Vuelvo a España tras un breve período en otro continente y me encuentro un país descuajeringado. Según el diccionario, eso significa “que tiene sus partes flojas y destartaladas por el uso o el tiempo”.

Vaya que sí. Ninguna decisión de autoridad alguna se cumple o se mantiene y el único que sigue inmutable en su sitio es el cadáver de Francisco Franco, que a estas horas debería estar no se sabe dónde.

 

Por no respetarse las decisiones institucionales, ni el propio Tribunal Supremo observa las suyas, contradiciéndose, cambiando de criterio y dando el bochornoso espectáculo de su ostensible división.

La Judicatura no es la única institución que se contradice. Lo hacen todas, empezando por un Gobierno que el mismo día dice una cosa y la contraria, según sople el viento de su conveniencia política o de su necesidad perentoria de mantenerse a toda costa. Eso vale para la modificación de leyes a golpe de decreto, para enmendar la plana a los jueces, para alterar la calificación penal del 21-O o para corregirse a sí mismo, elaborando unos Presupuestos pero estado dispuesto también a prorrogar los contrarios (los del PP) con tal de evitar que haya elecciones.

Ya ven si esto es o no un carajal de cuidado, que pilla desprevenidos a los desinformados como yo, que hemos estado más pendientes de lo que ocurría en otros lugares que de lo que acontecía en nuestra propia casa.

De todo eso, qué quieren que le diga, lo que más me preocupa es el descrédito de la Justicia, incluida la deslegitimación europea del último proceso a Arnaldo Otegi. Eso, el impuesto sobre las hipotecas y otros asuntos a caballo entre la delincuencia y la política, permiten que Quim Torra y demás demagogos pongan en cuestión, una vez más, la democracia española, una de las más tolerantes y liberales de todo el mundo.

Peripecias y desatinos como éstos suceden en otros lugares, por supuesto, y hasta son muchísimo más perturbadores y violentos, si cabe, pero no sólo me preocupa que esta vez se trate de mi país, sino que esa sensación de descomposición y desmoronamiento institucional resulta más intensa que nunca.

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