El odio a los otros es tan antiguo como la humanidad misma. De ahí la leyenda de Caín y Abel. Claro que ahora, con los medios de comunicación de masas, el odio se extiende como la pólvora.

 

El precursor de esta nueva técnica, dicen, fue Adolf Hitler, trasfiriendo el rencor colectivo hacia grupos humanos concretos, principalmente los judíos, a quienes llegó a negar el derecho a la vida. Claro que, en definición del satírico dramaturgo británico Bernard Shaw, “el odio es la venganza de un cobarde intimidado”.

No sé si cabría aplicar esta expresión a la independentista republicana Marta Rovira cuando afirma sin rubor alguno que “el Gobierno español nos amenazó con muertos en la calle” si seguía el proceso separatista. La afirmación, ni se basa en fuente alguna, ni es confirmada por ningún testigo y carece de cualquier prueba que la avale. Pero ahí queda, generando el odio a gente tan ominosa, cruel y sádica, que por algo deben ser españoles.

Se trata sólo de un ejemplo. Otro bien reciente sería ese chat de policías locales de Madrid en el que insultan repugnante y bárbaramente a la alcaldesa Manuela Carmena. Y no me vale el contraargumento que se trata de una red privada: el odio es odio, se ejerza en el cuarto de estar de su casa o en un balcón de la Plaza Mayor; su objetivo es perjudicar de forma total e irreversible a la salud, la imagen, la fama… de alguien cuyo mal deseamos.

Ejemplos los tenemos de todos los signos: desde las barbaridades dichas tras la muerte de Bimba Bosé, a la alegría sañuda manifestada por el deceso del fiscal general José Manuel Maza. Se trata, siempre, de denigrar al otro, de conseguir su repudio total, la aniquilación hasta de su recuerdo.

En esas estamos. Y lo peor es que personajes públicos y representantes políticos que deberían apaciguar los ánimos y mostrar más empatía con el prójimo son quienes se convierten, muchas veces, en propagadores de ese odio que deberían combatir. Avisados están. Que no se quejen, pues, si un día llega a suceder lo que luego, hipócritamente, serían los primeros en condenar.

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