Los independentistas catalanes han puesto en circulación una decena de artículos, opiniones e informes internacionales según los cuales Cataluña ganaría económicamente si se independizase de España. Es decir, si deja que otros, como Ourense o Cáceres, se las compongan por sí mismos.

 

Es un buen argumento de egoísmo insolidario. Como si Texas decidiese que le importa un pito lo que suceda en Nebraska o Carolina del Norte y se ahorrase de paso colaborar con un ejército que defiende las libertades de Occidente, incluidas las suyas.

Se trata del mismo razonamiento supremacista que podrían utilizar todas las regiones ricas ricas, a costa de las inversiones, infraestructuras y recursos humanos recibidos en detrimento de otras comunidades menos favorecidas, desde Zurich, en Suiza, a Groningen, en Holanda.

De ser cierto, no les faltaría razón. Es la misma justificación que emplean minúsculos paraísos fiscales, cuya independencia política les permite blanquear el dinero del narcotráfico o del terrorismo, sin ningún control internacional. También es la razón del ostentoso bienestar de los emiratos del Golfo Pérsico, que si tuviesen que compartir su fabulosa riqueza con las regiones árabes desfavorecidas solucionarían muchas de las tragedias humanas que secularmente existen en Oriente Medio.

En el fondo, se produce una lógica perversa de supremacismo en la insolidaridad: “es que nosotros somos superiores y nos lo merecemos; que hubiesen hecho como nosotros los demás y veríamos qué les habría pasado”.

Éstas son, pues, las coordenadas en las que se enmarca la escasa decena de estudios abstractos sobre la ventaja de una teórica independencia de Cataluña, si ésta existiese ya o se alcanzase de forma natural y armónica.

Pero tales supuestos no se dan. Nadie, pero nadie, ni en Europa ni en ninguna parte, estaría dispuesto a que unos pocos viviesen mejor a costa de los demás, ni que los ricos decidiesen pagar menos impuestos que los pobres, ni que los beneficios de la solidaridad interterritorial fuesen barridos por el egoísmo excluyente de quienes aspiran a ser superiores.

Y, como esto no se da, no hay pues ventaja que valga, aún en el caso de que fuesen ciertos esos reduccionistas y falsos estudios sobre los presuntos beneficios de una idílica situación de independencia.

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