Sin mirar a los ojos

06 Junio 2017 512 votos

Nos sentamos y pedimos un café. Como otras veces, disertaríamos de algo que sólo nos incumbía a nosotros. Habíamos ocupado una mesa ubicada en un rincón, buscando intimidad, sosiego,  la atmósfera propicia para que las palabras fluyan. Miré tus ojos, tú los míos de soslayo. “Tenía que comentarte…”. El timbre agudo de tu teléfono me interrumpió y no pude disimular un gesto hosco. Tenías que cogerlo. No sé quién te llamó –a pesar de que lo mencionaste– ni lo importante que era esa llamada para ti. Disimulé mi fastidio y esperé pacientemente a que terminases, memorizando lo que te diría a continuación.

Sabes que cuando hablo, cuando intento decir algo que llevo tiempo queriéndote necesito concentrarme, pero sobre todo busco atención mirándote a los ojos, adivinando tu complicidad, advirtiendo que mis opiniones te importan. Ya sabes como soy: atento a tus repuestas, a tus gestos y ademanes, a lo que me conmueve de ti, también a tus negativas. Escucho tus razones,… replico, tú también lo haces;  a veces nos enfrascamos en un diálogo sin fin para no llegar a ningún sitio. No importa. Solemos concluir  con un gesto amable, con una sonrisa. Diferimos en mucho, lo hemos comentado otras veces, pero aprendemos el uno del otro, nos respetamos a pesar de nuestras diferencias: esa es la razón por la que nos buscamos.

Colgaste el teléfono. Me observaste con interrogación esperando que aquello que quería comentarte te devolviese a la realidad, haciéndome entender que nuestra conversación frente a la mesa ocupaba tu interés. Yo volví a mirarte, y a pesar de hacer un esfuerzo para retomar el diálogo, no supe continuar. No pasó mucho tiempo hasta que tu teléfono volvió a asumir protagonismo con un “bip” que te hizo fijar la mirada instintivamente, en el momento en que yo esperaba que tus ojos se cruzasen con los míos. Me acordé de que mi aparato, en el bolsillo de la chaqueta, estaba en silencio, no como el tuyo: ocupando el centro de la mesa.

No pude continuar, casi no pude hablarte; bueno…, me equivoco, nos referimos a cosas sin importancia, y a mí me parecía que no dejabas de observar el condenado chisme. Me preguntaste varias veces qué tal me iba. Creo que yo a ti también. Nuestras formales respuestas se parecieron. Hubo silencios. Observamos a las mesas vecinas disimuladamente, y entonces dijiste que tenías que marcharte, que un asunto personal te requería, fingiendo impaciencia.

Pagué la cuenta y salimos del local donde nos habíamos visto otras veces. Nos despedimos con un beso en la mejilla y nos propusimos volver a vernos. Cuando te alejabas  me giré para observarte.

Cogí mi teléfono, activé el sonido y miré los mensajes.

Antonio Pérez Gallego

Madrid

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