Como todo el mundo sabe, el himno español no tiene letra oficial. De los más de 200 países del mundo, compartimos semejante originalidad sólo con San Marino, Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Grandes potencias internacionales, todos ellos, por lo que se ve.

Ahora, la cantante pop madrileña Marta Sánchez acaba de tener la valentía y la delicadeza de cantar el himno con una letra de su creación, respetuosa y moderada. A mí, que ya soy muy viejo, me sigue gustando más la del poeta gaditano José María Pemán, de 1928, que está proscrita y vilipendiada por haber sido usada oficialmente durante el franquismo, aunque a mí me parezca objetivamente irreprochable.

 

Pero es que todo lo que tenga que ver con el himno español está maldito: no por nada, sino por tratarse de España, palabra (y concepto) que sorprendentemente escuece a muchos de sus ciudadanos, quienes pitan el himno, agreden u ocultan su bandera e intentan hacer desaparecer su nombre y hasta su propia realidad, como se aprecia en ciertos intentos secesionistas y/o aniquiladores.

Hace once años, el Comité Olímpico Español realizó un concurso para poner una nueva y aséptica letra al himno y, de 7.000 participantes, eligió la composición de un parado de 52 años, Paulino Cubero, que suponía tal prodigio de equilibrio, ecuanimidad y mesura que acabó por no emocionar a nadie y resultó injustamente arrinconada.

Y así seguimos: tarareando, todo lo más, la pegadiza música de la Marcha Real o Marcha Granadera, himno oficial desde 1770. No se crea, sin embargo, que su sustituto episódico durante el Trienio Liberal y las dos Repúblicas, el Himno de Riego, tuvo mejor fortuna que el otro, ya que cada cual le puso la letra que quiso, algunas de ellas con una mala uva impresionante.

Ahora, Marta Sánchez ha roto un tabú al demostrar que cualquiera puede poner en público su propia letra al himno español sin necesidad de esperar aval oficial alguno. Así que cada cual cante lo que le parezca, como si fuésemos un país normal y normalizado, y seguro que alguna letra acabará imponiéndose por la fuerza de los hechos y la aceptación popular y no por la del Boletín Oficial del Estado, que ni está ni se le espera.

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