Como las canciones machaconas del verano, que propagan una y otra vez el estribillo pegadizo, a través de diversos medios, y muy especialmente en las redes sociales, se difunden mensajes petardistas referidos a las percepciones de los políticos actuales, en alusión a sus salarios y no en relación con su percepción del sentir popular. En ellos, se divulgan opiniones de todos los gustos y colores, sin tener en cuenta, en la mayoría de las ocasiones, las funciones desempeñadas o las disposiciones legales que afectan a este asunto.

 

En parte, puede ser debido a que España es un país de historias triunfalistas, pero que carece de una verdadera Historia, por no ser completa, objetiva y plural, que nos ayude a comprender errores anteriores para mejorar el futuro. Cuestión propicia para generar cegatos que encumbran tuertos y solo perciben y airean en su limitación la paja en el ojo ajeno y callan la viga en el propio, que suele pasar desapercibida por vivir en un limbo paralelo a la vida real.

Muchos de ellos opinan de todo y se creen historiadores, pero no tienen en cuenta las palabras de Cervantes, que no está de más recordarlas: "habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir".

Se suele apostillar que estos males, honorarios no honoríficos, solo ocurren en la España actual, agudizándose con motivo de las repetidas elecciones habidas, sin tener en cuenta otras etapas históricas, como, por ejemplo, la Década Moderada, otro de los eufemismos que edulcoran la Historia de este país, pues fueron once años tras la regencia de Espartero y no se puede considerar como moderada, sino todo lo contrario.

Al final de esta etapa, en la que se sucedieron veinte gobiernos si no he contado mal con tanto enmarañamiento, el periódico madrileño "La Nación" ofrecía el 25/4/1854 una información, en la creencia que podía agradar a sus lectores, acerca de los ministros que habían ejercido en aquellos años.

Nombraba a los 103 ex-ministros que habían desempeñado funciones hasta esa fecha, entre los que figuraba el ilustre y querido vivariense Nicomedes-Pastor Díaz, que ejerció unos meses de 1847, desde el 28 de marzo al 31 de agosto, como Ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas en el gabinete de su buen amigo Pacheco.

Asimismo, el periódico precisaba que entre los ex-ministros había 33 militares que cobran el sueldo de cuartel, igual por lo menos al de la cesantía, estando 9 de ellos tan solo empleados en aquellos momentos. Del resto de los ex-ministros citaba a los 13 que también estaban empleados y detallaba otros casos, como, por ejemplo, que dos personas desempeñaban empleos compatibles con la cesantía de ministros, uno como intendente de palacio y otro como gobernador del Banco de San Fernando.

Para el periódico, cobraban la cesantía de ministro 53 individuos, por lo que, al percibir una cantidad mínima anual de 30.000 reales, el presupuesto del Estado se gravaba en 1.620.000 reales, cifra que podía ascender si se tenía en cuenta que la cesantía mejoraba a 40.000 reales tras 20 años de antigüedad.

La importancia de estas cantidades en aquella época queda patente si se tiene en cuenta que los obreros podían cobrar de cinco a diez reales por su trabajo diario en el mejor de los casos, ya que la crisis generalizada en todos los sectores provocada por el Partido Moderado en el poder produjo un paro sin precedentes, dando paso a la conocida como Revolución de 1854.

 

Julio F-Sanguino

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