Apuntes del pasado presente

01 Junio 2017 233 votos

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Cabe preguntarse por qué se prodigan las noticias referidas a la dictadura y a la Guerra Civil Española, la causa de las hostilidades cuando se quieren cambiar los nombres asociados a aquéllas en los monumentos y calles, a cuestionarse la razón del incumplimiento de los preceptos de la Ley de la Memoria Histórica, o por qué todavía se entonan cánticos y loas al régimen del horror cada vez que se acude a un acto protocolario o conmemorativo de alguna onomástica, tomando la iniciativa las distintas asociaciones o grupos aún activos depositarios de una ideología que creíamos enterrada, como enterrado estaba el dictador,… o eso pensábamos.

 

Lo cierto es que aún andamos abriendo heridas que lo único que provocan es la discordia y el enfrentamiento, a decir de muchos.

 

La Guerra Civil comenzó hace 80 años, y el régimen que la siguió terminó hace 41 años. Si tomamos la mayoría de edad como el momento de la madurez intelectual del individuo, los observadores adultos más procaces del momento en el que se produjo el golpe de estado tendrían ahora 98 años, 59 años quienes vieron la muerte de su principal valedor. Encontrar hoy a algún superviviente que haya combatido en la Guerra Civil en cualquiera de sus bandos y conserve sus facultades mentales se hace una empresa casi imposible. Lo que remite, nuevamente, a las interrogantes iniciales.

 

La crónica de los sucesos se transmite de padres a hijos, y todavía hay personas con familiares desaparecidos, pero, en mi opinión y en el universo informativo actual, de no concurrir otras circunstancias,  su espacio sería una anécdota que no transcendería ni ocuparía el espacio y titulares sabidos. Es más, si pensamos en los primeros años de la transición convendremos en afirmar que lo que ahora es noticia entonces no lo era, a pesar de la cercanía de aquellos días con los hechos. El silencio cómplice de entonces se  podría justificar en la necesidad de no remover las aguas y  facilitar la concordia entre posiciones diferentes, de no contribuir a la revuelta social especialmente acusada en los primeros tiempos, de no provocar al ejército que aún sometía a los ciudadanos civiles a la legislación militar por cualquier hecho considerado ofensivo a los símbolos del Estado, o no alertar el miedo a la sublevación militar que siempre latía cada vez que se producía una reforma legislativa o un atentado terrorista.

 

Y ahora, ¿por qué cada vez que se alude a lo ocurrido se produce el enfrentamiento?, a pesar de que unos y otros –al menos así lo confiesan– condenan la dictadura franquista.

 

Hace unos días vi una película cuya trama, basada en hechos reales, consistía en la negación del Holocausto judío  –Negación, es también el título de la cinta– por un historiador inglés que inicia un proceso judicial contra una profesora norteamericana que defendía lo contrario, lo que a todas luces es la verdad admitida: los atroces asesinatos en masa cometidos por el nacismo (las teorías negacionistas tienen su origen en el olvido y el tiempo transcurrido desde los hechos y en la falta de información de una inmensa mayoría de ciudadanos)

 

Cuando estudiaba Historia durante los años de opresión, a pesar de los planes de estudio, nunca llegaba siquiera a iniciar el siglo XX porque el curso siempre acababa antes, y cada vez que comenzaba un nuevo año académico regresábamos a las Cuevas de Altamira. Hoy, analizándolo con perspectiva, tengo que decir que probablemente aquel olvido haya sido beneficioso al no tener que estudiar los acontecimientos bajo el sesgo de la pluma de Ricardo de La Cierva, dependiente del Ministerio de Información y Turismo durante la dictadura.

 

En los años siguientes, a medida que la nueva organización político-social se consolidaba al amparo de la Constitución del 78, fueron naciendo textos y posiciones diferentes respecto de la Guerra Civil y los años de la dictadura. Unos estudios que siempre contaron con el obstáculo de la información destruida o reservada y, también, con un sector de la población contrario, que siempre justificó las crueldades de los vencedores en base al conflicto bélico, olvidando que después se sucederían 36 años de asesinatos, persecución de los vencidos y represalias de todo tipo: una época de autarquía y aislamiento político del mundo exterior, de persecuciones ideológicas, de miedo y represión que no puede justificarse bajo el paraguas de “todos cometieron atrocidades”

 

Llama poderosamente la atención la vigencia del anecdotario, como la creencia común de que Franco nos libró de intervenir en la  Segunda Guerra Mundial  al desarrollar toda su estrategia y astucia en la vista que mantuvo con Hitler en Hendaya (a este respecto, consultar lo escrito por el reconocido historiador inglés Paul Preston), o las constantes alusiones al crecimiento económico de los años 70 como un éxito de la política económica del dictador, olvidando que el despegue del resto de los países de nuestro entorno se produjo en un momento anterior, a pesar a que la SGM terminó seis años más tarde que la española, y no recociendo en su justa medida el impacto del turismo o la contribución en forma de las renuncias y modos de vida austeros de aquella generación.

 

El pasado sigue revuelto y no sólo eso: por el camino que llevamos dudo mucho que alcancemos a olvidarlo y quizás la reconciliación de las distintas posiciones se produzca con el olvido, la desinformación y el desconocimiento de la Historia, cuando las teorías negacionistas se implanten definitivamente situándose en el mismo plano de veracidad que quienes asientan su criterio en el estudio de los hechos, y sean éstos últimos quienes tengan que demostrar empíricamente las pruebas, como sucede en el film mencionado.

 

Las referencias al pasado siguen levantando ampollas, acaso auspiciado por los propios medios de comunicación, que obtienen beneficios por su puesta en escena y coreado por una generación madura, nacida durante la postguerra y anclada en sus diatribas y referencias a la quema de iglesias durante La II república, a la matanza de Paracuellos o a la dureza empleada por la Guardia Civil en la dictadura (en lo que respecta a los hijos de los debatientes, la siguiente generación, se dice que apenas tiene conocimientos de esa época)

 

Por poner un ejemplo de rabiosa actualidad, unos presentadores de televisión han sido demandados por unas observaciones despectivas a la cruz del Valle de los Caídos, bajo la acusación de ofender los sentimientos religiosos –en base el artículo constitucional que ampara la libertad religiosa se ha legislado profusamente, en contraposición con el escaso desarrollo legislativo de otros preceptos  también reflejados en la Carta Magna –, interpuesta por una asociación de ideología franquista. Una demanda que la mayoría concluye que no prosperará, pero que retrata la ligazón y dependencia institucional del pasado.

 

Sorprende que, muchas veces, sean los mismos que disculpan el incumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica por su coste los que votan al partido del gobierno, los que justifican el coste económico de la corrupción; a veces, también, los que se ofenden por atentar contra sus sentimientos religiosos, siempre a flor de piel.

 

Es hora de realizar actos y tomar decisiones que contribuyan a la conciliación, de poner los medios para identificar los cadáveres enterrados en las fosas comunes, de resarcir a los vencidos, de no justificar la inacción administrativa por el coste económico.  En caso contrario, el pasado más funesto y sanguinario, también el enfrentamiento de lo que Machado llamó las dos Españas está condenado a formar parte de la realidad.

 

 

 

Antonio Pérez Gallego

 

Madrid

 

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