En esta sencilla pregunta se comprende la trascendencia de cada una de nuestras actuaciones.

Hay un refrán muy español que dice “el que de joven no trabaja, de viejo duerme en la paja”

 

 

Cuando llegamos a una edad adulta, adulta en conocimiento y en experiencias vividas, y nos preguntamos por qué conseguimos o no lo que nos propusimos, encontraremos la respuesta en factores determinantes como las decisiones que tomamos, o el sacrificio y la entrega que supuso cada uno de los eslabones que recorrimos para llegar a la meta, referido en cuanto a lo que depende de nuestra voluntad o esfuerzo, dejando de lado aquello que se escapa a nuestro control y que tiene que ver con si lo querido estaba en el marco de nuestras posibilidades o condicionamientos, o desestimando factores medioambientales como la suerte.

 

 

Hay una queja común que escuchamos con frecuencia: “qué mala suerte tengo”. Sin menospreciar el efecto de la casualidad –ya se sabe, muchas veces se hacen planes que tan pronto como se conciben, un imprevisto los tuerce– hay , sin embargo, una constante: en la mayor parte de las ocasiones: lo que nos ocurre es la consecuencia de los actos anteriores “te lo había advertido”, escuchamos.

 

 

¿Casualidad o causalidad?

 

 

Ejemplos tiene la vida: si conducimos superando el límite de velocidad, tarde o temprano nos sancionarán. Si fumamos, es probable que contraigamos alguna de las enfermedades asociadas al tabaquismo, si tratamos con desdén a alguien es muy posible que recibamos una respuesta acorde con nuestra actitud hacia esa persona. Muchas veces oímos quejarse a alguien y reconocemos, el porqué de lo que le ocurre. “Parece mentira que no se haya dado cuenta”, pensamos. (Es posible que identifiquemos el origen en los demás, y no seamos capaces de verlo en nosotros mismos, pero esa es otra historia que requeriría ríos de tinta)

 

Junto con lo ocurrido y su origen, también hay que plantearse el después: mucho más importante, puesto que lo sucedido ya no es posible cambiarlo.

 

Hasta un mediocre jugador de ajedrez estudia los previsibles movimientos del contrincante devenidos como consecuencia de su jugada. Sin embargo, me asombra, lo poco que a veces nos planteamos las consecuencias de nuestros actos; es más, si lo hiciéramos probablemente cambiaríamos nuestro proceder. Y no me refiero a los actos propios de algún calentón – más difíciles de controlar, no somos bloque de hielo– sino a lo que hacemos cuando no somos presa de ningún estado emocional que nos nuble la razón (teóricamente, por supuesto, hay gente que parece vivir bajo un estado de ansiedad continuo, o esclavo de absurdos principios que le incapacitan para actuar o pensar libremente)

 

¿Y por qué esta charla, cuando nuestra inquietud e interés se centra en lo que ocurrirá mañana, en la convocatoria del referéndum catalán?

 

Me explico:

 

Llevo demasiado tiempo escuchando que la convocatoria es ilegal. De acuerdo, lo sabemos. Creo que no hace falta oírlo más. Es contrario a las leyes, y la indisolubilidad del Estado atenta contra uno de los principios fundamentales de la Constitución. No creo que sea necesario volver a repetirlo.

 

Tampoco quiero escuchar ya los argumentos de quienes lo quieren o convocan, amparando su propuesta en los Derechos Fundamentales o en la legitimidad de las libertades propias de una auténtica democracia. Lo hacen porque es su pretensión y porque, legalmente, hoy y por mucho tiempo, no sería posible convocarlo atendiendo a las leyes.

 

Llegados a este punto, ¿cómo debemos asumir el envite?: ¿castigando a los insurrectos con todo el peso de la Ley? 
Sí, estaremos en el marco del Ordenamiento Jurídico, y el Estado cuenta con el poder necesario para poderlo hacer, como así lo está demostrando. Pero, y después, ¿de verdad creemos que habremos solucionado el problema, que acallaremos así al independentismo?

 

Muy al contrario: un movimiento convulso siempre tiene como consecuencia un movimiento contrario, al menos, de la misma intensidad.

 

Exijamos, pues, a nuestros políticos y gobernantes que actúen con responsabilidad, y recapacitemos sobre nuestros impulsos y sus consecuencias por una mejor convivencia futura: estamos obligados como seres racionales.

 

 

 

Antonio Pérez Gallego

 

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