EL ESTADO ISLÁMICO, TAN LEJOS Y TAN CERCA

16 Noviembre 2015 1013 votos

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José Antonio de Yturriaga Barberán

Embajador de España

Introducción

 estadoislamico

            El 11 de Septiembre de 2001, unos comandos del movimiento yihadista “Al-Qaeda”, liderado por Bin Laden, atacaron y destruyeron, ante la sorpresa y estupefacción mundial, las Torres Gemelas de Nueva York, y bombardearon el Pentágono, “sancta sanctorum” de la soberania de Estados Unidos. Hasta entonces, los Estados tenían que defenderse de otros Estados o de movimientos revolucionarios o de liberación, pero ahora el enemigo se ha diluido en el difuso ectoplasma de Al-Qaeda, que, a su vez, se ha multiplicado mediante franquicias y filiales que actúan por su cuenta. El 11 de Marzo de 2004, islamistas radicales inspirados por Al-Qaeda colocaron bombas en varios trenes que se dirigían a Madrid y causaron la muerte de 197 personas.

En 2014, un grupo de yihadista prácticamente desconocido, dirigido por Abu Bakr al-Bagdadi, creó el Estado Islámico de Irak para reagrupar a los militantes sunitas iraquíes descontentos con el Gobierno del chiita Nuri al-Maliki, y a él se incorporaron islamistas radicales procedentes de todo el orbe. Aprovechándose del caos existente con motivo de la guerra civil en Siria, extendió sus actividades terroristas a este país y

pasó a denominarse “Estado Islámico de Irak y Levante”. Se apoderó de casi un tercio de los territorios de Siria y de Irak, y conquistó Mosul, donde Bagdadi proclamó el Califato del Estado Islámico –EI o Daesh, en su versión árabe-. Extendió su actividad terrorista más allá de los territorios ocupados a través de grupos de fanáticos, más o menos organizados, y de individuos que operan a su aire, los “lobos solitarios”. Así, el 26 de Junio de 2015 realizó de forma simultánea un triple atentado contra unos turistas en Túnez, una mezquita chiita en Kuwait y un empresario en Francia. Los objetivos perseguidos por la barbarie yihadista del Califato no eran fruto del azar, sino que obedecían a una bien planeada estrategia: poner contra las cuerdas la vía democrática iniciada por Túnez tras la “primavera árabe”, incitar a la confrontación sectaria en un conservador Estado sunita del Golfo Arábigo-Pérsico, y dar un toque de atención a un país occidental que se había sumado activamente a la guerra contra el EI. A principios de año Francia había sido atacada con el asalto de los hermanos Kouachi al semanario satírico “Charlie Hebdo”, reivindicado por la rama yemenita de Al-Qaeda como venganza por la publicación de unas caricaturas de Mahoma, que causó 12 muertos. La presión sobre Francia ha alcanzado su punto culminante con la masacre cometida el 13 de Noviembre, en que tres comandos del EI atentaron de forma simultánea y coordinada contra varios objetivos civiles en París, especialmente la sala de espectáculos “Bataclan”, causando 129 muertos y más de 350 heridos, 99 de los cuales se encuentran en estado crítico. En un comunicado en el que reivindicaba la autoría, el Daesh ha amenazado con que sólo se trata del principio de la tempestad que asolará a Francia. Por el número de víctimas, el magnicidio es comparable con los atentados de Madrid.

También ha llegado hasta España la nefasta influencia del EI, como muestran la detención el 19 de Octubre en Barajas de una joven almonteña de 22 años, que trataba de viajar a Siria para incorporarse a la guerrilla yihadista, y el 6 de Noviembre en Málaga de otra joven de 26 años con similares pretensiones, así como de otros presuntos yihadistas. Se han producido seis detenciones en una semana y, en lo que va de año, la policía ha arrestado a 63 militantes vinculados con el Daesh. Aunque compuesto fundamentalmente por sunitas, el EI persigue por igual a los chiitas y a los sunitas que no concuerdan con él, y alienta las disputas entre las dos ramas del Islam para reforzar su implantación mediante el terror.

Diferencias entre sunitas y chiitas

Alí –yerno de Mahoma- accedió al Califato en 656, pero murió cinco años más tarde en Kufa durante una sublevación liderada por el Gobernador omeya de Siria Muawiya. Le sucedió su hijo Husein, que fue asimismo asesinado en 680 por Yazid en la batalla de Kérbala, ciudad santa donde reposan sus restos. Su martirio –que se conmemora cada año en la festividad de la Ashura- provocó un cisma en el Islam entre los seguidores de Husein –chiitas- y los partidarios del Califa Yazid –sunitas-. Aunque ambas corrientes acepten los principios básicos de la religión musulmana, hay entre ellas algunas diferencias. Ilya U. Topper niega que existan diferencias teológicas, ya que comparten el mismo Dios, se rigen por los dictados del Corán y comparten el fundamentalismo, la teocracia, la religión, la Sharía, las mezquitas, la concepción misógina de la mujer y la oposición radical al “infiel”. Sólo queda optar entre el chador iraní o el burka saudita. No comparto esta visión simplista, pues, aunque pocas, hay algunas diferencias, como el aspecto más sacrificial de la rama chiita –que se pone de manifiesto en la citada fiesta de la “Ashura”- o el hecho de que el chiísmo cuente con una jerarquía de la que carece el sunismo. La falta en él de una autoridad mundial y de una jerarquía institucionalizada ha facilitado la proliferación de imames y “mullahs” insuficientemente preparados, que interpretan a su antojo el Corán, inducen a la violencia y lanzan “fatwas” en las que condenan a muerte a infieles, como en el caso de Salman Rushdie por sus “Versos satánicos”. Para Idris Tawfiq, la ausencia de autoridad religiosa ha alentado la radicalización de los musulmanes, que escuchan las prédicas de líderes y grupos que aseguran hablar en nombre del Islam y no tienen nada que ver con la auténtica religión. Los seducen con la idea de hacer algo grandioso y les ofrecen un relato atractivo que el islamismo moderado es incapaz de proporcionarles. Los “lobos solitarios” son fruto de la frustración que sufren los jóvenes y sólo desparecerá cuando la corriente mayoritaria les ofrezca un plan alternativo que les atraiga.

El chiísmo se expandió por todo Oriente Medio y se implantó con mayor fuerza en Irán, Irak, Siria, Líbano, Bahrein y Azerbaiyan. En la época de Saddam Husein, los chiitas suponían el 56% de los musulmanes, frente al 44% de los sunitas, pero eran éstos los que controlaban Irak. Lo contrario ocurría en Siria, donde la minoría alauita –una rama del chiísmo-, dirigida por Hafez al-Asad, ostentaba el poder. A diferencia del confesionalismo iraní, el Baaz era un partido laico que preconizaba la separación entre Iglesia y Estado, y el régimen iraquí permitía la libre práctica religiosa, siempre que no tuviera incidencias políticas. En Irak se encontraban los principales santuarios del chiísmo –Kerbala, Najef, Samarra y Khadimiya- y tan sólo el movimiento chiita Al Dawa, apoyado por Irán, luchaba abiertamente contra Saddam con métodos terroristas, incluido el uso, por primera vez, de coches-bomba. El Ayatollah Ruhollah Jomeini trató de exportar la concepción chiita en el Golfo, pero se topó con la oposición de Saddam, lo que provocó el conflicto irano-iraquí (1980-1987). Tan sólo tuvo éxito en Líbano, donde su apoyo a la milicia chiita de Hizbollah permitió la hegemonía de ésta y rompió el frágil equilibrio de encaje de bolillos establecido en el país a raíz de su independencia de Francia. Tras la II Guerra del Golfo (2003), Georges Bush Jr entregó el Gobierno de Irak al chiita radical líder de Al-Dawa, Nuri al-Maliki, quien arrojó a los sunitas a las tinieblas exteriores y provocó el conflicto entre las dos corrientes. El poco motivado ejército iraquí fue humillantemente vencido por las “brigadas internacionales” del EI, que ocuparon las principales ciudades de la zona sunita, incluida Mosul.

El levantamiento contra Bashar al-Asad iniciado por el laico Frente Sirio de Liberación- fue secuestrado por los grupos yihadistas de al-Qaeda y del EI, y ahora los aliados –que desean su relevo- no saben a quién apoyar y cómo hacerlo para que no se aprovechen los radicales. Irán respalda a Siria y se opone a la acción del EI tanto en este país como en Irak, pero tiene problemas políticos para colaborar con Estados Unidos a tales efectos. Su franquicia libanesa de Hizbollah ha intervenido militarmente en ayuda de Siria, lo que ha causado la extensión de la guerra civil al Líbano y la oposición de Turquía y de Arabia Saudita. Ésta, que teme la influencia negativa del EI en su territorio y la propia subsistencia de su monarquía, se ha unido de mala gana a la   Coalición Internacional. Tanto ella como Irán son contrarios al EI, pero no colaboran ni hacen nada para superar el enfrentamiento entre sunitas y chiitas, a lo que están obligados en su calidad de líderes respectivos de las dos ramas del Islam.

Las diferencias religiosas existentes entre ellas, sin embargo, no han impedido durante siglos una pacífica cohabitación que aún prevalece en la mayoría de los países musulmanes, pese a la incitación fraticida de los dirigentes políticos de las dos corrientes, Arabia Saudita e Irán. Las líneas religiosas y políticas se entrecruzan y confunden. Así, Irán apoya tanto a los chiitas de Hizbollah en Líbano, como a los sunitas de Hamad en Palestina, y Arabia Saudita colabora con el chiita Irak contra el sunita EI, que persigue por igual a los chiitas y a los sunitas que no comparten su concepción del mundo. Entre Arabia Saudita e Irán ha aparecido el EI que –según Haizam Amirah Fernández- ha utilizado estas diferencias como excusa para dividir a los musulmanes y afianzar su poder en medio del caos por él creado. Según Juan Ruiz de Azcárate, el fenómeno del terrorismo islamista viene marcado por la revolución islámica de Irán, que inspiró las bandas armadas de bandera chiita, y por la épica victoria de los yihadistas sobre las tropas soviéticas en Afganistán, que dio lugar al terrorismo de de influencia sunita y a sus manifestaciones político religiosas más extremistas: el Gobierno talibán y el Movimiento Yihadista Internacional, que engloba a Al-Qaeda y a toda la nebulosa de redes, grupos e individuos que comulgaron con la ideología y plan de acción propugnado por ella, incluido el EI.

Características del Estado Islámico

Inspirado en el wahabismo de Arabia Saudita, el EI ha hecho una interpretación extremista, intolerante y sectaria del Islam, que propaga con múltiples recursos y con la colaboración de los medios de comunicación y de las redes sociales, que difunden gratis sus salvajadas con el consiguiente efecto mimético. No difiere en lo esencial de la técnica de Al-Qaeda, de la que sólo le separa cuestiones de liderazgo y de “modus operandi”. El epicentro ideológico de las distintas ramas del yihadismo se halla en la Península Arábiga, cuyos regímenes llevan décadas arropando y financiando una versión ultrapuritana, intolerante y misógina del Islam, La monarquía saudita –tradicional aliada de Occidente- apoya política y financieramente los movimientos integristas radicales y ha exportado el fundamentalismo “wahabita” a Afganistán, Pakistán e Irak y a los países musulmanes de la antigua URSS. Facilita dinero y personal a sus escuelas coránicas –“madrasas”-, en las que se lava el cerebro a los alumnos, se les inculca el odio al cristianismo y a la cultura occidental, se promociona el fundamentalismo integrista, se relativiza el valor de la vida y se ensalza la inmolación suicida. Con la tolerancia de Estados Unidos y de las potencias occidentales, los países del Golfo han permitido la creación de monstruos que han crecido hasta quedar fuera del control de sus munidores contra los que se revuelven, dejando en el camino destrucción, odio y polarización. El Daesh pide ahora el derrocamiento de las dinastía de los Saud en Arabia Saudita y de los Al-Sabah en Kuwait, países predominantemente sunitas, aunque cuenten con importantes minorías chiitas, a las que el EI ataca para provocar una confrontación sectaria entre las dos comunidades. Se sirve como instrumento del llamamiento a la “yihad” contra los “infieles”, que son todos los que –cristianos, yazidis, chiitas o sunitas moderados- no piensen como él. En opinión de Enric González, la guerra contra el yihadismo del EI sólo podrá ser ganada si se suprime la mezcla tóxica de petrodólares y fundamentalismo que emana del Golfo.

Como ha observado el Ministro francés de Asuntos Exteriores, Laurent, Fabius, el EI no debería ser calificado con este nombre, porque ni es Estado, ni representa al Islam. Opera como un grupo paramilitar muy bien entrenado, pertrechado y organizado, que –pese a su reducido número- resulta tremendamente efectivo. Es sumamente radical en lo religioso, pues quiere imponer a sangre y fuego su versión extremista del Islam y la aplicación forzosa de la ley islámica (“Sharía”), para lo que utiliza la crueldad y el asesinato como instrumentos de acción política. No sólo realiza actos terroristas, sino que recurre al terror como principal medio de disuasión y de proselitismo. Ha logrado derrotar a las desorganizadas Fuerzas Armadas iraquíes –compuestas casi exclusivamente por soldados chiitas, escasamente motivados para defender tierras sunitas-, conquistado Mosul con pasmosa facilidad y amenazado a las capitales del Estado, Bagdad, y de la región de Kurdistán, Erbil. Sólo la oposición de los “peshmerga” -las milicias kurdas- y la intervención de la aviación estadounidense han impedido que se consumara la catástrofe. En los territorios ocupados en los dos países al-Baghdadi ha iniciado una campaña de terror, tanto colectivo –asesinatos masivos de los infieles que no se conviertan y de musulmanes chiitas y sunitas moderados-, como individual –degollaciones humillantes de los periodistas norteamericanos James Foley y Steven Sotloff, y del cooperante británico David Haines-. En el vídeo que publicitaba la decapitación de Haines, se podía escuchar la voz del verdugo que -en un impecable inglés londinense- recitaba:”Cameron, este británico paga el precio de tus promesas de armar a los peshmerga contra el EI”.

            El EI está compuesto por organizaciones terroristas, que invocan a Alá para justificar sus acciones y alegan que actúan en respuesta a la continua actitud prepotente del Occidente liderado por Estados Unidos. La llamada a la lucha del Islam contra los “cruzados” ha logrado aunar la voluntad de quienes tienen la sensación de abandono y desconsideración por parte de un mundo al que observan a través de las redes sociales y los medios de comunicación, pero al que no pueden acceder. A diferencia de Al-Qaeda, el EI ofrece la posibilidad de obtener ganancias físicas y materiales inmediatas en un entorno “estatal”. Además, sus éxitos militares, su resistencia directa y abierta ante los ataques de la Coalición Internacional, su agresiva campaña de propaganda, su capacidad financiera y el componente profético de su mensaje son factores que ofrecen a muchos musulmanes una opción especialmente atractiva para unirse a él. Nunca antes se había conformado un Estado yihadista en la vecindad europea, pero el EI ha demostrado que es posible controlar un territorio y establecer un Califato en el siglo XXI en Siria e Irak.

Urgente necesidad de luchar contra el Estado Islámico

            El EI ha llegado a extremos intolerables de crueldad y sadismo, ampliamente difundidos de forma obscena por Internet y las redes sociales. Esta situación resulta intolerable y la comunidad internacional tiene que reaccionar con determinación y firmeza. Como ha afirmado Pedro G. Cuartango, el EI defiende el terror para lograr sus fines y ha establecido un Califato para exportar la revolución a todo el mundo y -por cuestión de principios y de legítima defensa- “no hay otra opción que enfrentarse militarmente a estos bárbaros que pretenden acabar con nuestra cultura y valores mediante el terror”. Según Javier Rupérez, dado que el Daesh tiene una vocación destructiva terrible, no hay más solución que enfrentarse a él “con una acción contundente para decapitarlo literalmente”.

La infiltración yihadista es especialmente grave entre los jóvenes que viven en Occidente, que se han desarraigado de sus lugares de origen y no se han adaptado a las formas de vida de los países de acogida, incluso cuando han nacido y sido educado en ellos. Las políticas de multiculturalidad en Gran Bretaña, de integración forzada en Francia o de segregación razonable en Alemania han tenido escaso éxito, y los “musulmanes de tercera generación –aparentemente integrados en la sociedad- no encuentran su lugar en el sol y se radicalizan cada día más. Estos fundamentalistas insatisfechos constituyen un caldo de cultivo adecuado para el terrorismo y actúan como un caballo de Troya en las fortalezas de Occidente. Los “lobos solitarios” son difíciles de detectar y resulta casi imposible neutralizarlos si tienen vocación de mártires suicidas. Contra ellos, los dispositivos antiterroristas tradicionales carecen de eficacia.

Para hacerles frente, los Estados tienen que adoptar una política preventiva. Las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia deberán vigilar a los militantes islámicos que hayan participado en conflictos bélicos o pasado por campamentos de entrenamiento terrorista, seguir con atención las redes de Internet utilizadas para promover el fundamentalismo integrista y la lucha yihadista, y controlar las prédicas de los líderes religiosos que incitan a la violencia y al terrorismo. Hay que prestar especial atención a los captadores de mentes y voluntades, y tener tolerancia cero tanto con ellos como con los Estados que los apoyan.

España –país tolerante que no ha seguido una política predeterminada con respectos a los inmigrantes musulmanes- fue objeto en 2004 de un inexplicable e inexplicado ataque indiscriminado del sectarismo islámico fanatizado. Es objetivo declarado tanto de Al-Qaeda como del EI por la atracción que ejerce la aureola romántica de Al-Andalus, territorio que, al haber sido árabe y musulmán, se creen obligados a recuperar. Como ha señalado “El País” en un editorial reciente, guste o no guste, España se encuentra en el punto de mira del radicalismo islámico y es constantemente citada y amenazada en los comunicados del Daesh y otras organizaciones terroristas. Y no se trata de bravatas, como lo muestra la detención el 3 de Noviembre en Madrid de tres personas que se disponían a atentar de forma inminente, y de otras dos en Cornellá, por difundir material propagandístico del EI y facilitar el reclutamiento de voluntarios para combatir en Siria y en Irak, por lo que hay que ser conscientes de que nuestra sociedad puede verse golpeada por el terrorismo yihadista. El Califato se encuentra muy lejos, a miles de kilómetros de nuestras fronteras, pero también está muy cerca, ya que sus numerosos y fanatizados esbirros podrían actuar de forma letal contra nuestro país en cualquier momento.{jcomments on}

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