Estamos en plena moda reivindicativa de pedir más dinero para todo: desde equiparar los salarios de la Guardia Civil con la Ertzaintza, hasta mejorar las prestaciones por invalidez o las ayudas a la igualdad de género; peticiones todas ellas legítimas, pero a las que nadie aporta ideas de cómo financiarlas.

 

Ahora le toca el turno al aumento de las pensiones, tema que le afecta a uno, quien contribuyó a la Seguridad Social en su vida laboral con muchísimo más dinero del que ahora percibe. Claro está que esa suma nadie la guardó en un calcetín, hasta hoy día, sino que se gastó en los pensionistas de aquella época.

Ésa es la madre del cordero: que ahora hay muchos más viejos, que duramos más y gastamos más en la Seguridad Social, mientras que nace menos gente, consigue peor trabajo, muchos de ellos están en el paro y las instituciones públicas aportan en general más prestaciones que antes.

Por eso, no me valen las algaradas para pedir esto o lo otro, sino las propuestas de cómo conseguirlo sin que empeoren las cosas, porque freírnos a más impuestos para financiarlas o quitar unos servicios para obtener otros, ya me dirán qué tipo de soluciones son.

Nos dedicamos, pues, a protestar pero no a pensar qué hacemos para mejorar los sueldos del personal activo, cómo combatir efectivamente el paro, conseguir que haya más natalidad y que se ayude a las familias. Sólo así, con más trabajo, más población activa y mejores salarios aumentará el fondo con el que se nutren las pensiones sin poner en riesgo todo un sistema que, de no corregirse profundamente, no durará ni veinte años. ¿Quién va a decirles a los jóvenes que paguen con sus impuestos a los jubilados de hoy cuando ellos seguramente no tendrán pensiones?

Ése, y no el tener un euro más o menos, es el verdadero y pavoroso drama de nuestro imperfecto sistema de protección a la tercera edad. Hemos pervertido tanto los conceptos, con crisis económica y si ella, que ahora somos los viejos quienes con nuestras pensiones debemos mantener a hijos y nietos víctimas de una economía precaria, una situación inestable y una falta de estímulos para conseguir trabajo y mejorar profesional y laboralmente.

El mundo al revés y nosotros sin ideas para enderezarlo.

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