Hace varios días, Carles Puigdemont fue entrevistado amablemente en Bélgica por un reportero de la prensa catalana. El diálogo intercalado por preguntas cortas y respuestas extensas sirvió, principalmente, para que el que fue presidente de la Generalitat pudiera mostrar su postura actual en muchos temas relacionados con Cataluña.


Aunque Carles Puigdemont no varió de forma notable sus planteamientos sobre la secesión catalana, si que expuso algunas ideas novedosas. Un buen ejemplo es el de la Unión Europea, que, para él, es un club de países decadentes. Además, dijo que los catalanes deberían votar sobre la permanencia de Cataluña en la organización internacional. Después intentó rectificar, pero ya era demasiado tarde para intentar arreglar el lío.

Una idea debe estar clara. Parece un chiste de mal gusto que, tras defender que la escisión de Cataluña no perjudicará a sus habitantes en la medida en que no saldrían de la Unión Europea, ahora Carles Puigdemont considere que la Unión Europea es un club sin sentido en el que no se debe estar.

Con la entrevista, el presidente autonómico huido de los jueces y tribunales españoles ha aprovechado, realmente, para criticar a los Estados miembros por no defender la postura de Cataluña, sin perder toda la coherencia por defender que la salida de España no implicará la salida de la Unión Europea. Sin embargo, si que falta madurez en las palabras de Carles Puigdemont, que, uma vez más, crítica a aquellos que no le apoyan porque no le defienden como a él mismo le convenía.

Lo gracioso es que la Unión Europea se ha limitado a respetar la integridad territorial de España y a indicar las consecuencias de la independencia de Cataluña, que saldría de la organización con la secesión. No obstante, eso no le importa a Carles Puigdemont, que, mientras le resulte ventajoso, seguirá hablando de democracia cuando en realidad estará actuando como un tirano que solo escucha a aquellos que le dicen lo que él desea.

El artículo 2 del Tratado de la Unión Europea establece que “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías” y que “Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”. Leyendo ese precepto, Carles Puigdemont debería poder llegar a reflexionar, algún día, sobre su infantil comportamiento.

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