Cada vez que el Estado (en el sentido institucional más amplio) abre la boca, mete la pata.

Sólo así se explica que un país, como España, con una de las Constituciones más garantistas del mundo, una descentralización política y administrativa que sirve de modelo a otras naciones, el mayor sistema de libertades públicas y privadas de su historia, un régimen de ayudas a grupos y entidades de gente vulnerable y desfavorecida,… sea tachado de modelo de fascismo, de ausencia de derechos, de prácticas autoritarias, de falta de división de poderes y de otras lindezas semejantes.

 

Y que esas acusaciones y calumnias sean hechas (y/o toleradas) por sus propios compatriotas, aquí y en el extranjero, no tiene parangón posible.

Un Estado incapaz de contraponer a semejante algarada ideológica su propio relato objetivo de los hechos es un Estado ineficaz. Inútil, en cierto sentido.

De nada sirve que 80 millones de turistas (el doble que los ciudadanos españoles) vengan cada año a disfrutar aquí de ventajas y de posibilidades de las que carecen en su propio país si la propaganda interesada de unos pocos pretende convertir a nuestra nación en homóloga de Zimbabue o de Corea del Norte.

Resulta que no somos capaces de desmontar las patrañas de que aquí existen presos políticos, de la violencia policial o de la parcialidad de los tribunales y, en cambio, permitimos que la burda censura particular de una obra de arte, la retirada judicial de un libro o la condena por un probado delito de odio se conviertan en fenómenos virales, como si se tratase de abusos diarios y no excepcionales en la vida de los ciudadanos españoles.

Los responsables de un Estado que consigue estos lamentables resultados, insisto, son gente inepta, más al servicio de los enemigos de la convivencia que defensores de los intereses de sus compatriotas. Por eso mismo, quien piense que los problemas y la amenaza del independentismo catalán son cosa del pasado, se equivoca de medio a medio: nada ha cambiado, porque la percepción del Estado español que les llega a los separatistas (y a muchos que no lo son) es la de algo que no vale la pena, por su perversión y su inutilidad.

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