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Se dice, y con muy buen criterio, que las opiniones en caliente pecan de parcialidad. En este caso, además, es especialmente difícil la objetividad, dada la postura extrema de unos y otros y el sesgo de las informaciones encaminadas a buscar apoyos e incidir en la idea preconcebida, al margen de los hechos.

 

La posición de los líderes políticos ha sido lamentable, y no solo la del PP, también la del resto.

 

 

Creo que aciertan quienes afirman que las aspiraciones secesionistas deberían haberse tratado desde el diálogo político; es más, es bastante probable que, de haberse hecho con anterioridad, la situación no se habría encallado, pero no porque los independentistas renunciasen a su objetivo, sino porque sus apoyos serían posiblemente menores. En dicho sentido, el PP, se ha mostrado torpe y cobarde, y la paciencia y la inacción de Mariano Rajoy, que puede que en otros temas le haya dado buen resultado, en éste caso la ha pifiado, quizás irremediablemente. Es muy difícil dialogar con un partido que siempre va a remolque de la realidad social, que tiene principios y métodos autoritarios, que no se desprende de su pasado y que aúna entre sus seguidores a quienes no condenan la época del Dictador, o lo hacen tímidamente, o que auspicia y abriga a asociaciones de corte franquista (es muy posible que esa sea el motivo de que formaciones como VOX sean residuales, o se diga que en España no surge un partido de extrema derecha como en el resto de Europa)

 

El PSOE, que no olvidemos también tiene su cuota de responsabilidad histórica en el enquistamiento del conflicto, ha intentado mantenerse en una postura equidistante, apoyando al Gobierno, pero, al mismo tiempo, criticando cada una de sus acciones, o silenciándolas. Así es el Partido Socialista, nunca se sabe si va o viene en su búsqueda del voto entre la ciudadanía de corte progresista, sin escorarse demasiado, sabedor que el poder se gana desde el centro político. Y, cuando me refiero a su pasada responsabilidad, hay que mencionar las palabras de Zapatero afirmando que aprobaría cualquier estatuto de autonomía catalán, buscando el aplauso de los soberanistas para no afrontar el problema, y olvidando una máxima de perogrullo: todos los ciudadanos españoles tienen los mismos derechos y obligaciones. Esta máxima constitucional no se respeta, por ejemplo, en los impuestos que se pagan en cada territorio (el de Sucesiones, es un ejemplo sobradamente conocido), exceptuando el Concierto Económico Vasco. El Estatuto Catalán, como reiteradamente se menciona en estos días fue impugnado por el PP ante el Tribunal Constitucional, y ahora se dice que podría haber sido suficiente para acallar las pretensiones independentistas (sinceramente, lo dudo) En él se aludía al término nacionalidad, frecuentemente, para referirse a la autonomía catalana. España es una nación de naciones, oímos con frecuencia. Bueno, ¿y qué? Esta afirmación, no deja de ser “el chocolate del loro”, y no tiene trascendencia alguna en lo político. Podemos estirar el concepto, abusar de los eufemismos, pero la realidad es que “nación” comprende una realidad objetiva, una administración político-económica soberana respecto del resto de naciones. Por eso, las declaraciones de Pedro Sánchez, cuando dijo que “todas las naciones son España”, es absurda, y estúpida, aunque sea bien recibida por algunos intentando darle una trascendencia de la que carece.

 

No me extenderá demasiado sobre Ciudadanos. Tiene la misma ideología que el PP, del que se distingue porque no ha estado en el poder y no se ha visto acorralado por la corrupción. Ahora mantiene que tenía que haberse suspendido la autonomía catalana, que debía haberse aplicado antes el artículo 155 de la Constitución. ¿Alguien, a estas alturas, cree que así no se habría agravado el conflicto, que el Gobierno de Cataluña y la sociedad catalana lo acatarían pacíficamente? Nos tratan de enanos intelectuales si creen que convencerán con esta estrategia, como lo de abogar por una nuevas elecciones. ¿Acaso creen que las van a ganar y que de ese modo terminarán con las aspiraciones independentistas? Creo que no merece la pena incidir mucho más sobre su posición.

 

En cuanto a Podemos y sus convergencias, llamando al diálogo y un referéndum pactado, creo que tienen razón y que, en la situación actual, es lo único que se puede hacer, que es la única salida al conflicto. Desde la Asociación de Jueces para la Democracia se ha dicho que podría realizarse en el actual marco constitucional. Coincido, en este caso, con quienes plantean varias preguntas en el posible plebiscito, incluyendo una opción diferente al sí o al no, intentando concertar el mayor apoyo, para no ahondar en la fractura de la sociedad catalana.

 

Mi crítica a la formación tiene que ver con la posición de Ada Colau, jugando a la ambigüedad, diciendo no ser independentista, reconociendo la ilegalidad del referéndum y, al mismo tiempo, acudiendo a votar. Hay que decirle a la alcaldesa que votar en las elecciones, aunque el voto sea nulo o en blanco, significa que no se está de acuerdo con las posturas que representan los distintos partidos políticos, pero se está legitimando la convocatoria. Tampoco estoy de acuerdo cuando no reconoce la inacción de las fuerzas del orden autonómicas (aclarar que no apruebo que se mande a ninguna policía a solucionar un asunto que es político), pero reprueba de forma contundente la actuación del resto de la policía, hasta el punto de denunciar abusos sexuales a los congregados por la policía del Estado. Esto no se lo cree nadie ni es propio de imparcialidad alguna.

 

Después de visualizar las imágenes del pasado domingo en la respuesta de la Policía Nacional y de la Guardia Civil a la multitud, tengo que decir que aunque sucedieron hechos que nunca tendrían que haber ocurrido, también es cierto que hubo agresiones por ambas partes, y que la acción policial no fue tan desmedida como ha trascendido, sobre todo, en el ámbito internacional, lo que demuestra que el eco mediático y sus consecuencias estaban perfectamente previstas por los convocantes. Todo anunciaba que el conflicto se recrudecería, y determinadas propuestas buscaban la reacción y la crítica unánimes de la prensa. En dicho sentido, en esta guerra por conquistar sensibilidades y afecciones se ha demostrado que todo vale, y hasta hemos olvidado lo que realmente subyace bajo el conflicto, lo más importante: la pela y la insolidaridad catalana con otros territorios más desfavorecidos, como siempre.

 

Llegados a este punto, creo que no existe otra solución que un referéndum pactado, porque la ciudadanía tiene derecho a expresarse, un derecho que a lo mejor no está fielmente contemplado en las leyes, pero que es la esencia de una auténtica democracia.

 

Es mi opinión, y como tal, discutible.

 

Antonio Pérez Gallego

 

Madrid

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