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Para los clásicos, no había acción sin teoría, ni teoría sin acción. Ello llevaba a que los principios fueran esenciales como elementos orientadores y organizadores del pensamiento y de la acción. Al margen del grado de bondad de nuestra Transición, esta ha sido nefasta para cualquier presupuesto doctrinario. Incluso mencionarla (la doctrina) tiene una interpretación general equívoca, como si se tratara de un mal, de un lastre inútil. Sorprende este desadoctrinamiento cuando cualquier manifestación del pensamiento (académico o profesional) que se precie tiene su insoslayable doctrina. Por ejemplo, la doctrina jurídica es esencial para la práctica del derecho, y denostarla sólo puede significar mala fe o ignorancia. Seguramente ha sido la reacción natural al régimen anterior en el que uno de los grandes problemas, al margen de lo social, era la ausencia de libertad. Sin embargo, libertad y pensamiento organizado no son incompatibles, sino todo lo contrario. La ausencia de reglas no lleva a la libertad, sino a la jungla.
Haciendo referencia expresa a los separatismos, mientras ellos han realizado una labor didáctica y de adoctrinamiento respecto a sus pretensiones, el abandono de tal aspecto por parte del Estado ha sido evidente. No está clara la intención: bien incuria, bien evitar dar pábulo a un asunto que se pensaba moriría por sí mismo. El propio lenguaje, soberanismo, denota que se ha evitado tratar el asunto de frente. No parece que tal táctica haya sido eficaz
 
Principios
Con los separatismos esto se evidencia más, sobre todo en el seno de la izquierda. Parece como si el separatismo fuera un presupuesto indeclinable. Aquí hay que hacer una aclaración previa. En este aspecto no se puede trazar una línea vertical en la cual se sitúen simétricamente izquierda y derecha, aplicándoseles idéntico tratamiento. Mientras que el modelo de sociedad de la derecha es (tiene el poder económico y político, más o menos condicionado si se quiere), la izquierda solamente es un proyecto. Lo que es no tiene mejor manifestación que la realidad que muestra. Por el contrario, todo proyecto (un deber ser) ha de presentarse como una relación ordenada de ideas coherentes entre sí.
 
Contradicciones
Y en ese aspecto ya se da la primera y gran contradicción de esa izquierda multiforme y teóricamente debilitada. Mientras que se puede transigir en todo lo fundamental, pues los principios prácticamente brillan por su ausencia, parece que sólo el separatismo es un principio sacrosanto, --con perdón de la palabra— e incuestionable. Y se olvidan antecedentes clásicos como, por ejemplo, la crítica de un Engels a aquel cantonalismo español que sólo hizo realmente una cosa, perjudicar el advenimiento de la primera república, paso esencial para posteriores avances progresistas. En ese error se reincidió varias veces, hasta la actual situación.
 
Curiosamente, la raíz del pensamiento de izquierdas es internacionalista.
Un izquierdista era alguien que no concebía las fronteras, que se sentía incapaz de conciliar racionalmente eso de que un francés y un inglés constaten a la vez, de forma excluyente, que sus países son los mejores modelos del mundo. Una prueba de este antinacionalismo puede ser, por ejemplo, el nombre del antiguo partido socialista francés, que se denominaba Sección francesa de la internacional obrera (SFIO), lo cual duró hasta el cavernícola año de 1969. ¡Es que eso es mucho pasado! se responderá. Pues no, la UE, territorialmente hablando, es en cierto sentido la expresión actual de esa interpretación tendente a romper fronteras, así como lo son la regionalización mundial y la globalización. Y no digamos el peso de los tratados internacionales, que se sitúan en la cúspide de la mayoría de los ordenamientos jurídicos del mundo. Y dentro de ese panorama general, dentro de ese esquema organizativo, van reproduciéndose en cascada y coherentemente los demás modelos (organizaciones militares, organizaciones comerciales, organizaciones financieras, internacionales políticas y sindicales, organismos jurisdiccionales, organismos arbitrales, fenómenos culturales (como el del idioma), etc.
 
Mientras tanto, esa izquierda que se cree actualísima frente a modelos supuestamente anacrónicos, se estrella permanentemente contra el escollo de la compartimentación, de la fragmentación, de la división, del progresivo debilitamiento, creándose a sí misma problemas que a cada paso dificultan su verdadera finalidad, la de fortalecer la solidaridad, o apurando más, la solidaridad social.
 
Lo social ¿básico?
Y por una serie de reglas de tres incomprensibles –seguramente con regocijo de la derecha inteligente—a cada paso que da esa izquierda se aleja más y más de sus presupuestos básicos con medidas que la sitúan en las antípodas de su finalidad verdadera. Pero claro, si el de la igualdad ya no es un principio esencial, ¿cómo invocar la igualdad interregional y combatir la insolidaridad entre regiones pobres y regiones ricas?
 
Y si el concepto de clase es irrelevante, ¿cómo sorprenderse de que puedan hacer frente común, moralmente hablando,  dos clases antagónicas de una misma región –o nacionalidad—frente a las clases que se supone son sus respectivas gemelas en las demás regiones –o nacionalidades--, como si la sangre, si es que hay tales diferencias, fuera el elemento aglutinador y definidor de la modernidad? Y uno creyendo que el ius sanguinis era lo verdaderamente anacrónico y caduco.
 
En definitiva, las clases más necesitadas tienen como prioridad todo aquello que atienda sus carencias sociales más básicas: Trabajo, alimentación, sanidad, vivienda, enseñanza, desempleo, pensiones, etc., al extremo de que les importará poco irse al extranjero (incluso a Laponia) y hablar un idioma extraño si en ese lugar se satisfacen tales necesidades; y es seguro que no antepondrán cualquier identidad nacional a sus necesidades vitales.
 
Tampoco hay prueba que demuestre que la gestión de los gobiernos nacionalistas ha sido más social que la del resto de España. Ni más ejemplares en el asunto de la corrupción, que ese sí que es un asunto corrosivo para la unidad y la democracia.
 
Subjetivismo
Y dentro de esa dejadez del pensamiento organizado ¿cómo hacer referencia a aspectos filosóficos en una época en la que hasta los ministerios de educación van a la caza de la filosofía como si de una antigualla inútil se tratara? Por ello, siendo tan reales y esenciales ¿cómo hacer referencia a aspectos subjetivos y objetivos sin que se reproche tal forma de análisis ? Pero no, la filosofía es una brújula esencial, salvo para los que no tienen o quieren rumbo. Por ejemplo ¿cómo entender desde una posición de izquierdas que una organización de izquierdas no pueda transigir con un asunto subjetivo, personal, –en este caso Mas— y sí pueda transigir con otro candidato que representa idéntico ideario político? ¡Pero si ambos candidatos son la misma expresión de unos intereses comunes de clase! Aquí vemos cómo se está dando importancia a un apellido secundario, sin que se tengan en cuenta millones de apellidos de trabajadores españoles. Anteponer el objetivismo al subjetivismo tiene una trascendencia filosófica tan profunda, que divide a la filosofía en dos escuelas fundamentales y antagónicas. Asunto, que por cierto, no se trata ya ni en las facultades de filosofía; así van los tiempos.
 
Si las fuerzas progresistas representan a las clases más necesitadas, socialmente hablando ¿es bueno dividir (debilitar) a esos millones de apellidos españoles? ¿Es beneficioso desde una perspectiva de clase, fragmentarlos en nacionalidades, etnias, clanes? Sin embargo, no es esa la prioridad que se impone; no, estamos enfrascados en si se ha de hablar castellano o catalán, mientras todos aprendemos con entusiasmo el inglés.
 
Sin preocupaciones de política exterior
No, se responderá, es que compartimentamos el frente de conquistas sociales para ir avanzando parcelas progresivamente.
 
Ese es otro problema --y muy grave-- de las formaciones políticas en general, la despreocupación por la política exterior (por no decir la geopolítica). ¿Podemos imaginar una tripulación que sólo se preocupara del camarote en el que duerme, ajena al rumbo y mantenimiento del resto del barco? Se responderá que los máximos responsables sí tienen presente tal aspecto, pero, a) No se trata tan sólo de cumplir órdenes del exterior, sino de articular esa soberanía estatal con verdadera autonomía. b) Que sólo las clases dirigentes sean conscientes de este aspecto de la política es insuficiente. En el desarrollo de políticas entre estados es fundamental el respaldo popular. Una clase dirigente desconectada de su pueblo carece de capacidad para contrarrestar presiones exteriores muy poderosas. ¡Que buen pasto para las poderosas multinacionales esos pequeños estados!
 
A pesar de que parezca que hay bloques homogéneos con idénticos intereses, la realidad es que esos bloques, existiendo, no se relacionan entre sí en una igualdad de condiciones, sino concéntricamente, de forma que en un mismo bloque hay naciones centrales y naciones periféricas, y ya puede uno imaginar qué papel se pretende para las periféricas.
 
Compartimentar esa periferia es debilitarla, y es una ingenuidad creer que en ese aspecto tan determinante –el más determinante—los que se separen escaparán fortalecidos a los designios de los poderes centrales exteriores. El primer efecto será que estos poderes procurarán el enfrentamiento entre los más débiles, para presionar sobre todos. Si no miremos el atlas mundial y relacionemos la fragmentación de países con su posterior desarrollo.
 
Aparte de: ¿ese novedos y teórico régimen (¿de izquierdas?) que haya de surgir, saldrá de la UE, de la OTAN, de la OMC, será ajeno a los dictados del FMI, del BM; se escabullirá con más facilidad del TTIPP y de sus consecuencias? ¿O todo quedará en que se hable catalán (después del inglés, por supuesto, y se bailen más sardanas? Es decir ¿se anteponen los aspectos folklórico culturales al hecho de que dos estados más pequeños, más debilitados, ocupen, un lugar más subalterno aún? No me extrañaría toda una serie de maniobras de otras potencias  para absorber a los nuevos estados y enfrentarlos artificialmente.
 
Este asunto, en sus múltiples y variadas facetas, posiblemente ha incidido torcidamente con otro asunto del ideario clásico de la izquierda: el del colonialismo, de forma que, ahora que conviene, se resucite emocionalmente la sombra de un principio que tiene su razón de ser en la relación entre países explotados (colonias) y países explotadores (metrópolis). Pero nadie puede presentar seriamente a las nacionalidades de España como zonas explotadas por metrópolis conformadas con regiones como las de Extremadura o Andalucía. Más bien al contrario. Y ese secesionismo que se plantea, no es precisamente para huir de una situación de subyugación, sino, por el contrario, convertirse en una especie de aristocracia nacionalista para vivir mejor y con indiferencia de cómo quede el resto.
 
Correlación de fuerzas, democratismo.
Es que es una reacción contra la tradicional política de derechas de España, se dirá también. ¡Pues vaya! En las elecciones catalanas de 2015 no ha sido la derecha la que haya perdido: un 66% de los votos ha ido a parar a la derecha estatal y nacionalista, más un 13% de un PSOE que, aparte de ser tildado de derechas por esas mismas fuerzas separatistas, ya ha aclarado su postura negativa a una secesión. ¿De qué otras fuerzas populares se habla entonces? La suma de los anteriores porcentajes arroja un 79% de población votante. Si se realizan unas elecciones posteriores, tanto en Cataluña como en el resto de España, la derecha seguramente se fortalecerá, precisamente por optar en ese aspecto por una política clara y coherente en sus postulados. Ellos siempre han invocado la unidad territorial. Tal coherencia en ese aspecto la debería analizar toda la izquierda sin exclusiones.
 
Y en ese mundo de las relaciones y de las reacciones ¿ha analizado esa izquierda las repercusiones que pueden causar las decisiones insolidarias? El lepenismo en Francia, por ejemplo, está ascendiendo con pasos seguros Y hay que preguntarse: ¿Ese movimiento sólo se basa en un racismo frente a la emigración, o es también una reacción contra políticas ultraliberales sin fronteras que, en definitiva, no tienen contestación ideológica por parte de nadie (mucho menos por los propios, claro está) emperrados que estamos todos en los asuntos menos amenazantes.  El debilitamiento, el descuartizamiento de los estados y del servicio público que en general representan, tiene sus propias causas, entre las que se cuenta la inactividad, los enfoques erróneos, la insolidaridad de otras formaciones políticas. Quizás los muros de las nacionalidades se han elevado tanto, que no dejan ver el resto del solar. Si no, reléase la historia entre los años 1929 y 1939. Pero ¿para qué la historia, no?
 
Aspecto (raíces) culturales
Por otra parte ¿qué es eso de las raíces como elemento decisorio de un pueblo? Porque hay raíces, hierbas y flores de todo tipo. ¿Son idénticamente identitarias las raíces de alguien que procede secularmente de amos, señores feudales, empresarios, a alguien que lo hace de esclavos, siervos, proletarios? ¿Hay acaso que sentir nostalgia por los malos usos señoriales? ¿Hablamos de raíces paganas, raíces católicas, o nos están entreteniendo una vez más para que no hablemos de los modernos (subrayado) derechos sociales a conquistar o a no perder?
 
El otro día, Teresa Rodríguez encontraba la fórmula mágica para resolver dudas políticas: Volver a sus bases asamblearias. Uno siempre habría creído que ser dirigente político era algo difícil y sacrificado. Un político que se preciara era un casi intelectual. Por supuesto, si era un dirigente democrático, nunca se apartaba de los deseos y necesidades de la clase o pueblo al que representara; pero eso no significaba sustituir los papeles y pasar de dirigente a dirigido. No representaba que, desnudo de todo bagaje doctrinario e intelectual, simplemente se presentara ante los suyos y les preguntara, ¿y ahora qué hacemos? No, eso forma parte de este mundo en el que se improvisan los partidos, se contradicen los programas máximos, o no se tienen, se incumplen los programas mínimos, se ignora la necesaria coherencia entre principios y decisiones, en el que da los mismo decir en esta asamblea economía planifica, y en la siguiente neoliberalismo a ultranza. Ya el Pablo Iglesias decimonónico decía que no había llegado para halagar los oídos. Y que no se tome esto como invectiva contra los nuevos partidos, que después de todo tienen el mérito de haber roto ese punto de estancamiento que tenía –o tiene—nuestra política nacional.
 
Áureas
Por otra parte, todos los movimientos separatistas, aquí y en Pekin, se presentan con un áurea virginal, con un áurea novedad pura, que por ello se nutre de principios justos, democráticos y populares, frente a la corrupción que representa el envejecido poder centralista. Sin embargo, una vez que esos estados se constituyen en nuevo poder central, se envejecen rápidamente y demuestran que sus principios no son tan novedosos. Por ejemplo, ¿están dispuestos a permitir la correlativa separación en sus propios territorios, si así lo demandan? Sería ingenuo pensar que existe tal posibilidad. En tal caso, puestos a suponer un referéndum –que es mucho suponer-- no votaría sólo la población que desea separarse, sino el país al completo, cosa que no admiten para el territorio español que resta.  
 
En definitiva, lo que se quiera, pero sin tales áureas de irreprochabilidad que impiden el más superficial ejercicio de la dialéctica, es decir, que impiden sopesar las cosas sin prejuicios de superioridad. 
 
Luis Méndez
Funcionario de la Administración local. {jcomments on}
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