ANTONIDA VASÍLEVNA/JOAN LLOPIS TORRES

11 Agosto 2017 173 votos

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En una ciudad tan lejana como antes la Conchinchina, las gentes vivían embargadas por las deudas. Éste debía a aquél, aquél al otro y todos le debían al sastre (para entendernos). Se miraba de soslayo (sin silepsis) y el andar era siempre apresurado; se huía del encuentro indeseado que nadie quería encontrarse al doblar la esquina (encontrarse con el encuentro parece una canción de Sabina). El viento siempre era racheado, frío y desapacible (vayamos rapidito). Podemos poner que la lluvia era frecuente, los charcos abundaban y las aceras estaban resbaladizas a veces por la nieve para blanquear el cuento.

 

 

La del Hotel le debía al taxista y al carnicero, el taxista le debía al taller; el del taller le debía al dueño de aquellos bajos alejados del centro comercial (tampoco hace falta ser tan escuetos) que sólo recibían una luz pálida de unas farolas desperdigadas, pasado el terraplén, más allá de las vías del tren (que brillaban especialmente en el aire limpio, después de los últimos chaparrones –recordemos que suele llover y a veces nieva); El dueño del taller le debía a la del bar que todavía le fiaba algunas copas, y la del bar le debía al de los vinos: el de los vinos le debía al taller, y así (usted mismo)

 

Llegaron unos rusos al Hotel con algunas prisas, dejaron las maletas en recepción y sin ver las habitaciones, le dejaron a la dueña dinero adelantado con la condición de que si al volver, no les gustaban las habitaciones, desharían el trato, y salieron.

 

La del hotel, confiada en sí misma, cogió el dinero y se fue a pagar al taxista que, a su vez, se fue a pagar al del taller que se fue a pagar la deuda del bar después de aprovechar y tomarse unas ginebras a palo seco; La del bar pagó al proveedor de vinos lo que le debía y respiró tranquila y satisfecha tomándose una menta con dos dedos de agua, y el proveedor de vinos se fue al Hotel a pagar lo que debía. Al no encontrar a la dueña en la recepción (la dueña no había vuelto todavía de pagar al taxista y al carnicero que estaba en aquél momento pagando a otro que iba a pagar a otro, para al final, un viajante que había cobrado lo que le debían por unas enciclopedias, se fue al Hotel, se encontró con el proveedor de vinos y, al saber que la dueña no estaba, al igual que el proveedor de vinos, dejó el dinero en el mostrador, para salir los dos tan campantes, extrañados de ver a unos rusos que entraban en aquel momento. Los rusos querían reclamar a la dueña la fianza, pues tenían que irse apresuradamente de la ciudad debido a sus asuntos; al no ver a la dueña y por las prisas, al ver el dinero, exactamente el mismo, exactamente la misma cantidad, lo cogieron y se marcharon ( Usted mismo). Fin.

 

Pero, por favor, cuéntele a los niños que hay que pagar las deudas, que el viento seguirá soplando fuerte del norte y racheado por las colinas que cierran el paisaje por encima de la carretera, que seguirá lloviendo y que las vías del tren, pasado el terraplén, fulgurarán límpidas con el brillo de la lluvia.

 

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