En estos tiempos que vivimos, cuando tanta información nos llega a través de las redes sociales y demás medios de comunicación, resulta sorprendente la elevada cantidad de mensajes y noticias falsas que circulan a través de esos medios.

 

Tanto es así, que si no se pusiera en tela de juicio la mayor parte de la información recibida, lo más probable es que termináramos desinformados, o informados en base a todo tipo de falacias, lo que viene a ser lo mismo.

Con frecuencia nos llegan mensajes con clara intencionalidad política, en un intento desleal por desacreditar al adversario ideológico; otros mensajes buscan sorprender o burlarse del prójimo mediante el engaño; algunos otros podrían resultar interesantes si fueran ciertos, pero en cuanto se comprueba su falta de veracidad, pasan a ser reprobables para quien los recibe. Y así sucesivamente.

¿Mentimos mucho los españoles o estamos en la media de lo que mienten el resto de europeos? Es una pregunta para la que no existe una respuesta fiable, pero para los abanderados de la coincidencia entre lo que se afirma y la realidad de los hechos referidos, la falta de veracidad en nuestra sociedad está demasiado presente.

Tan presente que, para asombro de todos, en algo tan serio como es el ordenamiento judicial español, está permitido mentir en defensa propia.

Lo que debiera constituir una agravante del delito enjuiciado que elevara la pena, puesto que a la constatación de haber delinquido se uniría la evidencia de querer eludir responsabilidades mediante el engaño, en la práctica judicial española mentir se considera como una especie de escapatoria por la que el reo, con algo de suerte, puede irse triunfante a pesar de la fechoría cometida. ¿No resulta grotesco?

La mentira, un ancestral mecanismo de supervivencia que busca situar al que miente en una posición favorable para sus propios intereses, cuando se practica de forma generalizada en una sociedad, habla del importante fallo que supone, tanto a nivel familiar como escolar, la incapacidad para inculcar a los ciudadanos la importancia de ser veraces en todo momento y desde la más temprana edad.

Un gran amigo, nonagenario y sabio, que tenía explicaciones para todo, opinaba que los españoles seguramente mentimos más que otros pueblos, debido a las numerosas invasiones que hemos sufrido a lo largo de la Historia.

Su argumentación era la siguiente: tras haber sufrido la península ibérica una primera invasión por parte de los cartagineses, con la excusa de recaudar fondos con los que pagar el tributo que les exigía Roma tras perder la Primera Guerra Púnica, y sufrir una segunda invasión, esta vez protagonizada por los romanos, que debieron combatir durante 200 años para someter a los peninsulares, concretamente desde el año 218 A.C. hasta el año 19 A.C., Hispania sufrió una tercera invasión tras la caída del imperio romano en el siglo V, perpetrada esta por los visigodos procedentes de Germania, que tres siglos después de haber instaurado una monarquía hereditaria, con capital en Toledo, fueron desplazados a su vez por nuevos invasores: los musulmanes.

Ocho siglos se tardó en desalojar al Islam de la Península Ibérica, ocho siglos de guerras, escaramuzas, pactos y difícil convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos, convivencia no tan idílica como determinados políticos nos quieren hacer creer.

Y a tan solo dos siglos de donde estamos, una última invasión, la quinta, que terminó con la expulsión del Ejército Francés del suelo patrio, tras seis años de Guerra y 300.000 muertos españoles por la Independencia.

Junto a todo esto, hemos tenido al menos once guerras civiles: Guerra Civil Goda; Guerra entre godos y suevos; Guerra de los dos Pedros; Primera Guerra Castellana; Segunda Guerra Castellana; Tercera Guerra Castellana; Guerra de Sucesión Española; Primera Guerra Carlista (190.000 muertos); Segunda Guerra Carlista (60.000 muertos); Tercera Guerra Carlista (50.000 muertos); Guerra Civil Española (600.000 muertos).

Pocos pueblos existen en el mundo que hayan sufrido tal número de invasiones, de alcance tan global y de tan diferentes procedencias culturales, junto a once guerras civiles, sin olvidar los múltiples pronunciamientos militares y levantamientos, como los Cantonales de 1873, cuando se aprobó una Constitución Federal y se declararon independientes Málaga, Cádiz, Sevilla, Cartagena, Alcoy, Valencia, Cataluña, Algeciras, Jumilla, Almansa; Granada y Jaén que se declararon la guerra por una cuestión de lindes, Plasencia, Loja, Andújar, etc, levantamientos cantonales finalmente sofocados con millares de muertos; o como la sublevación socialista de 1934 contra la legalidad de la República, con 1330 muertos en un total de 27 provincias de la geografía hispánica.

El historiador romano que recorrió Hispania hacia el año 25 a.C. Pompeyo Trogo, acertó al comentar sobre los habitantes de estas tierras: "Los hispanos prefieren la guerra al descanso, y si no tienen enemigo en el exterior lo buscan en casa".

Y mientras todo esto ocurría, había que sobrevivir. Sobrevivir al sometimiento y al cambio cultural que imponían los recién llegados, a los castigos, cuando no ajusticiamientos, de los vencedores; sobrevivir a las delaciones que, por fingir haber adoptado las nuevas disposiciones económicas, religiosas y de todo tipo que se exigían, eran delatados por otros; disimular y mentir, mentir y disimular para sobrevivir los de un bando frente a los del otro bando, media ESPAÑA contra la otra media.

Aún hoy, la mentira, esa estrategia para sobrevivir, se mantiene demasiado presente en nuestra sociedad, que parece necesitarla para continuar sobreviviendo, o destacando, que es una forma de sobrevivir, en medio de una profunda crisis no solo económica, sino sobre todo de valores.

 

JOAQUÍN SAMA NAHARRO

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