Por Enrique Arias Vega

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Estoy pensando en rotular mi propia vida como ciertos establecimientos comerciales. Así: Enrique Arias Vega, abierto en 1943; próxima clausura por liquidación de existencias.

 

No es que uno sea morboso ni que piense dejar todo esto deprisa y corriendo. No.

Últimamente caen como chinches los ciclistas en la carretera. Y perdóneseme lo brutal de la expresión, porque más bestiales son aun los automovilistas que se los llevan por delante.

El triunfo electoral del francés Emmanuel Macron y el Gobierno que ha confeccionado son justamente lo contrario que el extremismo de uno u otro signo que impera en USA, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, Austria…

Al parecer, no es verdad que en una democracia todos los votos sean iguales.

Mariano Rajoy ha concedido al Gobierno vasco 1.400 millones de los 1.600 que le pedía Íñigo Urkullu para mejorar el cupo fiscal de su comunidad autónoma. Todo, a fin de conseguir el voto favorable de los cinco diputados peneuvistas al proyecto de Presupuesto.

Tenemos que darle las gracias a Podemos, aunque sus más críticos lo pongan un día a parir y el otro también.

A pesar de sus extravagantes numeritos políticos —o, mejor, gracias a ellos—, el partido de Pablo Iglesias canaliza una serie de frustraciones populares que, si no, no hallarían cauce alguno dentro de los partidos tradicionales y se manifestarían abruptamente y quizás hasta con violencia.

Francia no se parece políticamente a España en nada.

Para empezar, carece de las agudas tensiones territoriales de nuestro país. Es más: no hay nacionalismos o independentismos como los de Euskadi y Cataluña, porque sus homólogos, Iparralde y Rosellón, son unas de las regiones más deprimidas económicamente de Francia.

Ironizaba el otro día Pablo Iglesias con que “todos los políticos son iguales”, queriendo decir obviamente lo contrario: que no lo son ni por asomo.

Respondía así a una pregunta de la periodista Cristina Pardo sobre una mariscada de Ramón Espinar en Galicia, de la que presumió el dirigente de Podemos en Facebook hasta que, quizás debido a las críticas, retiró su mención de las redes sociales.

Reconozco que últimamente me desazona vivir en España.

No sólo por la degradación de las condiciones de vida de muchas personas, que también. Pero, sobre todo, por la sensación de pesimismo generalizado, de queja constante, de tensiones ideológicas y políticas entre unos y otros…

¡Y eso que sois unos juerguistas que vivís ‘de puta madre’!”, me dice un amigo extranjero, afincado entre nosotros desde hace años.

Lo cierto es que, desde que llevo unas semanas recorriendo países foráneos, me siento más relajado. No es porque ellos no tengan problemas —¡vaya por Dios que sí!—, sino porque se los toman con más calma.

Ahora llevo unos días en el Reino Unido, sí, el país del brexit, de la masiva inmigración multicultural, del último atentado islamista en el puente de Westminster, de la difícil negociación con la UE, de los precios inmobiliarios por las nubes…

La Democracia existe desde hace cuatro días, como el que dice, porque casi nadie cree en ella. Y no me refiero solo a la mayoría de países de la ONU, que son regímenes autocráticos, en uno u otro sentido. Sino también a las naciones y personas aparentemente democráticas: en la Grecia clásica, por ejemplo, solo podía expresarse libremente un reducido número de ciudadanos y en nuestra admirada Suiza la mujer no pudo votar hasta el muy reciente año 1971.

El fallecido empresario Leopoldo Rodés lo dijo en privado hace ya muchos años: “En Cataluña mandamos siempre las mismas 200 familias, bajo un régimen político u otro”.

Ni usted no yo conocemos ningún país con menos aprecio por los símbolos nacionales que el nuestro. Ver una bandera española en nuestras calles resulta improbable y, por no tener, hasta carecemos de texto en nuestro himno nacional.

En 1993, en plena guerra de los Balcanes, un grupo de periodistas españoles acompañábamos a un gran convoy de ayuda humanitaria a los bosnios, organizado por el Grupo Zeta. Entonces, la mejor garantía de nuestra supervivencia fue la presencia de tropas españolas encuadradas en las fuerzas de la ONU. Recuerdo haber oído a Carlos Carnicero comentar: “¡Quién me iba a decir a mí, tras abominar de los militares durante el franquismo, que este nuevo Ejército español iba a ser mi mejor amigo!”.

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