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Acabo de leer el esclarecedor y divertido libro de mi amigo Vicente Climent titulado “Carmen Montón sin concesiones”, dedicado a la actual consellera de Sanidad de la Comunidad Valenciana. Quizá piensen ustedes que un texto consagrado a asunto tan concreto y, además, de un específico ámbito territorial, sea un pestiño para los no iniciados; pero qué va: de su lectura, ni farragosa ni trivial, se desprende el amiguismo con que trabaja nuestra Administración Pública y la pasión ideológica que la obnubila.

 

Resulta que en los dos años de tripartito de izquierdas en Valencia la purga de cuadros, no sólo políticos, en el ámbito sanitario, que es el que estudia el libro, acaba por ser antológica, basándose en dos criterios a cual más científico: colocar a afines —“se meterán todos nuestros familiares, amigos, conocidos que estén sin trabajar”, reconoció el comisionado de la Consellería, José Sanfeliú— y acabar con la gestión privada de la sanidad pública, aunque resulte más eficaz y satisfaga más al ciudadano.

Tal modus operandi no es exclusivo de ninguna Administración Pública española. Con el cambio de gobernante de turno en el ámbito que sea, se produce una serie de ceses en cascada, casi hasta el nivel de bedeles de departamento, ya se trate del Gobierno central, de un pequeño ayuntamiento o de la Facultad de Ciencias Morales de cualquier centro universitario: lo importante es que lleguen los míos a ocuparlo todo.

Tan siniestra práctica excluyente y sectaria en nuestros usos políticos arranca de 1885, por el Pacto del Pardo entre Cánovas y Sagasta, para que liberales y conservadores se turnasen en el poder, aun a costa de dejar un montón de ociosos cesantes en espera del siguiente cambio político.

Sistema tan ineficaz y absurdo contrasta, por ejemplo, con la práctica británica, en la que la alternancia de Gobiernos mantiene en sus puestos a todos los funcionarios por debajo del propio ministro de turno, como se vio en su día en la divertida serie televisiva británica “Sí, ministro”. Así se explica la eficiencia de los civil servants en el Reino Unido y cómo ese país está pudiendo soportar los rigores del Brexit muchísimo mejor que lo haría otro acostumbrado a poner la Administración patas arriba tras cualquier cambio político.

Y nosotros, en cambio, seguimos erre que erre sin saber lo que vale un peine.

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