Si cualquier político se autoconcede una subvención de sólo 600 euros armamos la de Dios es Cristo. En cambio, ya ven, Cristiano Ronaldo ha sido condenado a dos años de cárcel y 18,8 millones de euros por cuatro delitos fiscales y nosotros tan frescos: seguimos admirándole, comprando sus camisetas y desgañitándonos por sus éxitos deportivos.

 

Lo lamentable es que se trata de un gigantesco robo a todos los ciudadanos, con el que se podrían haber alimentado hasta 10.000 personas durante un año y que nos obliga a los demás a pagar más impuestos.

Sucedió lo mismo hace un año con Lionel Messi, con lo que el fraude no afecta a un único color deportivo. Entonces, el azulgrana fue condenado a 21 meses de cárcel por tres delitos fiscales y un importe de 4,1 millones de euros. Una bagatela para él, pero que para miles de ciudadanos les ha supuesto un penoso esfuerzo tributario añadido con el que poder sufragar los gastos sociales de este país.

Así andamos, mirando con lupa los gastos de cualquier edil de tres al cuarto al que se le va la mano y teniendo, en cambio, unas tragaderas mayúsculas con deportistas, rockeros y otros héroes populares que jamás han salvado la vida de un inmigrante a la deriva en una patera porque cuando no juegan navegan en yates de superlujo, ocultando sus fortunas en paraísos fiscales.

Y no se nos diga que la fortuna que defraudan no es de todos. Una cosa es que ganen dinero a paladas, como si jugar al fútbol fuese más importante, por ejemplo, que hacer cirugía reconstructiva, investigar la cura del cáncer o ayudar a los niños de Sierra Leona. Lo aceptamos, porque estos son los valores que ha establecido nuestra sociedad y la prelación que existe de unas actividades lúdicas sobre otras de interés público. ¡Pero que no contentos con ello además nos roben! ¡Y que lo hagan precisamente con el dinero de las personas que los admiran!

Lo peor de todo es que mientras exigimos responsabilidades a otros por tres duros, seguimos perdonando a nuestros ídolos, embobándonos con ellos y hasta justificando su conducta, que imputamos a veces a quienes les asesoran y hasta a quienes creemos que les tienden una trampa o les difaman.

Somos, pues, incorregibles.

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