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Gran Bretaña empieza a reponerse del “shock” y del desconcierto que ha provocado la decisión del pueblo británico de abandonar la UE. Dando una muestra más de irresponsabilidad, David Cameron decidió tras su fiasco quedarse como los malos estudiantes para Septiembre, dimitiendo en diferido y concediéndose unas inmerecidas vacaciones aún asentado en la poltrona del poder y dedicado al “dolce fare niente”. El Partido Conservador se le ha subido a las barbas y le ha forzado a una retirada inmediata. Con el nombramiento de Theresa May como Primera Ministra se ha normalizado la situación política interna del país y del Partido  –mientras continúa la crisis en el Laborista- y el Gobierno dirige sus primeros pasos no necesariamente en la correcta y deseable dirección. Pese a su escaso entusiasmo por la UE, por la entonces Ministra del Interior -a diferencia de muchos de sus colegas- se pronunció por la permanencia por lealtad  a  Cameron y a la política de su Gobierno –lo que le honra-, pero con la boca pequeña y con bajo perfil. Ahora ha dejado asomar la patita euroescéptica y afirmado categóricamente que “Brexit es Brexit”, que no cabe vuelta atrás y que va a poner todo su empeño para que sea un éxito. El pueblo británico votó salir de la UE -51.9% frente a 49.1%-. y “eso es una obligación para el Parlamento y el Gobierno”  y “no se admitirá ningún intento de quedar en la Unión por la puerta de atrás”. Hay que respetar esa voluntad libremente expresada, por lo que no intentará continuar en la Unión, ni convocará un segundo referéndum o elecciones anticipadas.

¿Desea realmente el pueblo británico la retirada del Reino Unido de la UE?

 Cabe preguntarse si el pueblo británico desea realmente la salida de la UE. Tal no es el caso de Escocia -38%- ni de  Irlanda del Norte -44.2%- , pero ni siquiera de Inglaterra ni de Gales, pese a haberse pronunciado en su favor por un 53.4% y 52.2% respectivamente. Se ha producido una concatenación de concausas equivalentes que han condicionado la decisión: escasa información, mentiras conscientes y promesas irrealizables de los pro-Brexit –reconocidas con desfachatez el día después-, sensacionalismo y parcialidad de la mayoría de los medios de comunicación, hartazgo y protesta contra el Gobierno de Cameron –que carecía de credibilidad al defender en poco espacio de tiempo la conveniencia de la salida y de la permanencia-, la crisis socio-económica, la impopularidad de la UE identificada con la burocracia de Bruselas, escasa participación de los jóvenes -37%, pese a que un 75% de los que votaron se inclinaron por la continuidad-, activismo del sector euroescéptico del Partido Conservador frente a la desmovilización de su sector pro-Europeo –incluido Cameron- y del Partido Laborista y de su líder Jeremy Corbyn, inconsciencia sobre las consecuencias del Brexit, creencia de que no prosperaría la tesis abandonista…Buena parte del pueblo se ha visto sorprendido y muchos de que los votaron a favor de la salida o se abstuvieron piden ahora que se les dé una segunda oportunidad para reconsiderar su voto, como ya se hizo en Irlanda y en Dinamarca. Es significativo que más de cuatro millones de ciudadanos hayan presentado una solicitud al respecto, que se hayan producidos espontáneas y masivas manifestaciones de protesta en la principales ciudades británicas y que haya aparecido de la nada un semanario titulado “El nuevo Europeo”. Sería un acto de sensatez y espíritu democrático permitir que el pueblo pudiera expresarse de nuevo con pleno conocimiento de causa, pues en el anterior referéndum no era, en su inmensa mayoría, consciente de las consecuencias de su decisión Confiando injustificadamente en que lo ganaría, Cameron no se preocupó de regular debidamente su celebración, ni de requerir una mayoría cualificada como en los casos de Québec o Montenegro. Si May se obstinara en no repetir la consulta, lo menos que podría hacer es celebrar unas elecciones anticipadas para aclarar la situación, ya que carece de la legitimación democrática de las urnas. Equivaldría a un segundo referéndum del que podría salir un Parlamento –y eventualmente un Gobierno- comprometido con mantener la integridad de la UE. No creo que May lo haga por temor a perderlas, pese a que las circunstancias de la actual crisis de liderazgo del laborismo la favorezcan.

¿Se puede aplazar “sine die” la salida de la UE?

 Son muchos los que -como el ex-Ministro laborista para Europa, Denis MacShane- creen que “la batalla del Brexit no ha concluido” y que la decisión de abandonar la UE podría ser reversible. Según Andrés Ortega, el “arrepentexit” podría provocar que no llegara a producirse, dado el carácter meramente consultivo del referéndum y las omnímodas competencias del Parlamento de Westminster. El hispano-británico Felipe Fernández-Armesto ha escrito en “El Mundo” un artículo titulado “Reino Unido no saldrá de la UE”, en el que afirma que existen razones políticas, constitucionales y económicas para pensar que, a pesar de todo lo dicho y hecho, el Brexit no se realizará. En la actualidad no existe una mayoría en el Reino Unido que quiera salir de la UE –sólo votó a favor poco más de une tercio del electorado- y “estamos presenciando un espectáculo de repugnancia pública y bastante generalizada contra la idea”.  Será imposible implementar un Brexit satisfactorio para constituyentes enormemente potentes como los escoceses, los norirlandeses, los londinenses y los jóvenes, y un partido que quiera mantenerse en el poder tendrá que cortejar a estos sectores. Si enajena a los jóvenes, las expectativas de los Conservadores en elecciones futuras se verán comprometidas. Según la normativa británica, el referéndum es una consulta sin autoridad plebiscitaria y aquélla ofrece un laberinto de callejones sin salida y dispone de una maquinaria complejísima de tácticas dilatorias, y la forma más fatal de denegar es demorar. Los problemas económicos son insuperables. Las posibilidades de lograr un acuerdo que no garantice la permanencia del mercado de trabajo son escasas, pues el libre acceso al comercio entre Gran Bretaña y el resto de la UE está condicionado a la libertad de movimiento de nacionales de los Estados miembros. Existen otros problemas constitucionales como el de si bastaría la voluntad del Parlamento británico para autorizar la salida o habría que contar también con el voto favorable de los Parlamentos de Escocia, Gales e Irlanda del Norte. En caso de negativa de éstos, se produciría un conflicto constitucional de competencias que tendría que ser dilucidado por las instancias judiciales. La marcha triunfal hacia el Brexit  se presenta, por tanto, problemática. Como ha observado Ignacio Molina, Escocia e Irlanda del Norte pueden plantearse hasta qué punto les conviene seguir unidos a una Gran Bretaña introvertida y separada de la UE. May es consciente del peligro y ha realizado su primer viaje oficial a Edimburgo, donde se ha entrevista con la Primera Ministra escocesa ,Nicola Sturgeon, a la que ha tratado de tranquilizar diciéndole que no invocará el artículo 50 del Tratado de Lisboa de 2007 -que inicia el proceso de separación- mientras no se haya acordado un amplio “approach” a nivel del Reino Unido y los objetivos para la negociación. Sturgeon le ha advertido que, caso de producirse la salida, Escocia plantearía la celebración de un segundo referéndum sobre su independencia.

Nombramiento de Johnson como Ministro de Asuntos Exteriores: “Sorry, World!”

 La Primera Ministra ha tirado con decisión por la calle de en medio. Para pacificar su Partido y en detrimento de los intereses generales del país, ha formado un Gobierno compuesto mayoritariamente de partidarios del Brexit, en el que desatacan  los nombramientos de Boris Johnson como Ministro de Asuntos Exteriores y de dos notorios escoltas eurófobos: David Davis como Secretario de Estado Encargado de la Salida de Europa y Liam Fox como Ministro de Comercio Exterior. Como ha editorializado “The Guardian”, semejante decisión puede que haya tranquilizado domésticamente al país, pero ha enervado al resto del mundo. Jonhson tiene un marcado perfil internacional, que no es precisamente bueno. Según Sonia Purnell, nunca habíamos necesitado tanto de la diplomacia y, en su lugar, tenemos como imagen pública del Reino Unido a una persona que ha insultado a los líderes mundiales e incluso a los continentes y a los pueblos. Con su habitual desparpajo, rayano con la grosería, el ex-Alcalde de Londres ha llamado a Barack Obama “medio kenyano”, hipócrita  y “ancestral menospreciador del Imperio Británico”, y a su posible sucesora, Hillary Clinton, “sádica enfermera de un manicomio”. Publicó unos versos satíricos en “The Spectator” sobre la relación del Presidente de Turquía, Tayip Erdogan, con una cabra.  Ha culpado a África del embrollo en que se encuentra tras la descolonización, porque el problema “no es que estuviera a nuestro cargo, sino que haya dejado de estarlo”. Ha calificado a los africanos de “piccaninnies con sonrisa de sandía” y a los naturales de Papua de “caníbales”. Éstos son  sólo unos de tantos de sus exabruptos y ocurrencias. Es una persona inteligente y cultivada, pero le pierde su egolatría, su exhibicionismo y su vocación de “enfant terrible”, siempre dispuesto a “épater les gens” y a proferir “boutades” más o menos ingeniosas, pero siempre hirientes. Según Johnatan Freedland, con Johnson al cargo de la diplomacia, Gran Bretaña ha insultado al mundo y May no podía haber hecho peor elección, salvo el nombramiento de Nigel Farage. Con el proverbial sentido del humor británico, un espontáneo ha colgado en su casa un cartel que, en el mejor estilo de Mafalda, dice: “Sorry .World!”.

Animadversión manifiesta de Johnson a la UE

 Pero donde Johnson ha dado el do de pecho ha sido en sus obsesivos desvaríos sobre la UE desde sus años mozos de corresponsal del “Daily Telegraph” en Bruselas. Como comentó el a la sazón Secretario de Estado para Europa, Douglas Hurd, sus reportajes inexactos e incendiarios dificultaron enormemente su labor. Con su ligereza en la manipulación de los hechos, su invención de historias descalificadoras y la creación de euro-mitos para desprestigiar a la UE  fomentó el europescepticismo en Gran Bretaña. Llegó a comparar el proyecto de la Unión con los planes de “Napoleón, Hitler y otros”, que siempre habían terminado de un modo trágico. Perseguía el mismo objetivo del dictador nazi de unificación autoritaria de Europa, sólo que con diferentes métodos. Se opuso al derecho de los europeos a vivir y a trabajar en el Reino Unido y mantuvo que el país debería “asumir el control de aspectos vitales”, como la seguridad social y la política de inmigración.  Criticó el nombramiento de Jean-Claude Juncker, del que dijo que no tenía cualificación alguna y procedía de un país tan insignificante como Luxemburgo. Ha sido el principal líder de la campaña en pro de la salida y durante la misma recurrió a toda clase de falacias, mentiras y manipulaciones, como las promesas de transferir mensualmente al Servicio de Sanidad Pública los 350 millones de libras que dejaría de pagar a la UE y de reducir la inmigración a un máximo de 100.000 personas al año, o el anuncio de la inminentes llegada las costas británica de millones de inmigrantes turcos. Este prototipo del anti-diplomático  –que en un momento de lucidez reconoció que el portazo a la UE no resolvería los problemas del Reino Unido- ha sido la persona elegida por Theresa May  para representar a su país en la escena internacional. Se ha dicho que se trata de una posición meramente simbólica, ya que el poder real va a estar en las manos de Davis y de Fox, pero los símbolos son muy importantes y la Primera Ministra lo ha situado como el fulcro de las relaciones con sus aún socios en la Unión. Su decisión ha constituido más una declaración de guerra que un mensaje de paz y de buena voluntad encaminado a alcanzar un divorcio amistoso y a lograr un acuerdo mutuamente conveniente. La UE y sus Estados miembros se han quedado pasmados ante semejante nombramiento y, pese a la discreción diplomática, el personaje ha sido calificado de no ser “claro, fiable o creíble” (Jean-Marc Ayreault)  o de llevar a cabo una “conducta espantosa”  (Frank Steinmeier), y su nombramiento de “escenario de horror” o de “ultrajante” ((Jean-Claude Juncker). May es muy libre de nombrar a quien estime conveniente, pero –como ha señalado “El Mundo”- su decisión es tan irresponsable como provocadora. Johnson es un embustero, un bufón y un traidor, amén de ser el epítome de la eurofobia, lo que le incapacita para ser un interlocutor válido. Se ha insinuado que May –que no da puntada sin hilo- lo ha nombrado para que le sirva de pararrayos ante las críticas de los aeuroescépticos y de chivo expiatorio ante posibles fiascos en la negociación. ¿Qué pasaría  si se llegara a un acuerdo para Gran Bretaña se mantuviera en el mercado único que no fuera plenamente satisfactoriopara ella?. El tal caso, el esforzado paladín tendría que salir a la palestra y alegar que “it is the best deal for the United Kingdon” (“es el mejor acuerdo posible para el Reino Unido”).  Theresa May, como San Pablo,  parece haberse caído del caballo y cambiado de opinión sobre las cualidades negociadoras de  su hombre-imagen, del que no ha mucho dijo con sorna que, siendo Alcalde de Londres, fue a negociar a Europa y regresó  triunfante con tres cañones de agua. Albergo la duda de si May, haciendo honor a su apellido, es una “posibilista”  o una  Maquiavelo con faldas. Por lo pronto, ya ha enseñado las uñas y, ante el comentario de su correligionario europeísta Kenneth Clark de que era una “mujer tremendamente difícil”- ha comentado de forma clulesca que “el primero que va a saber que soy una mujer tremendamente difícil va a ser Juncker”.

El eurófobo David Davis principal negociador con la UE

 El principal negociador  designado por May –aunque bajo la férula teórica de Johnson- es otro euroescéptico convicto y confeso, que ya fue Secretario de Estado para Europa con John Major y alentó y pastoreó las precipitadas ampliaciones del la UE hacia el Este. Curiosamente –y siguiendo con estos peculiares “juegos de tronos” y dramones shakesperianos- David  Davis denunció a su actual Presidenta ante la Corte Europea de Justicia por considerar ilegales las medidas de seguridad adoptadas durante su mandato como Ministra del Interior. Ya ha afirmado que no invocará el artículo 50 antes de principios de 2017, pues tiene que hacer antes una serie de consultas. Su intención es negociar directamente con los Estados miembros –especialmente con Alemania y Francia, que además estarán sumidas en procesos electorales-, en vez de con la Comisión Europea, ignorando que es ésta la que tiene la competencia exclusiva en materia de mercado interior y la capacidad para negociar tratados internacionales con terceros. Con el argumento avanzado en el “Daily Telegraph” de que ¿por qué los Estados miembros van a establecer barreras y tarifas que perjudiquen su comercio con Gran Bretaña en vez de buscar un acuerdo conveniente para las dos partes?.  Hay que mantener el libre comercio y optar por los programas que interesen al Reino Unido y abandonar los que le perjudiquen –como la libertad de movimiento de personas- y prescindir de la burocracia de Bruselas; es decir, configurar una UE “a la carta británica” con las ventajas de que ahora goza, pero sin los inconvenientes que lleva aparejados su pertenencia a la Unión. La Comisión Europea  y los Estados miembros no deben caer en esa trampa y han de negociar unida y cohesionadamente, sin hacer concesiones injustificadas. Me temo que esto no sea del todo posible pues Gran Bretaña cuenta con muchos submarinos pro-británicos que nevagen por las aguas comunitarias. El Presidente del Parlamento Europeo, Martin Schültz, ha declarado obsequiosamente que “las conversaciones deben comenzar sin rencor y el Reino Unido ser tratado, no como un desertor, sino como un miembro de la familia que ha decidido ir en otra dirección”. No parece que May emita en la misma longitud de onda, como ha puesto de manifiesto con sus nombramientos.  La UE deberá pasar factura al Reino Unido por su arrogancia, su mala fe y su egoísmo, que tantos perjuicios ha causado y seguirá causando a la Unión. Además ha de actuar de forma rápida y no permitir la “procrastination” británica, pues la inacción y la incertidumbre son muy perjudiciales para la UE y para la propia Gran Bretaña. Como ha señalado el Ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Marc  Ayreault, no podemos permitir que la actual situación de ambigüedad se arrastre por más tiempo.

Globalización y empequeñecimiento de Gran Bretaña

Antaño, la globalización se confundía con el Imperio Británico, que de ella se aprovechaba, pero ahora , el Reino Unido es una víctima más de la misma y difícilmente podrá luchar contra ella sin la colaboración de los demás Estados miembros de la UE, pero, en su soberbia y autocimplacencia, se niega a aceptarlo. Los partidarios del Brexit han olvidado que –como ha observado Heny Kamen- Gran Bretaña ha dejado de ser una isla, ya que está unida a Europa por todos los medios posibles. Viene a mi mente la parábola de San Agustín relativa al niño que, en la arena de la playa, pretendía hacer un agujero para guardar en él las aguas del mar, pero no lograba su objetivo. Salvando las obvias distancias, la UE no se puede guardar en el hoyo del Reino Unido, antes al contrario, y  la Bretaña que solía mandar sobre las olas del mar corre el peligro de dejar de ser Grande y convertirse en  Pequeña. Concluía un artículo anterior sobre el Brexit citando la famosa frase del Cónsul Escipio “¡Roma no paga traidores”!. En el caso de Boris Jonhson, parece ser que la Britania de Theresa May sí lo hace.

por Jose Antonio de Yturriaga

Madrid, 18 de Julio de 2016

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