¡Prensa española, manipuladora!, hemos escuchado constantemente estos días, el grito unánime de los manifestantes que ocupaban las calles barcelonesas tratando de dificultar el trabajo de los periodistas.

 

Mientras, al otro lado del edén secesionista catalán, se hablaba del adoctrinamiento en los colegios, de la falta de rigor en los informativos, o del adocenamiento de la población.

 

 

Se es objeto de manipulación cuando se ojea un periódico (el que sea), cuando se enchufa la televisión, cuando se pasea por las calles de una ciudad cualquiera y las luces de neón concentran la mirada, o cuando se acude al supermercado y todo está ideado para elegir un producto en vez de otro. Porque el intento de atraer nuestra atención, cambiar los hábitos, formar nuestro criterio y condicionar la elección está presente sin tregua en la vida diaria, y la prueba evidente del éxito de quienes nos usan como a títeres es que nos expresamos del mismo modo, vestimos a la moda, tenemos gustos parecidos y, casi me atrevería a decir, pensamos lo mismo, o cuanto menos partimos de las mismas premisas y principios. Y tanto lo hemos interiorizado, que nos congratulamos al constituir un bloque homogéneo con nuestros afines rechazando a quienes no forman parte de la gleba, hasta el punto de detestarlos. Somos una legión de zombis que solo distingue la manipulación en los demás. No, no somos muy distintos unos de otros, a veces aburridos de tan parecidos, y comandando los estandartes se cobijan los mismos rufianes.

 

No fuimos conscientes del momento en el que los sueños de libertad fueron secuestrados por banderas hondeando a favor de vientos que presagian tempestades, defendiendo causas que corren en otra dirección y nos hacen cautivos y mercenarios en las fronteras artificiales que cobijan monstruos y abrigan deseos ajenos, porque las aspiraciones y los deseos de vivir en un mundo más justo han sido enterrados. No supimos del tiempo en el que las enseñas acabaron con los matices, los claroscuros, la indefinición y la duda, anulándonos la razón cuando nos incorporamos a las grandes empresas que también hicimos nuestras al tiempo que rechazábamos el entendimiento con diferentes e iguales.

 

Hoy banderas y estandartes se han hecho mayores y se muestran desafiantes. Diseñadas en los despachos por quienes obtienen considerables réditos de su exposición, se planificó su seguimiento y apoyo, su control, su extensión y su influencia entre huestes enfervorecidas vociferando causas nobles; situadas por encima de la voluntad individual, nos dicen cuando somos llamados a defender sus principios y un brote de odio teñido de rojo sangriento cubre el cielo de sombras. Mientras, alguien mira desde la ventana al tiempo que tú te desgañitas, el que obtendrá beneficio, el que te inoculó el rencor hacia los adversarios, el que te ideó cielo y tierra mientras te robaba la consciencia.

 

Hoy los que creen que se desenganchan de un estado opresor se engañan. Se engaña quien cree que caminarán juntos el acaudalado y el marginado social o el pobre,  porque a estos últimos les darán una palmada en el hombro aquél que se sirve de ellos para sus propósitos, para después no tener consideración al dejarle tirado cuando haya recorrido su camino. No tengo nada contra quienes creen y sienten, aunque dancen al grito de quimeras imposibles, y después aparezca la decepción y el desencanto (como aquellos que depositaron su confianza de mejorar su vida en el socialismo de la primera legislatura y hoy aborrezcan de los líderes a los que encumbraron)

 

Estos días nuestras fachadas están ocupadas por banderas excluyentes, pero de parecidos colores, tapándonos el sol, y una creciente manía persecutoria puede sentirse cuando se accede a la calle y unos y otros atosigan y aburren con sus razones de peso frente a las que no cabe la discrepancia.

 

Hoy el Gobierno de Rajoy saldrá reforzado de esta crisis, y siento que se perpetuará sine die, que para mayor gloria la corrupción y el bandidaje quedarán instalados en nuestra sociedad durante mucho tiempo, porque nada importa tanto como la victoria de poner en su sitio a los insurrectos y luchado por la indisolubilidad de España.

 

 

 

Antonio Pérez Gallego

 

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