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Enrique Arias Vega

 

Al menos para mí, Barcelona no volverá a ser aquella ciudad maravillosa a la que tanto amé.

 

 

Fui a vivir a ella, con empecinado y deliberado interés, en octubre de 1967, anteponiéndola a Madrid, París y Londres, las tres capitales que entonces conocía. Su efervescente actividad cultural e ideológica la convertía en un oasis de relativa libertad intelectual dentro del ominoso régimen franquista de la época. Me lo explicó a su manera un amigo de Bilbao, con quien me topé una noche en Las Ramblas barcelonesas; él, perteneciente entonces a un grupo de extrema izquierda denominado PCI, andaba huido de la policía: “Aquí se puede ser de izquierdas y llevar una vida normal”, casi me gritó, totalmente emocionado.

 

Aquélla, digo, era una ciudad mágica e ilusionante, donde todo resultaba posible. En ella conocí personalmente a pintores como Dalí o Modest Cuixart, y a escritores como José Agustín Goytisolo, Marsé, Vázquez Montalbán o Montserrat Roig. En ella nacieron todos mis hijos y pasé los años más felices de mi vida.

 

Pero, quiérase o no, cada vez que vuelvo a la ciudad de mis sueños, me siento en ella más extraño, más desplazado, como si se me marginase, en un ambiente que percibo involucionista, retraído, más pueblerino, me atrevería a decir, aunque suene a cerrazón o a blasfemia.

 

La verdad es que los incipientes síntomas de ello creí detectarlos a finales de 1984. Entones, en un almuerzo mano a mano con Jordi Pujol en el Palau de la Generalitat, llamé su atención sobre la marcha de Cataluña del cineasta Vicente Aranda y de algún que otro intelectual, molestos por lo que consideraban el crecimiento de un nacionalismo aldeano. “¡Pues que se vayan! ¡Mejor para ellos y para los demás!”, fue la displicente respuesta del Presidente autonómico de aquella era.

 

Viví, pues, 20 años en Barcelona y en febrero de 1988 hube de dejar la dirección de El Periódico de Catalunya e irme a Madrid. Pero sigo amando muchísimo a esa ciudad de los prodigios, como la tituló Eduardo Mendoza, la de mis años jóvenes, la abierta e incluyente, la liberal y permisiva, la que conseguimos anchar todos los que luchamos contra Franco (más escasos que los que luego presumieron de ello), y no esta otra de hoy día, en la que si no comulgas con ciertos postulados y practicas ciertos rituales, los librepensadores como yo, en terminología de antaño, nos sentimos literalmente excluidos.

 

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