pudiera pasar. ¿Puede haber una actitud más noble, más desinteresada, más sufrida? Así que, es posible que me haya estado tomando unas cervezas con algún sujeto al que hubiese querido echármelo a la cara. Y, sabemos que estos no son solo unos hechos aislados porque, cada vez que el tema sale a colación, es extraño que una mujer no tenga un episodio desagradable que olvidar. Por ello perdí los papeles cuando, haciendo el servicio militar (seré breve) apunté con mi Cetme en el estómago de un reo que me provocó y al que custodiaba, acusado por la violación de una menor, derrumbándose en el suelo al ver mi ira y escuchar mis insultos.

Por eso, en este momento en el que estamos conmocionados, no tengo interés en el derecho a la defensa o la presunción de inocencia de los culpables, ni siquiera en papel protagonizado por el abogado defensor, en la lacónica y desesperada protección de sus representados haciendo alusión a los juicios mediáticos paralelos. No me interesan los prolegómenos porque el caso ha excedido su propio ámbito situándose en un plano distinto, más elevado, y, del mismo modo que el asesinato de Miguel Ángel Blanco supuso un antes y un después en la condena del terrorismo de ETA, este acontecimiento está llamado a protagonizar la síntesis en la condena de los actos violentos hacia las mujeres, simbolizados en el de estos cinco malnacidos que nunca tuvieron la mínima sensibilidad y empatía hacia una chica indefensa de dieciocho años.

Esto no quiere decir que antes la mayoría de personas no detestase este tipo de acciones, pero, si de verdad convivimos en una sociedad con una sombra de humanidad, tenemos que condenar de un modo mucho más firme este tipo de actos, una y mil veces, y necesitamos desprendernos definitivamente de las construcciones fruto de los prejuicios, de arbitrariedades de malévola sospecha, de juzgar una forma de vestir de ser o de llamar la atención, a veces aludida incluso por los que tienen la facultad de decidir, de sentenciar. Y ni siquiera voy a entrar ahora en los antecedentes o en lo que el juez instructor del caso admita porque, con sinceridad, tampoco me interesa, porque solo puede haber una sentencia y es la de una condena sin paliativos, porque todos, hombres y mujeres, estamos del mismo lado, a pesar de lo que diga el título de estas líneas, de esta cólera que hoy me resulta difícil contener  y fluye sin dueño, y por la que pido disculpas.

Antonio Pérez Gallego

Madrid

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