Bancos, grandes compañías de suministros e instituciones públicas están agobiándonos con cartas en las que cuentan que “tu privacidad (la nuestra) es importante para nosotros”, teniendo por eso que aceptar explícitamente el presunto cuidado con el que ellos van a tratar nuestra información personal.

 

Al mismo tiempo, como comprobación de que nuestra intimidad tiene más agujeros que un queso gruyere, si proyectamos un viaje a Nepal, alquilamos un apartamento a Denia o leemos la última novela de John Grisham, las redes sociales nos inundan inmediatamente de publicidad conexa con esa elección, porque resulta que en la red cibernética se sabe todo sobre nosotros.

No hay, pues, bienintencionada Ley de Protección de Datos que valga, ya que, tanto si damos éstos voluntariamente como si no, tanto si pretendemos preservarlos como, por el contrario, divulgarlos, alguien siempre acaba utilizándolos en su propio beneficio.

La culpa de ello, digámoslo ya, la tienen unos políticos a los que muchas veces se les achacan otros delitos inverosímiles e improbables y, en cambio, se les considera vigilantes guardianes de nuestra privacidad, cuando en realidad son los primeros en violarla, amañando las listas electorales, indagado sobre los deseos de nuestro subconsciente o haciéndonos adoptar una u otra postura acorde con sus intereses.

Porque, ésa es otra, la intimidad personal y la libertad de la conciencia individual no benefician tampoco a los grandes medios de comunicación, que prefieren manipular a las audiencias, prejuzgando sobre las conductas públicas, condenando al personal antes de la instrucción del juicio y condicionando nuestra moral personal en vez de adaptarse ellos a las normas éticas socialmente establecidas.

De ahí, por ejemplo, la grotesca lucha actual de los partidos políticos por hacerse con el nombramiento del nuevo presidente de RTVE. Sumando el control de los medios audiovisuales, la utilización de los periódicos digitales, el camuflaje de blogs particulares como informaciones objetivas, la divulgación de fakes o noticias falsas en las redes sociales y demás parafernalia manipulativa, resulta que no hay libertad de conciencia que valga.

Y nosotros, pobres, aún creemos que nuestros datos y nuestra intimidad estarán protegidos…

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