Nuestro Parlamento no es peor que el de otros países de nuestro alrededor, donde también se dicen burradas y hasta se producen actitudes tabernarias en vez de debates democráticos. Pero su actividad aún queda más embellecida por la nefanda práctica de “que no consten en acta” las barbaridades emitidas por sus señorías, como ordenó el miércoles la presidenta de la Cortes, Ana Pastor.

 

Ese artilugio de hacer que no haya ocurrido lo que sí sucedió viene siendo de uso habitual en el Congreso. Así, cualquier historiador que sólo utilizase las actas de las sesiones parlamentarias creería que nuestra vida asamblearia, ahora y antes, era una balsa de aceite. Y no es así.

Por eso, estoy de acuerdo, por una vez, con alguien de Podemos, en este caso del diputado Rafael Mayoral, cuando sensatamente dice, frente a la aquiescencia de otros: “Todo lo que se diga en esta Cámara tiene que quedar reflejado”.

Afortunadamente, hoy sí que queda amplia constancia del devenir parlamentario —y de otras peripecias públicas— gracias a los medios de comunicación, que lo graban en directo, lo regraban, lo retransmiten y hasta lo retuercen hasta el infinito. Antes, lamentablemente, no era así, en un mundo en el que la opacidad, el secretismo y la falta de información, favorecían el desconocimiento de las cuestiones que afectaban al personal.

No obstante, ese proceder de hacer desaparecer lo ocurrido —en este caso, de las modestas expresiones de “golpistas” y “fascistas”, que más que insultos pretenden ser meras descripciones— es una variante light de la desmemoria histórica tan de moda, es decir, de recrear una versión de lo sucedido en nuestro pasado que no tiene nada que ver con la realidad.

Según esa memoria desmemoriada, resulta que todos los símbolos nacionales son franquistas, que la República era un estado idílico de fraternidad, donde no ocurrían atroces crímenes políticos, o que cualquier militar a quien tocó participar en la guerra de Cuba ya era un fascista avant la lettre.

Éstas y muchísimas cosas más son las que pueden permanecer en el recreado recuerdo colectivo gracias a esa funesta manía de “que no consten en acta” los sucesos reales para que quede todo el espacio de la memoria a la imaginación, la invención o la manipulación informativa.

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