Sumido en las añoranzas de una juventud privilegiada, vivida en Paris en compañía de entrañables amigos como lo fueron Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, Uslar Pietri rememora el origen del término realismo mágico aplicado a la narrativa latinoamericana, esa otra manifestación de nuestro mestizaje cultural.

Sin embargo, para entender mejor lo que implica esta denominación, es menester recorrer y recordar con nuestro escritor la sorpresa que significó para el conquistador español la desmesura, la irrealidad, la fantasía implícita en esas Indias Occidentales, en este Nuevo Mundo, que, por accidente, azar, fortunas, vinieron a trastocar el imago mundi de unos europeos que tenían una concepción firme y sin sorpresas del ecumene: “América fue un hecho de extraordinaria novedad. Para advertirlo, basta leer el incrédulo asombro de los antiguos cronistas ante la desproporcionada magnitud del escenario geográfico. Frente aquel inmenso rebaño de cordilleras nevadas, ante los enormes ríos que les parecieron mares de agua dulce, ante las ilimitadas llanuras que hacían horizonte como el océano, en las impenetrables densidades selváticas en las que cabían todos los reinos de la cristiandad, se sintieron en presencia de otro mundo para el que no tenían parangón.”

Esta cita puede permitirnos entender con mayor propiedad el término realismo mágico, que, al decir del propio Uslar, fue acuñado por él mismo, rescatándolo “del oscuro caldo del subconsciente. Por el final de los años veinte yo había leído un breve estudio del crítico de arte alemán Franz Roh sobre la pintura postexpresionista europea, que llevaba el titulo de Realismo Mágico. Ya no me acordaba del lejano libro, pero algún oscuro mecanismo de la mente me lo hizo surgir espontáneamente en el momento en que trataba de buscar un nombre para aquella nueva forma de narrativa.”

De esta forma, el término realismo mágico comienza a ser utilizado por la crítica literaria para denominar una manera de narrar, una forma de transmitir una realidad real, valga la redundancia, que es en sí misma percibida, contada como si fuera mágica. Uslar asevera que en la narrativa latinoamericana, el realismo mágico “no es una fantasía superpuesta a la realidad, o sustituta de la realidad: (…) En los latinoamericanos se trataba de un realismo peculiar, no se abandonaba la realidad, no se prescindía de ella, no se la mezclaba con hechos y personificaciones mágicas, sino que se pretendía reflejar un fenómeno existente pero extraordinario…”

Realismo mágico, fiel expresión de un mestizaje cultural que como se narra en  la novela Cien Años de Soledad, es el producto de “un acertado empleo de diversos recursos de la literatura culta y popular y de un lenguaje intuitivo y evocador”, en la opinión del ya citado Joaquín Marco.

Disfrutemos de esta expresión del mestizaje cultural en la imaginación del propio García Márquez, quien incorpora a sus Cien Años de Soledad, imágenes y parajes de una América que sorprendería por igual a los españoles de la conquista y a nuestros contemporáneos: “…Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas difusas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombres, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo…”

Con acertada razón, Uslar Pietri insiste y confirma estas imágenes de García Márquez, en las que “el mundo criollo está lleno de magia en el sentido de lo inhabitual y lo extraño. La recuperación plena de esa realidad fue el hecho fundamental que le ha dado a la literatura hispanoamericana su originalidad y el reconocimiento mundial. Por mucho tiempo no hubo nombre para designar esa nueva manera creadora, se trató, no pocas veces, de asimilarla a alguna tendencia francesa o inglesa, pero, evidentemente, era otra cosa” (el surrealismo, acotamos nosotros).

En efecto, lo que pretendieron los escritores latinoamericanos con el realismo mágico “…era completamente distinto. No querían hacer juegos insólitos con los objetos y las palabras de la tribu, sino, por el contrario, revelar, descubrir, expresar en toda su plenitud inusitada esa realidad casi desconocida y casi alucinatoria que era la de América Latina para penetrar el gran misterio creador del mestizaje cultural.”

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