Una noble ola de generosa solidaridad recorre España. Estamos dispuestos, en principio, a recoger a todos los inmigrantes que se juegan angustiosamente la vida, a que todo el mundo tenga una sanidad universal y gratuita, a rebajar el IVA a actividades y artículos de lo más variado y hasta que se viaje gratis por las autopistas.

 

Vivimos, pues, el mejor momento de apoyo y de generosidad colectivos; lo que ya no es tan seguro es que existan esa solidaridad y ese sacrificio a escala personal para así equiparar en todo lo mejor a nuestro prójimo. Porque no se trata sólo de preguntar qué deben hacer otros para mejorar todas esas prestaciones, sino de qué estamos dispuestos a hacer cada uno de nosotros para lograrlo.

Como acaba de reconocer el ministro José Luis Ábalos, uno de los impulsores oficiales de la beneficencia institucional, “gratis no hay nada”. O sea, que alguien tiene que retratarse, que debemos escalonar nuestras prioridades, que tenemos que prescindir de una cosa para obtener otra, que tenemos que estar dispuestos a rascarnos el propio bolsillo si queremos que alguien tenga lo que creemos que se merece.

¿Estamos dispuestos a pagar más, vía impuestos, ya que otro camino no existe? ¿Queremos que lo paguen sólo los que más cobran, aún a riesgo de disminuir así los estímulos para el trabajo y el progreso, o sea para la creación de riqueza? Bueno será saberlo, para entonces obrar en consecuencia.

Otra hipótesis sería la de reducir unas partidas presupuestarias, para darles ese dinero a otras. ¿Reducimos, por consiguiente, los presupuestos destinados a educación o a sanidad? No parece razonable. ¿Qué sean entonces los de las Administraciones autónomas y de las múltiples televisiones públicas? Tampoco parece que sea eso lo que queremos.

¡Ah! ¡Sí! Los de Defensa, aunque sólo sean cuatro duros y resulte insuficiente todo él hasta para subir un seis por ciento el volumen de las pensiones de los jubilados. Claro que si nos quedásemos sin Defensa, ¿cómo pensamos colaborar en solucionar en origen los problemas de la emigración africana? ¿O es que pensamos entregar nuestra seguridad y nuestra soberanía en manos de los EEUU de Donald Trump?

Como se ve, éste no es un problema de solución tan fácil y lo primero que requiere es saber qué sacrificios estamos dispuestos a realizar cada uno de nosotros en favor de los demás, a qué precio y con qué prioridades.

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