LECTOR Y JURADO / JOAN LLOPIS TORRES

26 Agosto 2017 144 votos

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En cierta ocasión tuve la suerte de compartir mesa y mantel en un restaurante con Baltasar Porcel y Eduardo Mendoza. Fue en el desaparecido Pekin, creo que en la calle Rosellón, junto al antiguo Up & Down, en Barcelona. Era un restaurante chino sin parafernalia china, sin leones, jarrones chinos ni guirnaldas. Lo dirigía una pareja muy curiosa. El chino era él

.LECTOR Y JURADO JOAN LLOPIS TORRES Estaba casado con una catalana de casa bien y pusieron el restaurante para vivir su vida; ahora Pau sigue haciendo de actor secundario en películas donde hace falta un chino, quizás haga otras cosas (la vida tiene cosas así, no sé, quería hacer carrera en el cine, puede que le haya ido bien. Yo no voy nunca al cine -no me queda en la esquina-, aunque siempre me ha gustado mucho el cine), era un tipo muy cumplidor que se reía de cosas que sólo él entendía y sabía dónde estaba la gracia. Si tú hacías el gesto de reír, aunque fuera por cortesía, seguía riendo, de lo contrario, seguía con sus cosas y aquí no ha pasado nada; estaba también exactamente al lado de uno de los mejores ‘gallegos’ de la ciudad (subiendo por Aribau a la derecha, no estoy seguro si era en Rosellón –abajo esta mi correo por si alguien se apiada de mi memoria. Aún no se ha resuelto el segundo apellido de Saturnino Martínez el fundador de ‘La Aurora’, el periódico obrero cubano) ¿Qué importancia tiene lo dicho? ¡Ninguna! Pero el desaparecido Pekin era un restaurante excelente al igual que el ‘gallego’ que yo alterné invariablemente todos los lunes a lo largo de muchos años, y hay que guardar memoria a los momentos de la vida que han sido generosos y amables.

 

Yo tengo una estadística exacta (meticulosamente exacta) del mucho tiempo que mis amigos pierden quejándose de todo, y el poco que le dedican a comentar los placeres que les ofrece la vida y a invitarme a una cerveza, dicho aprovechando el asunto (en esto último, los amigos -esos que se pasan la vida dándote golpes en la espalda- no suelen perder el tiempo).

 

¿Por qué digo esto? Porque el comentario que quiero hacer, ocupará como mucho dos líneas, y quedaría el escrito excesivamente corto. Bien, la cosa quiere ir de los votos que los lectores dan a los que escribimos ‘opinión’ en el periódico. Hay que tener claro que yo a esta mesa soy un invitado, y cuando se está de invitado hay que encontrarlo todo bueno, comer y callar (a poder ser con la boca cerrada en ambos casos) Y no es cosa de ser mal educado, al contrario, muchas gracias. Pero no entiendo el motivo de puntuar los escritos, me parece pobre y sin ningún compromiso por parte del lector y, en este caso, jurado (y en ningún caso esperado por el que escribe). Sobre el editorial del periódico se puede pensar lo que se quiera, incluso escribir sobre él, ¿pero acaso los lectores de un periódico envían puntuación a ese editorial? Leen el periódico o no, eso es todo. No, los periódicos se escriben, y a los periódicos, en mi opinión, hay que escribir. Mejor compromiso sería que el lector, a la vez, opinara por escrito sobre cualquier asunto de su interés o coincidiendo con otras opiniones u, opinando de forma contraria, expusiera sus motivos. Sería en mi ‘opinión’ más enriquecedor y, a mi manera de entender, más serio, participando de un buen periodismo.

 

¿Estoy postulando que cambien la más mínima cosa? ¡En absoluto! ¡Ni se me ocurre! Estoy dando mi opinión, eso es todo, de eso se trata (siempre se trata de eso, y de eso debería tratarse siempre. Incluso, al escribir esta última frase, siento que no me vaya a ocurrir como a san Pablo, una transformación, y me vuelva acérrimo defensor de los puntos ¡Por favor, sigamos con los puntos! ¡Adelante con los puntos y las hachas! podría gritar yo, aun lloviendo o a pleno sol, ido, allá, corriendo por las calles. Cuando a mi mujer, por ejemplo, le digo que una falda no me gusta, invariablemente me contesta "Cariño, qué mal gusto tienes, ¿quién entiende de faldas, tú o yo?" Es en momentos como ése, cuando es mejor no abrir nuevos caminos a la conversación, prefiero que siga pensando en su bonita falda. "Tú, cariño, sin duda".

 

La cuestión es la siguiente: Aun sabiendo que los directores de periódico nunca te miran con el ojo que tienen abierto, preguntémonos si hay que ser en una mesa (en el periódico) cortés y correcto, o manifestar abiertamente la opinión sin otras limitaciones (cierto, lo fácil es contestar que las dos cosas, ¿por qué no?, salvo que en ocasiones las disyunciones lo desmienten). Lo que no vale es no decir nada. No decir nada también es descortés e incorrecto -entiéndase válido para la mesa y para el periódico-, de lo contrario resultaría, en el caso del periódico, una hoja en blanco (resultaría chocante, si bien es cierto que entonces nadie se molestaría por nada, y el periódico aun recibiendo por parte de algunos la máxima puntuación, no serviría para nada). No queda otra para explicar el asunto pues, que ser escatológico, pues hemos de apuntar la posibilidad de ser incorrectos y groseros, y no hay otra, si cumplimos la norma de ser claros, explícitos y sin fuegos ni circunloquios artificiales. Si alguien está delicado de maneras, puede apretar el spam, dejar este e ir a otros asuntos (queda disculpado y se le piden disculpas). La historia es la siguiente: Mientras se vestían para acudir a una cena de compromiso, el marido le decía a su esposa "Cariño, esta noche la cena es de compromiso, por favor, ten cuidado, no me hagas quedar mal". Ya llegando a la casa donde se celebraba ‘la cena’, él, cada vez más tenso, subía las maneras "Cariño, por favor, ten cuidado, no me hagas quedar mal" (Aquí se entiende que estamos hablando del periódico) "Cariño, por favor…". Finalmente, todo transcurría con normalidad, los invitados disfrutaban de la cena, bebían, conversaban y desprendían el espectáculo que suelen ofrecer esas celebraciones. Sin embargo, ella no paraba de rascarse la cabeza, de tal manera que él, conocedor de las buenas costumbres y para demostrar normalidad en público y con que tranquilidad se desenvolvía en ambientes refinados, le preguntó "Cariño, que te pica la cabeza? Ella, le contestó "No cariño, lo que me pica es otra cosa, lo que me pica es…, pero como me has dicho que tuviera cuidado, en vez de rascarme lo que me pica, me rasco la cabeza para quedar bien"

 

Entonces, señor director y amigos lectores, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Escribimos lo que nos pica o nos rascamos lo que no nos pica, por corrección en la mesa y en el periódico? (fíjese señor director que no he puesto la palabra… lo que le picaba…Pero si quiere la pongo… si quiere la pone usted, esta es su casa ¡Usted manda! Pero en ese caso, para cobrar el royalty, diga que ha sido usted, que yo no querré méritos que no me corresponden.

 

Antes de acabar, se me olvidaba decir que ocupamos mesas distintas y seguimos sin habernos conocido en la vida; me consta que Eduardo Mendoza es un tipo estupendo y lamentablemente Baltasar Porcel falleció. Nos hicimos un gesto de cabeza, entre otras cosas, quizás porque el restaurante estaba con todas las otras mesas vacías, y al no haber otros comensales, nos reconocimos como los únicos e inteligentes clientes del Pekin. Déjenme decir que yo estaba acompañado de una chica estupenda, bien es cierto que ella prestaba más atención a las gambas que a mi conversación, cosa que a veces es muy de agradecer, pues así yo hacía lo mismo, y como la conversación interesante estaba en otra mesa, pensé, mira, dedícate a lo que tienes que luego ya veremos, y seguí con los rollos primavera.

 

¿Podemos esperar sobre estos asuntos, señor Director de ‘Xornal de Galicia’, una nota breve que calme a las almas embargadas de patrimonio y de estos atormentados dilemas?

 

(La foto está tomada en un restaurante chino que tengo más a mano, en Benin City, en el Estado de Edo, Nigeria; no en la calle Rosellón de Barcelona, obsérvese el magnífico color negro africano y la bonita falda. JOAN LLOPIS TORRES (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.)

 

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