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Supongo que a algunos les parecerá un avance, pero en gran parte de Cataluña hemos pasado del estado de derecho al estado de caos.

 

Por supuesto que la vida sigue. ¡Faltaría más! La gente sigue haciendo el amor, como tenía por costumbre (siempre que no haya roto con su pareja, a cuenta del procès), come todos los días (si aún le llega el sueldo), y continúa viviendo en su respectivo Matrix particular, reafirmando su personal visión del mundo mediante los medios de comunicación que coinciden con su ideología.

 

 

Pero no nos engañemos. Algo muy importante se ha quebrado cuando gran parte de las energías colectivas se gastan en reales o ficticios estados identitarios, en diferenciarse abruptamente del vecino, en discutir a vida o muerte asuntos que en el fondo son de una nimiedad apabullante y en la apelación inmediata, sorpresiva y vociferante al hostigamiento, la intimidación o la imposición al prójimo de conductas en las que no cree o simplemente se le dan una higa.

 

En esas estamos, en un estado de cosas regido más por el imperio de la arbitrariedad y el caos que el de la ley y el derecho.

 

Muchas zonas del Principado viven, de hecho, al margen de las leyes del Estado español y hasta muchos de sus munícipes gastan el dinero de los vecinos en viajes a Bruselas para difamar a España y a los españoles, cuando ni ellos ni sus ancestros abrieron la boca contra el franquismo. Con todo, eso no es lo más grave, sino el que nadie sabe qué puede ocurrir al día siguiente: si estarán abiertos los colegios, cerradas las carnicerías, habrá manifestaciones en las calles o vecinos que te den la espalda.

 

Y donde aún no ocurre eso, cuatro indocumentados pueden cortar impunemente las carreteras, asaltar las estaciones u obligarte a perder las clases o el trabajo.

 

O sea, el caos. Eso ya sucedía antes de la aplicación del artículo 155, sucede con él en vigor y seguirá sucediendo probablemente después del 21-D, sea cual fuere el resultado de las elecciones, porque ni el Estado ni sus leyes parecen vigentes en Cataluña hoy día ni nadie parece capaz de hacer que se cumplan.

 

Si eso no es el caos, ya me dirán cómo llamarlo. Volver a la normalidad, caso de que se pudiese, costará mucho tiempo y muchísimo dinero: las cosas ya nunca serán como antes, para desgracia de quienes impulsaron esta situación y para el resto inocente de sus conciudadanos.

 

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