Frases lapidarias

24 Octubre 2017 157 votos

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Hay frases contundentes, que actúan como sentencias, que retratan una época que creíamos olvidada que, como las palabras moribundas –estas ayudarían a enriquecer un lenguaje cada vez más constreñido–, creíamos enterradas, pero es posible que no sea así, que quizás la moraleja visible de estas expresiones no esté debilitándose y nos acompañe durante mucho tiempo mientras haya vidas formadas en el sesgo de la ética o moral que comprenden, en contraposición a lo que excluyen o no delatan.

 

 

 

Algunos ejemplos pueden ser suficientes para identificar estas máximas que todos hemos oído y, me atrevería a decir, se han empleado como respuestas o conclusiones en infinidad de circunstancias: hacer lo que dios manda, a mal tiempo buena cara, con lo bien que vivíamos antes, la gente hace lo que le da la gana o, la que me hizo reflexionar, “hay demasiada permisividad”.

 

 

La última de ellas la escuché hace tan solo unos días, la había olvidado, y resume como ninguna otra el sentir de una sociedad adulta o anciana cuya efervescencia se desvaneció hace ya varias décadas.

 

 

La pronunció una señora a las puertas de la iglesia de una urbanización de postín, al ser preguntada por la desaparición en extrañas circunstancias de una joven cuyos padres eran, como ella, vecinos del lugar. Un suceso cuya solución se está dilatando y mantiene consternada a la familia de la desaparecida, en contra de su voluntad según todos los indicios.

 

 

“Hay demasiada permisividad”, dijo sin añadir nada más porque entendió que con esta breve respuesta había sentado los antecedentes del suceso, la causa de los comportamientos delictivos, la deriva de una sociedad en donde un exceso de libertad está llevando a vivir en la inseguridad, en el delito protagonizado por seres malvados a los que “hay que atar corto” porque de otra manera “aquí ya no va a haber quien viva”.

 

 

Lo dijo, con un rictus de preocupación, la dama ensortijada de prominentes labios y piel estirada, pero también ligeramente desafiante, acusando a quienes tienen el deber de proteger, como siempre han hecho, la exclusiva comunidad a la que pertenece, la que se ha mantenido al margen de los vaivenes propios de una multitud que le pide anuencia a cada movimiento que pueda airearle el gesto, como el personal de servicio que cuida de su casa y besa por donde pisa. Y, no dijo nada más porque no hacía falta hacerlo, lo sabía muy bien, como lo sabe el mundo que le rinde pleitesía, que comulga con sus valores y los hace suyos.

 

 

Se dice “hasta aquí hemos llegado”, “esto ya no hay quien lo aguante”, “no sé lo que quieren ya”, “una cosa es libertad y otra, muy distinta, libertinaje” para algunos todavía asentir, con la complicidad del resto en las reuniones exentas de siervos y lacayos, mientras toman café o té por la tarde: “antes se vivía mejor…, con Franco se vivía mejor” (algunos opinan de igual forma y no tienen ni para rascarse el bolsillo)

 

 

Como contrapartida, hay otra generación que ha vivido subyugada a los modos de vida y pensar de quienes proferían estas frases lapidarias, de quienes aludían a la falacia de un orden justo por encima del que no cabían otras interpretaciones, otra realidad, la realidad de quienes se arrogan la verdad indiscutible, para los que afirmaciones como “hay demasiada permisividad” implica que el desatino lo otorgan ellos y, por lo tanto, no se sienten concernidos, porque ellos representan el buen hacer, la conducta intachable y la moral que hay que observar. Al menos en su imagen pública.

 

 

Muchos de los nacidos durante una dictadura que apenas si vivieron, que sus padres sí padecieron, tuvieron que adaptarse a una filosofía de vida conformista como consecuencia de un régimen de carestía, imposiciones, represión y miedo. Por supuesto, hubo dos bandos, y no me refiero explícitamente al de los vencedores o vencidos en la contienda.

 

 

Había dos bandos, sí, uno muy numeroso en el que la carestía e incluso la vergüenza de ser pobres e ignorantes era el día a día de su vida, de su lucha por la propia subsistencia, su pesar, del que muchos fueron conscientes y por eso quisieron que sus hijos se formasen, estudiasen, aunque significase un tremendo sacrificio, y se produjera, de este modo, una brecha entre las dos generaciones muy significativa, a veces insalvable, porque la instrucción lleva al pensamiento libre y, quienes carecieron de oportunidades estaban imposibilitados de desprenderse de los axiomas que les asfixiaban, proferidos por el otro bando, menos numeroso, el de quienes llevaban una vida acomodada, reacios al más mínimo cambio que significase una alteración de sus privilegios. Es posible que algunos de ellos se creyesen sus propias patrañas, y otros si fueran conscientes de su maltrato al resto, de su arrogancia e impenetrabilidad. Por eso, ha sido suficientemente retratada su hipocresía.  

 

 

De este modo, los hijos de la generación que padeció el hambre en todas sus variantes, aprendieron a callar, a consentir, a aguantar y someterse a una clase que copaba todos los poderes de decisión. Después, con el tiempo, con el surgimiento de las clases medias y el nacimiento de los nuevos ricos, muchos claudicarían y su empecinamiento vendría dado por conservar lo que lograron, porque la rebeldía es cosa pasajera, curable. “Si de joven no eres de izquierdas no tienes corazón, pero si de mayor no eres de derechas no tienes cabeza”, se afirma.

 

 

Hoy España es un país libre, de oportunidades, de justicia igual para todos, de una democracia consolidada.  Y yo retrato una sociedad extinta, que en  las ciudades donde no existe el cuerpo a cuerpo propio de otras épocas, donde nadie conoce a nadie se desempeñan funciones por las que se recibe un salario justo. Amén.

 

 

Historias del abuelo cebolletas, sí; probablemente ajenas o desconocidas por las nuevas generaciones, puede; pero “de aquellos barros vienen estos lodos”.

 

 

 

Antonio Pérez Gallego

 

Madrid

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