Miguel Hernández se incorporó a filas voluntariamente al inicio de la Guerra Civil, desarrollando al principio una labor como zapador y seguidamente como Comisario de Cultura. El compromiso de Miguel Hernández con la Segunda República le llevó a una mayor implicación en la lucha contra el fascismo, según sus propias palabras, que le acarrearía al finalizar la contienda que fuese condenado a muerte, pena conmutada posteriormente por una condena de treinta años. Tras pasar por varias cárceles franquistas, recaba en la prisión de Alicante, donde fallecería el 28 de marzo de 1942.

 

Entre la amplia documentación custodiada de Miguel Hernández en el Instituto de Estudios Giennenses, figuran las cartas que envió a Josefina Manresa. En las escritas al comenzar la Guerra Civil se pueden apreciar sus posicionamientos en aquellos momentos iniciales de la contienda y que a la postre marcarían su futuro, así como detalles de la actividad cotidiana del poeta y sus cometidos, primero como zapador y seguidamente como miliciano de la cultura, cuestiones menos difundidas por los historiadores al centrarse, generalmente, en la importante misión que desarrolló posteriormente cuando la Guerra Civil se generalizó.

En la carta escrita el 27 de septiembre de 1936, Miguel Hernández contaba que tuvo que salir el día 25 anterior por la tarde de Madrid precipitadamente y que se encontraba en un pueblo que se llamaba Cubas, junto con casi otros doscientos hombres más con la finalidad de hacer fortificaciones "para no dejar pasar a los fascistas que hay en Talavera de la Reina".

Es de destacar que el 3 de septiembre de 1936 cayó Talavera en poder de las tropas sublevadas en su marcha hacia Madrid desde el oeste de España. Por otro lado, diversas fuerzas se dirigirían posteriormente a Toledo, donde el 24 de septiembre llegarían a los suburbios de la ciudad. La situación se haría insostenible para las posiciones republicanas, generándose el repliegue de la mayoría de los milicianos hacia Aranjuez, lo que facilitaría que el ejército franquista pudiera tomar Toledo y enlazar con los sitiados del Alcázar el día 27 siguiente. Estos acontecimientos supusieron un duro revés para el Gobierno de la Segunda República, con contraataques y desarrollos de defensas en una amplia línea al sur y oeste de Madrid.

Miguel Hernández se incorporó voluntario el 23 de septiembre de 1913, siendo destinado al 5º Regimiento de Zapadores, Minadores, 2ª Cía., 3ª Sección. La primea labor desempeñada por el poeta en la Guerra Civil fue en Cubas de la Sagra, localidad que está situada al sur de la comunidad de Madrid y lindando con el norte de la provincia de Toledo, a algo más de cuarenta kilómetros de la Ciudad Imperial y a unos cien de Talavera. En una de sus cartas, contaría que desde allí veían pasar los aviones con bombas para Toledo y que se oían los estampidos de las explosiones y de los cañonazos.

Tras un breve permiso por enfermedad debido a una infección en el estómago, Miguel Hernández pudo escribir a primeros de octubre desde Valdemoro, aunque sin poder dar detalles de su situación, precisando en otras cartas que iba de un lugar para otro. Es de destacar que su segunda misión en la Guerra Civil sería la de Comisario de Cultura, dentro de la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería del Batallón de El Campesino, recorriendo en aquellos momentos diversos pueblos de la provincia de Madrid en cumplimiento de su nuevo cometido.

Las cartas posteriores estaban emitidas en el mes de diciembre de 1936 desde Madrid, donde Miguel Hernández tenía centralizada su labor como Comisario de la Cultura. El 22 de diciembre comenzaría a escribir una carta para Josefina Manresa desde Ciudad Lineal, lugar al que denominaba como un pueblecito a las afueras de la capital, finalizándola el día 24. En ella, señalaba que allí era donde trabajaba escribiendo para las tropas, estimando que era un sitio tranquilo y no había peligro, por lo que trataría de conseguir una casa para los dos con la intención de que su prometida viniese enseguida.

Sin embargo, las ilusiones del poeta no se cumplieron y, aunque la boda civil se celebró en Orihuela el 9 de marzo de 1937, el compromiso de Miguel Hernández con la Segunda República le llevó a una mayor implicación en una larga guerra incivil contra el fascismo, que le acarrearía al finalizar la contienda que fuese condenado a muerte, pena conmutada posteriormente por una condena de treinta años. Tras pasar por varias cárceles franquistas, Madrid, Palencia y Ocaña, Miguel Hernández solicita, dado su delicado estado de salud, el traslado a la prisión de Alicante, donde fallecería el 28 de marzo de 1942.

Por último, cabe señalar que, siendo respetuosos con su ideario y al margen de otras cuestiones u opiniones, a Miguel Hernández no "le tocó" el bando perdedor como se sugiere últimamente por algunos, ya que, como la mayoría de los escritores e intelectuales de entonces, "eligió voluntariamente" un destino para enseñarnos en sus poemas que:

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