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Multitud de comportamientos son etiquetados como «machismo» en la opulenta sociedad actual, e incluso se han creado de la nada categorías hasta ahora inexistentes, como los ya familiares «micromachismos». Y no parece descabellado pensar que a no mucho tardar seremos bombardeados por supuestos «inframachismos», «supramachismos», «paramachismos», y todos los equismachismos que se le ocurra a la clase dominante, siempre con el coro de palmeros presto al bullicio, que mientras hay juerga no se piensa en cosas más importantes: el ruido de la fiesta lo apaga todo. Y a menos que el panorama intelectual cambie de forma tajante, casi diríamos revolucionaria, nos lo tragaremos todo cual puré de verduras, sin ni siquiera preguntar por los ingredientes que contiene tan apetitoso plato invernal.

Pero a lo que voy… Hemos aceptado bovinamente (¡pobres bovinos!) toda suerte de prefijos, sin reparar en su núcleo sustantivo: machismo en este caso. Porque digo yo que para permitirnos parir vocablos con mimbres preexistentes, habrá que tener al menos claro el significado de la palabra nutricia, sea cual sea esta, siempre y cuando esté consensuado, qué menos.

            Así pues, convengamos que machismo es la “Actitud o manera de pensar de quien sostiene que el hombre es por naturaleza superior a la mujer”, y el comportamiento machista cabe aplicarlo a “Quien desprecia rasgos o comportamientos considerados típicamente femeninos, que refiere a la prepotencia de los varones respecto de las mujeres”. Cada cual añadirá de su propia cosecha detalles concretos a cada definición, de forma que quede a su gusto. Pero asumiremos como válidas las enunciaciones expuestas, que a un servidor le satisfacen de largo. En consecuencia, y por ir atando cabos, convendremos que machista es todo aquel que encarna en su generalidad las características del machismo. ¿De acuerdo?

Un señor asesina a hachazos a su esposa. Ambos pasan de los sesenta, y llevaban casados más de media vida. Los medios, sin apenas excepción, califican el terrible suceso de «crimen machista», y los hooligans ideológicos agregan lo de que “la mató por el simple hecho de ser mujer”. Si nos atenemos al [consensuado] significado de las palabras, el crimen es de naturaleza machista, porque el autor padece tan indeseable dolencia. El relato oficial establece que el tipo arremetió contra su compañera porque era mujer, y punto. Bueno, pues hasta aquí el escenario mediático e/o ideológico, que aceptaré por lo que compete al presente artículo. Y emplearé lo que queda del mismo para sembrar en él algunas reflexiones personales, que irritarán a unos, hervirán la sangre de otros, y espero que aplaudan algunos, aunque nada más sea de puertas para dentro, nada de exteriorizar opiniones disidentes con la corriente oficial (riada, en sentido estricto), no vaya a ser que te señalen y quedes marcado para los restos en la oficina, en el grupo de amigos, en clase o en la comunidad de vecinos. La muerte civil en vida, sin tribunal ni policía, pues todos nos hemos convertido en uno, sin necesidad de toga o uniforme para el papel sobrevenido. Y sin haberlo consensuado, hablando de.

A quien esto suscribe le parece en extremo raro que alguien afectado por tan grosero machismo no hubiera procedido de esa asesina manera muchos años atrás, justo cuando consideró que toda hembra de su propia especie merecía ser descuartizada en vida. ¿Cuándo se enteró el paisano de que su partenaire era chica? Porque al menos estaremos de acuerdo ―o quizá ni eso― en que, aquejado de machismo y sabedor del sexo de serie de la mujer, demasiado tiempo tardó en cometer el crimen. También pudiera ser que le cogió un machismo cuartelero y feroz en un momento dado, al despertarse tras una noche pesadillesca, o mientras veía su serie favorita repanchingado en su también favorito sillón. A veces las cosas más increíbles ocurren, sin entender cómo. Y con frecuencia ciertas cosas no ocurren, y creemos a pies juntillas que sí. Pudiera encajar aquí nuestro caso, desde luego.

Es com-ple-ta-men-te-ab-sur-do pensar que el escabroso suceso apuntado pueda pertenecer a un comportamiento ni cercanamente machista, pues desconocemos el motivo último de la carnicería, que con casi total seguridad derivó del [mutuo] odio, zanjado por él a machetazos, acaso antes de que ella le tomara la delantera con el preceptivo cianuro en el cocido, método mucho más lento, menos seguro, pero que, de triunfar, te lleva al mismo sitio que el corte limpio de la yugular.

Si bien el machismo existe desde que el mundo es mundo ―o mejor será decir que desde que los humanos somos humanos―, por suerte, supone una residual estadística que tal sesgo arbitrario lleve a alguien a matar de manera tan atroz a quien fue durante décadas su compañera de alegrías y desdichas, de proyectos conjuntos y hasta de hijos comunes. Quiero pensar que no estoy afirmando nada extraño, aunque cierto es que en los tiempos que corren crees estar en una zona segura, cuando en realidad transitas ingenuo, como oso borracho, por campo de minas.

Que un hombre asesine a su compañera sentimental actual o pasada no ha de tener necesariamente relación alguna con eso que llamamos machismo, si nos atenemos a su oficial definición (¿a qué si no?). Reitero: nada que ver. Dichas tragedias se desencadenan las más de las veces por un desamor que muta con el tiempo en odio efervescente, por discrepancias de múltiple naturaleza que abandonaron la mera discusión para ir cristalizando sin apenas percibirse los actores en inquina recíproca e irreparable. Y en no pocas ocasiones por causas que la mayoría ni podemos evaluar con un mínimo de solvencia, pues desconocemos sus entresijos.

Pues sí, los humanos llegamos a matarnos entre nosotros por las razones más variopintas. Pero no procede etiquetar la agresión con apellidos que objetivamente no le corresponden, por cuanto no encajan en los hechos ciertos. Y la triquiñuela del lenguaje funcionará para algunos ―quizá una generosa mayoría; qué triste, en cualquier caso―, pero no para todos durante todo el tiempo. Forzar el escenario hasta que vomite lo que queremos es, digámoslo claramente, una forma como otra cualquiera de manipular la realidad con objetivos nada virtuosos. La verdad es la verdad, y cualquier intento de alterarla para conseguir cambiar su percepción por los demás es lo que parece: un ejercicio de maniqueísmo tan chapucero como eficaz, a tenor de los resultados, pero sobre todo un gravísimo acto de deslealtad intelectual.

Por cierto… ¿podría considerarse de carácter hembrista el asesinato del niño Lucio Dupuy (cinco añitos la criatura) a manos de sus madres? En breve se hará pública la sentencia, y sería deseable que el texto apuntara algo al respecto. Les aconsejo que se documenten sobre este terrible caso, pues esperarán sentados si creen que este neofeminismo que nos ha tocado sufrir va a traerlo a colación en las redes.

¡Ay!

Kepa Tamames

Escritor

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