He seguido los consejos de mi médico y he decidido prescindir de determinados programas informativos, tertulias que viven de fomentar la crispación y otras actividades generadoras de estrés y hasta de odios diversos.

 

Debo ser una persona sensible, a la que le sale más a cuenta amar al prójimo que andar siempre a la greña; y resulta que hoy por hoy no hay noticias (o remedos de tales) que no estén basadas en la negatividad, la confrontación y la presunción de comportamientos malévolos y culpables sin necesidad de prueba alguna.

Tras un segundo incidente coronario hace años, dejé de participar entonces en tertulias radiofónicas y televisivas, conferencias y mesas redondas donde lo importante era poner como chupa de dómine al contrario, aun a riesgo de un infarto propio o, más modestamente, de una gastroenteritis o una hernia de hiato.

Ahora, en un paso más allá, he decidido recibir sólo la información monda y lironda, sin que esté analizada, manipulada, masticada y digerida por los odiadores habituales que proliferan en redes y medios informativos. Y ¡oh sorpresa!: he descubierto que el mundo es ahora el mismo que antes, pero que su color resulta mucho menos fúnebre.

Con mi nueva óptica, la crisis de Cataluña, en vez de angustiarme, me resulta tan entretenida como la película inglesa de los años cincuenta Pasaporte para Pimlico; los casos de corrupción política me recuerdan a los filmes de robos ridículos, como Rufufú o Atraco a las tres, y los presentadores de noticiarios alarmistas me resultan tan predecibles y con tan poca credibilidad como cualquier telepredicador.

Lo curioso es que ahora no estoy peor informado que antes, cuando la reiteración del ruido mediático, la confusión, la tendenciosidad y el alarmismo ocultaban el fondo real de la información. Tampoco el mundo se ha convertido en algo más habitable, pero al menos ya no sufro de arritmias cardíacas y mis nietos dicen que su abuelo tiene mejor humor y que hasta le queda tiempo para llevarlos al cine.

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